OPINIÓN

2026 ¿Todo tiempo pasado fue mejor?

Las redes sociales prometieron acercarnos, la tecnología prometió facilitarnos la vida y el progreso prometió bienestar. Sin embargo, el avance acelerado de las últimas dos décadas también dejó una sociedad más individualista, endeudada y emocionalmente agotada. Desde la pandemia hasta la inteligencia artificial, pasando por el cierre de comercios de cercanía y la pérdida de vínculos humanos, la nota propone una pregunta incómoda: ¿realmente avanzamos o simplemente aprendimos a correr más rápido?

Adrián Characán
Adrián Characán

Entre algoritmos, ansiedad social, pérdida de comunidad y avances tecnológicos que transformaron la vida en apenas veinte años, la humanidad parece debatirse entre el progreso y una creciente sensación de vacío. Una reflexión sobre el presente, Mendoza y el vértigo de un mundo que ya no se detiene.

Hay frases que sobreviven siglos porque no hablan solamente del pasado. Hablan, en realidad, del miedo al presente. "Cualquier tiempo pasado fue mejor", escribió en el siglo XV Jorge Manrique en sus Coplas por la muerte de su padre. Y aunque los siglos pasaron, la sentencia sigue flotando en sobremesas, en colectivos, en talleres, en las colas de los hospitales y hasta en las conversaciones silenciosas que uno tiene consigo mismo cuando llega la noche.

2026 ¿Todo tiempo pasado fue mejor?

Pero quizás la pregunta ya no sea si el pasado fue mejor. Tal vez la verdadera pregunta sea otra: ¿en qué momento dejamos de tener tiempo?

Porque si uno mira hacia atrás, el siglo XX -con todas sus tragedias, injusticias y desigualdades- parecía transcurrir a otra velocidad. Había espacio para demorarse. Para conversar en la vereda. Para esperar una carta. Para sentarse frente a una radio. Para almorzar un domingo sin que un teléfono vibrara cada treinta segundos exigiendo atención.

Hoy vivimos acelerados. Empujados. Arrastrados.

En apenas dos décadas, el mundo cambió más rápido que en gran parte del siglo pasado. Facebook nació en 2004. YouTube apareció en 2005. Twitter en 2006. WhatsApp en 2009. Instagram en 2010. Mercado Libre, que había nacido tímidamente en 1999, terminó convirtiéndose en una maquinaria gigantesca capaz de modificar hábitos de consumo, cerrar negocios de cercanía y vaciar lentamente las pequeñas economías barriales. 

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Y la inteligencia artificial, aunque comenzó a desarrollarse hace décadas, irrumpió masivamente en la vida cotidiana a partir de 2022, transformando trabajos, sistemas educativos, formas de producción y hasta la manera de relacionarnos.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Lo que había sido presentado como una revolución para acercarnos terminó, muchas veces, alejándonos. Las redes sociales prometían reencontrarnos con compañeros de escuela, familiares lejanos y amigos olvidados. Pero con el tiempo los algoritmos dejaron de mostrarnos personas para empezar a mostrarnos intereses. Después dejaron de mostrarnos intereses para imponer agendas. Y finalmente dejaron de unirnos para clasificarnos.

Ya no vemos necesariamente lo que ocurre. Vemos lo que alguien decidió que debemos mirar.

Y mientras tanto, la vida cotidiana se volvió una cinta transportadora de ansiedad. El gas aumenta. La energía eléctrica aumenta. El alquiler aumenta. La comida aumenta. Todo aumenta menos la tranquilidad. Entonces las personas viven corriendo detrás de obligaciones que nunca terminan. Endeudadas. Asfixiadas. Cansadas antes de empezar el día.

Quizás por eso la crueldad contemporánea se volvió tan silenciosa.

Porque en otros tiempos existían redes comunitarias más visibles. El club. El vecino. El almacén. La mesa familiar. El sindicato. La parroquia. La esquina. Lugares donde todavía sobrevivía cierta noción de comunidad. Hoy el individualismo parece haber ganado la batalla cultural. Y Mendoza no escapa a eso.

En la provincia se siente. En los jubilados contando monedas en una farmacia. En familias enteras haciendo rifas para comprar medicamentos. En personas con discapacidad obligadas a justificar permanentemente su dolor frente a oficinas que recortan prestaciones.

En comerciantes históricos que bajan persianas porque no pueden competir contra gigantes digitales que venden desde depósitos automatizados mientras los barrios se van quedando sin rostros conocidos.

Todo parece más eficiente. Pero también más frío. Y entonces volvemos a preguntarnos: ¿todo tiempo pasado fue mejor? Tal vez no.

El pasado también tuvo dictaduras, censuras, hambre, persecuciones y desigualdad. Sería ingenuo romantizarlo. Pero sí existía, quizás, una percepción distinta del tiempo humano. La vida no estaba completamente colonizada por la urgencia.

La pandemia terminó de desnudar esa transformación.

El mundo se detuvo durante más de un año. Las calles vacías. Las persianas cerradas. Los abrazos prohibidos. Millones encerrados esperando instrucciones. Y mientras gran parte de la humanidad tenía miedo, perdía trabajo o enterraba familiares, las grandes fortunas crecían de manera obscena.

Diversos informes internacionales señalaron que durante la pandemia las riquezas de los multimillonarios aumentaron de manera extraordinaria, mientras millones de personas caían en la pobreza.

La pausa global no detuvo el sistema. Lo fortaleció.

Y quizás allí apareció otra angustia moderna: la sensación de que incluso las tragedias colectivas terminan siendo oportunidades de negocio para unos pocos.

Ahora se suma otro temor: la incertidumbre permanente. La amenaza de guerras globales. Discursos presidenciales que hablan de conflictos internacionales como si fueran videojuegos geopolíticos. Virus. Crisis sanitarias. Inteligencia artificial. Desinformación. Todo mezclado en una misma corriente inagotable de noticias que no dejan espacio para procesar nada.

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La humanidad tiene más tecnología que nunca. Pero también más insomnio. Más conexión. Pero menos encuentro. Más comunicación. Pero menos diálogo.

Y Mendoza, con su ritmo históricamente más pausado, también empieza a sentir esa transformación. Las conversaciones duran menos. Las mesas familiares se interrumpen por pantallas. Los comercios tradicionales desaparecen. Las ciudades crecen, pero la sensación de soledad también.

Quizás el problema no sea la tecnología. Sería absurdo negarla. Gracias a ella hoy podemos acceder a conocimientos, comunicarnos instantáneamente o salvar vidas con avances médicos impensados décadas atrás.

Pero también aparece una preocupación cada vez más concreta: el avance de la inteligencia artificial sobre millones de puestos de trabajo en todo el mundo. Profesiones enteras comienzan a verse amenazadas por sistemas automatizados capaces de reemplazar tareas humanas en oficinas, industrias, medios de comunicación, atención al cliente e incluso actividades artísticas. Y mientras las grandes corporaciones celebran la reducción de costos y el aumento de productividad, millones de trabajadores observan con incertidumbre un futuro donde el empleo estable podría convertirse en un privilegio.

La nostalgia como refugio

Tal vez por eso también crecieron, en los últimos años, páginas de Facebook y cuentas en distintas redes sociales dedicadas exclusivamente a publicar fotografías antiguas. Imágenes de barrios de tierra. De chicos jugando en la vereda. De mesas familiares interminables. De almacenes de esquina. De colectivos repletos pero silenciosos. De padres trabajando. De abuelos sonriendo sin apuro. Escenas simples. Cotidianas. Humanas.

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Y debajo de muchas de esas imágenes aparece casi siempre la misma frase: 

"Éramos felices y no nos dábamos cuenta".

La frase se repite como una necesidad colectiva. Como si millones de personas buscaran refugiarse, aunque sea unos segundos, en una época donde la vida parecía menos hostil. No necesariamente más fácil. Pero sí más cercana. Más tangible. Más lenta.

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Porque muchas de esas fotos muestran algo que hoy parece escaso: tiempo compartido sin pantallas. Conversaciones sin interrupciones. Infancias sin algoritmos. Familias reunidas sin necesidad de fotografiar cada instante para demostrar que fueron felices.

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Quizás por eso generan tanta emoción. Porque esas imágenes antiguas no sólo muestran el pasado. También muestran todo aquello que el presente fue dejando atrás en nombre de la velocidad, la productividad y la hiperconectividad.

"Todo concluye al fin"

La canción Presente (El momento en que estás), escrita por Vox Dei y publicada en 1970 dentro del álbum Caliente, parecía hablarle al tiempo mucho antes de que la nostalgia se volviera refugio.

"Todo concluye al fin, nada puede escapar". Lo que en aquellos años sonaba a filosofía juvenil, hoy se escucha casi como una advertencia melancólica: la certeza de que también terminaban las sobremesas largas, las veredas llenas de chicos, los barrios sin rejas y aquella sensación simple de estar juntos sin mirar una pantalla.

Tal vez por eso, cada vez que vuelve esa canción, no vuelve solamente la música. Vuelve una época.

El problema tal vez sea otro: haber confundido velocidad con felicidad.

Porque el progreso técnico no necesariamente trae bienestar humano. Y una sociedad que naturaliza el sufrimiento de sus jubilados, que mira hacia otro lado frente a la enfermedad o que convierte a las personas en simples consumidores permanentemente estimulados, termina perdiendo algo más profundo que el confort. Pierde sensibilidad.

Por eso la vieja frase de Jorge Manrique sigue resonando siglos después. No porque el pasado haya sido perfecto. Sino porque quizás todavía conservaba algo que hoy parece extinguirse lentamente: el derecho humano a vivir sin sentir que el mundo nos corre detrás con un látigo invisible.

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