OPINIÓN

2026: cronología de un mundo que arrancó convulsionado

El 2026 arrancó con una secuencia clara: presión sobre América Latina, el secuestro de Nicolas Maduro , un golpe clave al narcotráfico en México, una escalada peligrosa en Medio Oriente y una política exterior estadounidense cada vez más explícita. La muerte del líder del CJNG fue confirmada; la del líder supremo de Irán, Ali Khamenei, también. En el medio, Argentina eligió un alineamiento fuerte con potencias en conflicto, en un mundo donde los costos de esas decisiones rara vez son inmediatos, pero casi nunca son gratuitos.

Adrián Characán
Adrián Characán

El 2026 no dio margen para transiciones suaves. Desde los primeros días de enero, el escenario internacional mostró una secuencia de hechos que, leídos en orden, permiten entender por qué el mundo ingresó en una fase de inestabilidad abierta, con potencias actuando sin demasiados disimulos y con consecuencias que exceden largamente lo militar.

Enero: América Latina vuelve al centro del tablero

El año comenzó con una fuerte presión política y diplomática sobre Venezuela, donde se intensificaron las sanciones, las operaciones de aislamiento internacional y las acciones indirectas destinadas a forzar un cambio de escenario interno. Estados Unidos volvió a ocupar un rol protagónico en la región, reeditando una lógica de intervención que muchos creían superada. En los primeros días de enero, el gobierno de Estados Unidos lanzó una operación militar en Venezuela, denominada por Washington como "Operación Resolución Absoluta", que incluyó bombardeos en sectores estratégicos y culminó con la captura del entonces presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. 

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Tras el operativo, ambos fueron trasladados a Nueva York para enfrentar cargos federales por narcoterrorismo y tráfico de drogas que datan de años anteriores.

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El impacto no tardó en sentirse en el Caribe. Cuba profundizó su crisis energética y económica, en un contexto donde el endurecimiento del bloqueo y la falta de suministros agravaron la situación social. Una vez más, las consecuencias recayeron mayoritariamente sobre la población civil.

Febrero: México y el golpe al narcotráfico

En febrero, el foco se desplazó a México. Un operativo de alto impacto de las fuerzas de seguridad terminó con la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, líder del Cártel de Jalisco Nueva Generación.

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El hecho fue confirmado oficialmente por las autoridades mexicanas y representó uno de los golpes más significativos al narcotráfico en años. Sin embargo, lejos de traer calma inmediata, el asesinato del jefe narco derivó en represalias, disputas internas y un aumento de la violencia en distintas regiones, reabriendo el debate sobre la eficacia real de las estrategias centradas exclusivamente en la eliminación de líderes criminales.

Finales de febrero : Medio Oriente en máxima tensión

Hacia fines de febrero, la atención global se trasladó a Medio Oriente. Israel y Estados Unidos incrementaron sus acciones militares y de inteligencia contra objetivos vinculados a Irán, bajo el argumento de neutralizar amenazas estratégicas.

En ese contexto comenzaron a circular versiones sobre la posible muerte del líder supremo iraní. Según declaraciones oficiales tanto del gobierno de Estados Unidos como de autoridades de Israel, y recogidas por agencias internacionales, se anunció que Khamenei fue abatido durante los ataques llevados a cabo a fines de febrero de 2026 contra instalaciones estratégicas en Teherán. El propio presidente estadounidense confirmó públicamente su muerte y lo describió como objetivo principal de la operación, y autoridades israelíes indicaron que habían identificado restos y señales claras de que el líder iraní había fallecido.

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Irán tras la muerte del líder supremo: transición, rumores y riesgo de escalada

Tras la eliminación del ayatolá Ali Khamenei el régimen islámico iraní anunció la conformación de un liderazgo transitorio para conducir el país hasta la eventual designación de un nuevo líder supremo.

De acuerdo con los comunicados oficiales difundidos en Teherán, tres altos funcionarios islámicos asumirán de manera colegiada el control del Estado iraní durante este período de transición. El objetivo declarado es garantizar la continuidad institucional mientras se define el mecanismo de sucesión, un proceso que no tiene plazos claros y que históricamente ha estado rodeado de disputas internas.

La televisión estatal iraní confirmó la muerte de Khamenei como consecuencia de los bombardeos conjuntos de Estados Unidos e Israel contra instalaciones estratégicas del régimen en Teherán, ocurridos el sábado previo al anuncio. Khamenei había liderado la República Islámica desde 1989, convirtiéndose en una de las figuras más longevas y determinantes del sistema político iraní contemporáneo.

En paralelo, el régimen decretó 40 días de luto nacional y prometió represalias contra Estados Unidos e Israel. Voceros oficiales aseguraron que la respuesta será "contundente", mientras se advertía sobre una escalada regional de consecuencias imprevisibles.

Sin embargo, el escenario interno mostró fisuras. Miles de iraníes salieron a las calles, desafiando al régimen islámico y celebrando la caída del líder supremo. En al menos una ciudad se registró la destrucción de símbolos del régimen, mientras que en Teherán se produjeron manifestaciones de partidarios del ayatolá, que juraron venganza por los ataques que acabaron con su vida y la de otros altos dirigentes.

En este contexto de máxima tensión, el presidente Donald Trump aseguró públicamente que los nuevos dirigentes iraníes han solicitado abrir un canal de diálogo, y que él aceptó esa posibilidad. La afirmación introdujo una nueva incógnita en el tablero internacional.

La pregunta que atraviesa a la comunidad internacional es si Irán ingresará en un proceso de debilitamiento progresivo, similar al vivido por Venezuela tras años de sanciones, aislamiento y crisis económica, o si, por el contrario, profundizará el conflicto bélico, con derivaciones geopolíticas de alcance global.

Por ahora, nada es definitivo. La transición iraní se desarrolla en un clima de incertidumbre extrema, con un liderazgo provisorio, una sociedad dividida, amenazas cruzadas y potencias extranjeras observando -y condicionando- cada movimiento.

El silencio estratégico de Rusia

Mientras la tensión crecía, llamó la atención la posición ambigua de Rusia, que evitó una intervención directa y optó por declaraciones medidas. Esa parálisis relativa marcó un cambio respecto de otros conflictos recientes y expuso una reconfiguración del poder global, donde no todas las crisis reciben el mismo nivel de involucramiento.

Estados Unidos y la diplomacia del espectáculo

En paralelo, Donald Trump volvió a dominar la escena mediática internacional con declaraciones constantes sobre operaciones, advertencias y decisiones estratégicas, muchas veces realizadas desde aviones o actos públicos, reforzando una lógica donde la política exterior se comunica como espectáculo.

Las críticas internas y externas no tardaron en aparecer. Figuras como Robert De Niro y Roger Waters cuestionaron abiertamente el rumbo político y militar de Estados Unidos, señalando el impacto social y democrático de ese tipo de liderazgo.

Argentina y los alineamientos

En este contexto global, Argentina tomó una decisión clara: profundizar su cercanía política y simbólica con Estados Unidos e Israel. El presidente Javier Milei expresó sin matices su alineamiento, presentándolo como una definición ideológica.

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La pregunta que sobrevuela es inevitable: qué tan conveniente resulta para un país periférico alinearse de manera automática con Estados que concentran conflictos y acumulan enemigos internacionales. 

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La historia reciente de Argentina ofrece antecedentes concretos que invitan a la cautela. Durante la década del 90, el país adoptó una política exterior de alineamiento explícito con Estados Unidos e Israel, definida en aquel momento como de "relaciones carnales", bajo el gobierno del entonces presidente Carlos Menem.

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En ese contexto se produjeron los dos atentados terroristas más graves de la historia argentina, ambos en la Ciudad de Buenos Aires:

El 17 de marzo de 1992, un coche bomba destruyó la Embajada de Israel en Argentina, provocando 29 muertos y más de 200 heridos.

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El 18 de julio de 1994, un ataque similar demolió la sede de la AMIA, causando 85 muertos y cientos de heridos, en el atentado más letal ocurrido en el país.

2026: cronología de un mundo que arrancó convulsionado

A más de tres décadas del primero y más de treinta años del segundo, ambos hechos permanecen impunes, atravesados por irregularidades judiciales, encubrimientos y responsabilidades políticas nunca esclarecidas del todo.

Si bien no existe una sentencia judicial firme que vincule de manera directa esos atentados con la política exterior argentina de entonces, se presume -y así lo sostienen numerosos análisis geopolíticos- que el alineamiento automático del país con Estados Unidos e Israel pudo haber convertido a la Argentina en un blanco dentro de conflictos internacionales que le eran ajenos.

El envío de tropas a la Guerra del Golfo, el abandono del tradicional principio de no intervención y la subordinación diplomática marcaron un quiebre histórico en la política exterior nacional. Las consecuencias no fueron abstractas ni simbólicas: se tradujeron en violencia concreta sobre territorio argentino y población civil.

Por eso, cuando hoy se discute la conveniencia de profundizar alineamientos sin matices con potencias que concentran conflictos y enemigos internacionales, la memoria histórica aparece como una advertencia inevitable. Las decisiones geopolíticas, aun cuando se presenten como gestos ideológicos o simbólicos, pueden tener derivaciones reales en materia de seguridad, relaciones exteriores y posicionamiento regional, especialmente para países periféricos.

El telón de fondo: más pobres, más desplazados, más concentración

A lo largo de esta cronología hay un elemento común: mientras los Estados disputan poder, crece el número de desplazados, se profundiza la pobreza y la riqueza se concentra cada vez más en menos manos. Las guerras y tensiones no son episodios aislados, sino parte de un sistema que reproduce desigualdad y exclusión a escala global.

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