A 210 años de la revolución de mayo, homenajeamos a una de las tantas mujeres que jugaron sus felicidades y sus vidas por nuestra Patria.

La Niña de Ayohuma, la Capitana del Ejército del Norte, la Madre de la Patria, nació en la ciudad de Buenos Aires, entonces capital del Virreinato del Río de la Plata, en 1766.

Por sus venas corría sangre africana, por su origen, color de piel y condición de mujer, vivió humillaciones, miseria y discriminación, pero cumplió un rol trascendental en la historia de nuestro país.

El rol de las mujeres, en las guerras por nuestra independencia es muy poco conocido y reconocido en nuestra historia.

Mujeres que acompañaron al ejército argentino y cuyo papel en muchos casos no solo fue el de enfermeras, esposas y vivandera (persona que proveía de víveres a militares en marcha o en campaña); Lamadrid llamó a una de estas mujeres “la madre de la patria”, se trata de María Remedios del Valle, la capitana para algunos, la mujer de origen afroamericana se enlistó en el Ejército del Norte partiendo en la primera expedición destinada al Alto Perú al mando de Ortiz de Ocampo.

En 1810, adhiere a la Revolución de Mayo acompañando a su marido y a dos hijos, uno de ellos adoptivo.

Los tres murieron en acciones de guerra. Combatió además en la Batalla de Huaqui o Batalla de Guaqui, enfrentamiento militar ocurrido el 20 de junio de 1811.

Sin dudas María es una de las tantas mujeres que vivieron dolorosas y tristes jornadas de la retirada del Alto Perú, pero volvió a combatir en las victorias de Tucumán y Salta y en las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, junto a su admirado general Belgrano. quien la correspondió nombrándola capitana.

La “parda” María, como también se la conoció, adoptó un papel sobresaliente apoyando y dando aliento a los combatientes, curando heridos con lo poco de la época, extenuada muchas veces, pero sacando fuerzas de donde no había según cuentan algunos militares de la época.

En Ayohuma, fue tomada prisionera por los realistas conducidos por sus jefes Pezuela y Tacón, siendo condenada, degradada, y azotada públicamente. María logró fugarse de sus verdugos y se reincorporó a la lucha contra el enemigo en las fuerzas de Güemes y de Arenales, operando como correo en el peligroso territorio ocupado por los invasores.

Al final de su vida, viajó a Buenos Aires, donde apenas subsistía, pidiendo limosnas en iglesias, y alimentándose con las sobras de los conventos y ferias del momento.

En agosto de 1827, mientras la gente se burlaba de ella pidiendo limosna en la plaza de la Recova, el general Juan José Viamonte, ex combatiente de las guerras y en ese entonces diputado de la Junta de Representantes de la Provincia de Buenos Aires, pasó a su lado y la reconoció al grito de: ¡Usted es la Capitana, la Madre de la Patria, la que nos acompañó en el Alto Perú! ¡Usted es una heroína!, María Remedios le contó a Viamonte que muchas veces había golpeado la puerta de su casa en busca de ayuda, pero que su personal siempre la había espantado como pordiosera.

Viamonte, el 11 de octubre de ese mismo año presentó ante la Junta un proyecto para otorgarle una pensión que reconociera los servicios prestados a la patria, poco fue el apoyo y mucho el rechazo del proyecto, a pesar de que en su expediente reflejaba detalles como que estuvo a punto de ser fusilada en varias ocasiones por defender a la patria, y que a lo largo de su carrera militar había recibido seis heridas graves de bala.

Luego la Comisión de Peticiones de la Junta de Representantes recomendó adoptar la decisión de que “por ahora y desde esta fecha la suplicante gozará del sueldo de capitán de Infantería”, pero a oídos sordos del pedido de la comisión la Junta decidió que tenían temas más importantes que atender, eran tiempos de la guerra con Brasil, y el expediente quedó en comisión.

Mas tarde, Tomás Anchorena destacando la labor de María y declarando que sin dudas se trata de una mujer singular, impulsó el proyecto nuevamente. Donde finalmente los diputados votaron el otorgamiento de una pensión de 30 pesos, desde el mismo día que María Remedios del Valle la había pedido (sin pagarle retroactivos por todos los meses en que no había cobrado nada). Para tener una idea de la escasa generosidad para con una heroína revolucionaria, vale mencionar que el que el gobernador cobraba 666 pesos por ese entonces.

Murió el 8 de noviembre de 1847, sin haber recibido en vida nada más que una miserable pensión en reconocimiento por su colaboración en la Guerra de la Independencia.

Por: Fernando Cascino