Escoliosis ídolo

Un disparo o el silencio definitivo. Lo que hasta ayer fue calor y energía hoy es frío e inerte; luego desaparece y –dicen- que se transforma. El categórico concepto atribuido al químico Antoine de Lavoisier suena tan irrefutable como inútil. Cenizas o un ataúd, un parque que desborda verdor o partículas esparcidas que nunca más podrán reunirse para ser lo que fueron. De eso se trata, aunque busquemos estratagemas, de eso se trata la muerte.

Prematura, siempre que queremos a alguien su muerte nos resulta absurda y apurada. Y toda especulación que nos invade sobre lo que pudo ser y no será, sólo sirve para acentuar la absurdidad o desatar la desesperación.

Aprender a extrañar. Quizá ese es el mandato inevitable. La resignación frente a lo inalterable, recobrar la fuerza suficiente para volver a erguirnos, porque para eso estamos por aquí, para continuar caminando , para prolongar el equilibrio que nos distingue del resto de los animales y así escribir una historia, lo único que insinúa inmortalidad, el recuerdo.

Desde hace un año, sin exactitud de calendario, todas y todos y en todo el mundo, inauguramos un proceso poco feliz. Contabilizar cuerpos, enumerar cadáveres.

En Tokio, en Dakar, en Sidney en Quito y por aquí, simultáneamente estamos pensando en un mismo tema y para nada edificante. Un virus global, que no tramita pasaporte ni visa para trasladarse y hospedarse en nosotros mismos. Pero más que en el virus, la insistencia en la información nos cuenta sobre su posible consecuencia ulterior, la muerte. Nos levantamos escuchando, viendo y leyendo la cantidad de contagiados y la cifra de muertes, esas muertes que son tristes números pero que acuden al mismo servicio fúnebre que podríamos utilizar cada uno de nosotros. Como si necesitáramos empezar cada jornada bajo la amenaza de nuestra fragilidad y finitud.

Así como no todas las muertes se asemejan en su desenlace, la notoriedad previa a esas muertes es lo que nos hace detener en algunas, de manera especial y colectiva. Tanto por la trayectoria en vida de esa persona como por el modo y momento en el que dejan de existir.

Cuando el óbito habla de una figura famosa, la consternación grupal es proporcional a las expresiones que pretenden una explicación. Y en la confusión cabe –inclusive- la competencia inexplicable entre quienes más saben sobre el difunto, y eso parece habilitarlos para dar definiciones que ni el propio fallecido podría dar de sí mismo. De eso se trata la muerte de un ídolo

Ídolo. En el propio término ya existe algo inasible y difícil de explicar. Ídolo es, según el origen de esta palabra, la imagen de una deidad, pero sin la entidad completa. O sea, no es el Dios o la Diosa sino un reflejo, una imagen, una percepción. De alguna manera, ídolo es un Dios sin imperativo moral. Es alguien que nos viene a deslumbrar, a conmover, a alegrar o acaso es quien nosotros elegimos como tal, sin que haya sido vocación ni voluntad de esa figura ser nuestro ídolo.

Ante la perplejidad que nos provoca la muerte de un ídolo, reaccionamos de diversas maneras. El dolor que provoca es inevitable, pero el sufrimiento, una elección. Y una buena manera de mitigar el dolor para impedir su permanencia es entender que no hay reversión y que lo que nos dejó ese ídolo, nuestros recuerdos, serán lo que lo transformen en inmortal

El fin de semana pasado uno de esos seres convertido en ídolo del deporte más popular, tomó una decisión definitiva y no hubo árbitro que se lo pudiese impedir. El Morro García, delantero uruguayo, habilidoso y goleador, clausuró su vida.

Establecer velozmente un juicio del por qué es una tentación estéril. Responsabilizar de inmediato a quienes pudieron tener desencuentros con él es –precisamente- irresponsable e insensato.

Hubiésemos preferido que fuese de otra manera. No. Lo que siempre pretendemos es que la muerte no encuentre manera, algo que sabemos imposible. Era joven y eso aumenta la tristeza e incomoda a la razón porque especulamos cuántos goles más pudo haber convertido, pero así como el amor no tiene edad, la angustia y el dolor, tampoco.

Eficaz cabeceador, atrevido nueve de área, potente y tremendo goleador. Artífice de alegrías, promotor de abrazos impensados definió como pocos, cuál sería su último tiro libre. El único que nadie podrá festejar.

Por más protestas y reclamos, no habrá V.A.R que restituya la decisión. Tal vez sea oportuno entrenar mejor nuestros sentimientos y no esperar que dicten tiempo de descuento. En ocasiones, el mejor homenaje es la evocación de un grito de gol pero pronunciado en silencio.