La inminencia de la muerte es la certeza más irrefutable y sin embargo, su propia impiedad, provoca que cuando la muerte es de un ser querido, se nos torna incomprensible y aparenta ser parte de un mal sueño.

Toda insistencia en negar la muerte tampoco sirve de consuelo, solo traduce lo invariable en  insensata incredulidad. Y decimos que no lo podemos creer, cuando en verdad lo que deberíamos decirnos es que no queremos creerlo.

Aquí mismo lo hemos dicho y nos vemos obligados a repetirlo. Stalin –ese líder que hoy nadie quisiera asumir como propio- sostenía que la muerte de una persona era una tragedia, la de un millón, una estadística. Innegable.

Valiéndonos de la estadística, esa disciplina que nos otorga importantes herramientas para proyectar, para calcular, para pronosticar y para deducir, ya con un declino severo de la pandemia, observamos que en Argentina, la tasa de mortandad que causó el Covid 19 ha sido de enorme relevancia, pero con ratios mucho menos nocivos que en países como Estados Unidos, Brasil e inclusive, Chile, ese país que demasiadas veces se utiliza como modelo imitable, aunque sin tener los datos precisos y mirándonos obsesivamente en nuestro espejo incremental.

Para explicarlo podemos arriesgar algunas inferencias. Fue gracias a un sistema sanitario aparentemente robusto. Velocidad para relevar el déficit hospitalario inédito y  dotarlo de recursos para tener lo necesario.  Eficiencia y compromiso de todas las personas del sistema de salud.  Rapidez y solvencia para hacerse de vacunas suficientes. Y para nada desdeñable,  también merced al combate interno, para que la sociedad se fiara de las vacunas más allá de sus procedencias, más allá de las conspiraciones de opositores y de las torpezas y privilegios del propio gobierno. Ningún factor puede omitirse a la hora de evaluar el desempeño frente a un acontecimiento impensado, imposible de planificar.

Aciertos que no alcanzan. Ni aquí, ni allá.

Inevitable para mí, hoy, marcar en el calendario este día con una dolorosa cruz.  Exactamente un año atrás mi hermano, Mauricio, nos dejaba sin su presencia. No fue su voluntad y tampoco fue el covid pero sí la pandemia. No fue en una guerra, esa prolongación de la política por otros medios, pero sí podría adjudicarla a la política, en este caso, la de Mendoza. Una política que le impidió hacerse atender como hubiese necesitado y merecido.

A los pequeños políticos que tanto pregonan la austeridad del Estado, paso a contarles que con la muerte de mi hermano, ganaron. Todos sus muchos años de aporte a la obra social OSEP, no le fueron recompensados en su último tramo de vida, ni antes. Padeció los bucles indecibles de la burocracia, sufrió, además del dolor propio de la enfermedad, el del desdén y el desprecio, la demora incomprensible, la indolencia de un sistema colapsado por la inoperancia y los negocios miserables de unos pocos.

Ignoro –como todas y todos- cuáles serán los números definitivos de este suceso mundial que produjo cambios trascendentes, pero que de ninguna manera se tradujo en la  bucólica esperanza de una población más sensible, solidaria y mejor amante del Planeta y todas sus especies.

Ni la tristeza, tampoco la añoranza ni el vacío constituyen elementos objetivos para una crítica severa, lo sé, pero particularmente en Mendoza, esos sentimientos hoy guardan perfecta coincidencia con los datos de una realidad preocupante, realidad que a través de medios impostores se oculta o se disfraza, pero tanto como la muerte, aunque prefiramos que no exista, está y siempre se las ingenia para hacer presente la ausencia.

Lo infinito, como dice Clara Grima, lo infinito es un invento de los matemáticos cuando se cansan de hacer cuentas.