Por: Pablo Núñez

Cuando la vida es difícil para cualquier persona, es más difícil aún para las personas con discapacidad.

Esta es una premisa que se cumple con rigor, en una época marcada por la irrupción devastadora del coronavirus.

En especial, las personas con discapacidad, encuentran muchos obstáculos para acudir a centros de formación técnica, o continuar sus estudios.

Estos obstáculos, son un impedimento al cual se enfrentan día a día las personas con discapacidad que desean formarse para trabajar.

Desde los derechos, se puede afirmar que los impedimentos pueden desaparecer si se ajustan a programas adecuados, y se diseñan nuevas formas de abordarlos que se adapten a las personas con discapacidad.

El término empleabilidad, se refiere a las competencias y cualificaciones transferibles que refuerzan la capacidad de las personas para aprovechar las oportunidades de educación, y de formación que se les presenten con miras a encontrar, conservar un trabajo, progresar, cambiar de empleo, adaptarse a la evolución de la tecnología, y de las condiciones del mercado de trabajo.

En este contexto, parece necesario complejizar el diagnóstico del que parten los programas
de promoción del empleo de esta población.

Ese diagnóstico supone que los problemas de empleo residen en la falta de calificaciones de la población desempleada respecto de lo que el mercado laboral exige.

Todos los diagnósticos sobre la situación de empleo de las personas con discapacidad, subrayan la importancia de la formación y la cualificación como un aspecto de especial importancia, para garantizar las posibilidades de adaptación de las personas con discapacidad, a un mercado de trabajo en constante cambio.

Es así, que se debe crear un programa que se ajuste a aquellos parámetros donde las personas con discapacidad puedan acceder a los conocimientos, y poner en marcha sus habilidades.

El programa de formación, tiene que tener como finalidad proporcionar a las personas con discapacidad de destrezas laborales, habilidades sociales, y de recursos imprescindibles, para la obtención y mantenimiento de un puesto de trabajo.

Para algunos jóvenes y adultos, este será el primer acercamiento que tienen al mundo laboral, por lo que se deberá valorar los perfiles laborales adecuados, acorde a sus capacidades, habilidades, e intereses profesionales.

Para adquirir estas destrezas y habilidades, deberán seguir una hoja de ruta que permitirá fortalecer el sistema de formación. 

La hoja de ruta comienza con un programa, que incluye el trabajo de habilidades sociales, manejo de hábitos, talleres de comunicación, manejo de emociones, y de autoestima.

Durante este periodo las personas con discapacidad se forman acorde a formación del perfil laboral, y las habilidades sociales imprescindibles para el desempeño de cualquier trabajo.

Con posterioridad, se lo integra a una empresa que brinde la posibilidad de realizar prácticas.

Acompañar la transición al mundo laboral de las personas con discapacidad resulta fundamental, ya que se trata de un movimiento que no sólo supone el logro de un empleo, sino el desarrollo de las actitudes, y habilidades necesarias para la vida.

Aquí la presencia del formador, se convierte en una figura clave para garantizar la cobertura de los objetivos.

La última fase de esta hoja de ruta concluye con la contratación laboral, cuando una empresa considera que la persona con discapacidad, es apta para llegar a este término.

Cuando la persona con discapacidad comienza a trabajar, se le debe asignar un responsable de su aprendizaje para establecer, y diseñar con exactitud el puesto de trabajo y las tareas asignadas.

Al momento de la inserción laboral, el acompañamiento estará presente el tiempo que necesite la persona con discapacidad, para ayudarle en la adquisición de destrezas y habilidades socio laborales, la realización correcta de las tareas, y la interacción social con el resto de los compañeros.

Lo importante es recordar, que si una persona con discapacidad puede trabajar es una persona productiva, y no una carga social, así el estado va ganando en la medida que suma personas autosuficientes, capaces de llevar una vida independiente.

Sin duda alguna, la inclusión es el único modelo que puede garantizar los derechos de las personas con discapacidad; una inclusión en todos los órdenes, conlleva acciones muy puntuales, pasando por una educación inclusiva, accesibilidad, y reinserción laboral.

Mejorar las condiciones de vida de las personas con discapacidad, pasa por pensar y acostumbrarnos a la idea de que toda mejora en las condiciones de vida, constituye una mejoría de toda la población.