Escoliosis, la columna torcida de Ariel Robert

 

En épocas en las que omitir una preposición, errar un nombre o escaparle a una fecha era motivo de vergüenza, nos conocimos.

Si hay algo que no merece en su evocación es la solemnidad ni el exceso de elogios. Lo intentaré.

Un tano auténtico, sanguíneo, simpático, amable. Podría llenar una doble central y sin fotos hablando del Ale Parigi, no porque me sobren las palabras sino porque compartimos experiencias laborales intensas.

Hoy estoy lejos geográficamente pero muy cerca de quienes sienten un sorpresivo dolor por su ausencia. Algo que no estaba ni remotamente en sus planes, puedo dar fe

Como si acumular información sirviese de consuelo, procuré leer en todas partes algo que me ilustrara sobre este suceso, la muerte de Alejandro Parigi. Un acv, según determinó el cuerpo médico forense, fue la antesala del paro cardio respiratorio, la inevitable explicación de todo deceso. Y a la vez, como cualquiera que busca en más de un medio como fuente, advertí que lo vamos a extrañar y mucho. No sólo por su amabilidad, no solo por su despliegue, sino porque resulta elocuente que el periodismo se está extinguiendo. Admito que me traten de exagerado sólo quienes  ensayen el mismo recorrido que hice yo. Además de repetir un escaso párrafo de la trayectoria de Alejandro Parigi, algunos  hasta copian mal. Sin dudas, esto acentúa el dolor y alimenta la tristeza

A principios de este milenio debimos inventar espacios y programas como refugio para aquellos que por cuestiones presupuestarias y de simpatía, no cabían en las redacciones de los diarios papel. No cabían no por su espesor sino por gracia y decisión de personajes que habitaban en un mundo impropio, el del periodismo. Así fue como produjimos los sábados un espacio radial en el que dos periodistas, ambos más proclives a los teclados que a los micrófonos, se reunían a entrevistar y a discrepar con quien aceptara el desafío.  Disidentes. Una idea y un nombre que no volvimos a utilizar y que con la partida de Parigi, será imposible rescatar.

Luego, al notar la invasión sin diques de géneros musicales más propios del Caribe y como tardía osadía vanguardista, propusimos para un verano dos horas diarias en la siesta con un club de rock (club Nihuil). El coqui, ó sea, el Ale Parigi se puso la conducción a la garganta y desplegó su vastísimo conocimiento sobre el rock y el pop, el de aquí y algunas grajeas de lo nórdico.  Tal fue la repercusión, avalada por las mediciones de Ibope, que ese club estiró su temporada durante años. Hasta hoy hay quienes lo rememoran con añoranza.

Después de un episodio de salud grave que lo tuvo muchos días afuera de aquellos programas, nos dio la noticia de su decisión. Tentado por la incipiente radio del grupo Terranova, cambió de proyecto dejando atrás lo mucho que lo unía a aquella Radio (Nihuil) y partió. No puedo precisar pero tampoco exagero, en ese nuevo destino duró menos de una semana. Simple. No aceptó tolerar el destrato de un periodista con mayor jerarquía, alguien que hoy lo cita en su propio sitio, copiando y pegando.

Pero justo hoy no podemos detenernos en la inevitable hipocresía de unos pocos. Voz cascada. Ojos claros y profundos. De gran verborragia y elocuencia.

Durante los últimos años se destacó como movilero, periodista en exteriores. Responsable periodístico de lo que señala la calle para radio de cuyo, más conocida por su sigla, lv10.

Se fue un colega, un amigo, un hijo, un padre, un hermano. Un hincha , un trabajador. Murió apresuradamente el hombre destacado para cubrir lo que dice poder y para ponerlo en duda.

Lo recuerdan con idénticos desde el gobernador hasta los opositores. Desde los productores hasta los directivos. Murió Alejandro Parigi, un hombre de palabra. Vamos a necesitar aprender a extrañarlo