Testimonio de un adolescente hipoacúsico, que sufrió en carne propia la desidia, impericia y desamparo del Colegio y la DGE.  Es importante recordar que  Mendoza fue escenario del caso de mayor repercusión de los últimos tiempos en Argentina, el caso Próvolo.

Sin embargo, una vez más la complicidad oficial desde el Estado y desde una institución de gestión privada, deriva en un violento acto repudiable, contra un chico sordo.

Hola, tengo 17 años de edad y soy hipoacúsico desde mi nacimiento, a razón de que nací prematuro (6 Meses y ½), me quedó como secuela hipoacusia bilateral profunda.

Les cuento que, pese a que me importa mantenerme informado, no miro casi nunca TV, porque hay muy poco acceso a un intérprete en lengua de señas.

Desde muy pequeño viví en un pueblo muy chico de la provincia de Santa Cruz.

Lamentablemente para mí, detectaron tarde mi hipoacusia. Tras la insistencia de mis padres con la obra social, me derivaron al Hospital Italiano de la Ciudad de Bs. As. A la edad de 4 años y medio. Ahí me equiparon con audífonos y me dieron una carpeta de trabajo para que realice el gabinete de la escuela especial en mi provincia de residencia.

Volvimos (mis padres y yo) a nuestra provincia de residencia con la carpeta de trabajo realizada por profesionales de Buenos Aires (Fonoaudióloga, psicopedagoga, etc.) para que el gabinete de la escuela especial ejecute el abordaje de estimulación del lenguaje oral y pautas de trabajo escolar.

Pese a esto en el jardín al que asistía no sabían cómo abordar mi escolaridad, ni el trato hacia mí. Por lo que decidieron hacerme repetir sala de cinco, argumentando tomar esa conclusión porque no podían pasar a primer grado a un niño que no hablaba.

Fue muy triste para mis padres. Si no me daban acceso a la escolaridad, por mi falta de lenguaje. no iba a pasar de grado ¡¿qué iba a ser de mí en un futuro?! Se preguntaban con temor.

Ellos optaron por mudarnos a una provincia más grande, adonde yo pudiera contar con profesionales idóneos en el área y así acceder a mi escolaridad.  Vendieron nuestra casa. Mi papá tuvo que dejar el trabajo (Marino de la Marina Mercante) y jugarse en busca de un futuro mejor para mí.

Hice la primaria en una escuela oralista, donde no me era permitido usar lengua de señas. Lo aprendí solo, por mis propios medios, viendo YouTube y otros programas.

Mi único anhelo desde que tenía cuatro años era tener amigos, como el resto de los chicos, pero mi hipoacusia no jugaba a mi favor. Se acercaban a mí y como mi lenguaje era pobre, desistían de ser mis amigos y no volvían. Así fue gran parte de mi vida.

En la secundaria la profesora de teatro llegó a enojarse conmigo, porque nos daba un libreto a estudiar para hacer una obra, pero yo no me enteraba. Ya que ella decía “Para mañana traer … tal cosa”.

Me enteraba luego de la mala nota, por mis compañeros ó por las notas que le hacía la profesora a mis papás. Éramos muchos alumnos , alrededor de 30 adolescentes.

Esa época fue difícil para mí, pero pese a mi desventaja, me esforzaba para obtener buenas notas.

Llegué a ser alumno mejor promedio, en un colegio de oyentes.

Hice amistad con algunos compañeros oyentes, dado que hipoacúsicos éramos solo 4. Dos chicas -inseparables entre sí- y un compañero que tuve en séptimo grado.

Me sentaban con él, siendo que el año anterior no me dejaba en paz, haciéndome bullying por mi creencia religiosa. A mi me gustaba estudiar, lo disfrutaba, pero cuando sos adolescente, eso no es de canchero. Yo no pertenecía y no dudaban en hacérmelo saber.

Fueron muchas las lágrimas derramadas a causa de esto. Pero habíamos entrado a la secundaria y mi compañero se acercaba mucho a mí, le decía a la profesora que me admiraba, que no sabía como hacía para tener amigos oyentes tan rápido. En una oportunidad me pidió perdón.

Yo decidí dejar todo ese tormento en el pasado. No éramos amigos, pero tenía que adaptarme a que iba a ser nuevamente mi compañero.

Esto, tuvo un final muy pronto para mí. Toda esa admiración y ese acercamiento constante de este chico hacia mí, era una farsa. Lo supe el día que me quebró, literalmente. Me provocó una fractura ósea.

Me quebró el hueso en tres partes, esto ocurrió en el colegio, bajo la excusa que era jugando, se acercó a mí, tomó mi mano y remató mi brazo.

Tuve una cirugía, me colocaron 11 tornillos y una placa. Me hicieron reducción de hueso, debido a que el hueso estaba astillado y ahí todo cambió.

El colegio y la Dirección General de Escuelas me dieron la espalda. Mis padres enviaron varias notas, certificados médicos y psicológicos a ambos establecimientos, para que yo pueda continuar mis estudios, pero no había respuesta y cuando la hubo, luego de tanto insistir no fue favorable.

Mientras yo estaba en una cama quebrado – no solo el brazo, también me quebró emocionalmente-este chico asistía al colegio, con todos nuestros compañeros y con una psicóloga que el colegio le facilitó para abordar su situación psíquica, después de  haber provocado una fractura

Quedé afuera del sistema, de mi entorno. Nunca volví a ser el mismo. Mi brazo no logró quedar como antes, tengo otra discapacidad, además de la hipoacusia, y mis anhelos truncados. Porque no, definitivamente no hay inclusión para nosotros. Mis referentes, directivos del colegio y de la DGE nunca me vieron, hicieron caso omiso a los constantes pedidos de que, mínimamente lo cambien a otro turno, para que yo pudiera asistir sin el temor de volver a ser agredido o burlado.

Tras tantas negativas para mí, mis padres solicitaron el pase a otro colegio. Pero la supervisora de escuelas privadas dijo que no encontraba un colegio para mí.

Viendo trunco ese año escolar, accedí a volver al colegio, pese a todo el estrés que eso significaba para mí. Sí, tuve que afrontar volver a ver a mi agresor y padecer como él una vez más se reía de mí.

Fue entonces que mis padres decidieron hablar al aire en una ocasión en PORTADA y no pasó mucho tiempo que conseguí lugar en otra escuela.

Agradezco la oportunidad, hoy estoy cursando el anteúltimo año de secundaria y me está yendo muy bien, aunque estemos en pandemia.

Gracias al apoyo de mis padres y a ese amigo invisible, porque aún no lo conozco, que escuchó mi historia y no dudó en extenderme la mano.

Tengo una gran incertidumbre porque no hay universidades con intérpretes para cursar la carrera que elegí, desde chico. No tenemos igual acceso, ni oportunidades tampoco en el mundo laboral.  Es por eso que le pido a nuestros responsables políticos, como a la ciudadanía en general: empatía, por favor.

Que se cumplan nuestros derechos de igualdad, de educación, de acceso a la información.