No maté a nadie y lo mismo me duele

De todo lo que me ha pasado, siempre me pareció que lo más traumático fue que me hubieran entrenado, aun sin voluntad y en contra de mis propios pensamientos, para la guerra y para matar.

Emilio Vera Da Souza
Periodista y escritor. Conductor y productor en Radio Nihuil, Radio Jornada, Radio Nacional. Creador de El Zócalo de la Cuarta. Posee textos publicados en medios como Diario Jornada, Mendoza Opina, Página 12 y otras revistas y portales nacionales.

Con el paso de los años, he intentado muchas y variadas miradas y siempre he concluido que fue lo peor de todo lo peor. La pérdida de seres queridos, padre, madre, mujeres amadas, hijo, amigos entrañables. Enfermedades, cataclismos, accidentes, mudanzas, divorcio, separaciones, ausencias, desamores, miserias, desgarros, infortunios y todo lo imaginado que le ocurre a una persona de más de medio siglo, todo eso, no es comparable con lo que me ocurrió afectiva y racionalmente durante el período de mi inicio a la vida adulta, con la violenta obligatoriedad de entrenamiento militar.

"... lo más traumático fue que me hubieran entrenado, aun sin voluntad y en contra de mis propios pensamientos, para la guerra y para matar."

"... lo más traumático fue que me hubieran entrenado, aun sin voluntad y en contra de mis propios pensamientos, para la guerra y para matar."

Perece exagerado. A mí también me lo parece. Lo he pensado y repensado largamente y concluyo que no es exagerado. Es real y contundente.

El hecho que no fuera a la guerra y no matara a nadie en esas circunstancias, no le quita violencia, ni morbo, ni pasiones, ni piedad, ni contradicciones éticas ni morales y claro que tampoco, pensamientos que me hicieran dudar de mis propias convicciones.

En esos días hubo tristeza, ausencia de alegría, angustia y asco. Los pensamientos más abyectos y retorcidos, han sido parte de esa experiencia.

"Un día sin llantos no era un día alegre. Era un día con el corazón cansado."

"Un día sin llantos no era un día alegre. Era un día con el corazón cansado."

Haber sufrido hambre, frio, vejaciones, tortura y dolor y haber visto a otros sufrir lo mismo, por parte de tipos que se suponía debían entrenarnos, enseñarnos, cuidarnos y tratarnos como camaradas en esa circunstancia, es conocer la faceta más inhumana de la humanidad.

La banalidad del mal, que plantea la conocida Hannah Arend, a lo mejor, o a lo peor, tiene que ver con eso.

Hay un cúmulo de episodios de nuestra historia, con personas justificando esas acciones y políticas, familias entregando a parte de sus integrantes, organismos e instituciones, logística e infraestructura trabajando para que ocurra, religiones apoyando y economías con maquinaria empresarial y dineros para que se pueda concretar.

No he leído ni escuchado a nadie que quisiera hacer alguna comparación inteligente de cualquiera de estos mecanismos disponibles para la arquitectura de la guerra, para imaginar lo que podría ser posible de ser puesto al servicio de la cultura, el arte, el pensamiento, la inteligencia, el desarrollo de ideas, las ciencias, la educación, el ocio, y cualquier actividad que derive en placeres, creatividad, esparcimiento y cuidados compartidos.

La información sobre la guerra y sus consecuencias termina por hacernos insensibles al dolor que se genera. Nos acostumbramos a eso. Y lo que yo he sentido e intentado sin poder expresarlo cabalmente, es resistirme a tomar ese dolor profundo como algo inevitable. No he querido naturalizarlo y llevarlo como cualquier otra experiencia vital.

"En esos días hubo tristeza, ausencia de alegría, angustia y asco."

"En esos días hubo tristeza, ausencia de alegría, angustia y asco."

No fui un espectador, ni niego los momentos de alivio durante ese período que describo. 

El sufrimiento fue y es real para mi, y puedo decir sin temor a equivocarme, que a mis camaradas de infortunio que relatan momentos y experiencias divertidas y meritorias, son solo excusas, las más de las veces inconscientes, para justificar la irracionalidad, el dolor y el miedo vividos.

De todas las noches que me tocó estar allí, no hubo una sola en donde no llorara o escuchara llorar a alguno de los que allí estábamos. No era cobardía, era miedo. Miedo de hombres sensibles. Un día sin llantos no era un día alegre. Era un día con el corazón cansado.

Es probable que muchos entiendan lo que ahora digo, incluso los que no han sido soldados podrán interpretar estas ideas salidas a consecuencia de las fechas conmemorativas de estos días y los acontecimientos que vivimos como sociedad.

Jóvenes conscriptos del Servicio Militar Obligatorio formaron parte de las tropas argentinas en la Guerra de Malvinas en 1982.

Jóvenes conscriptos del Servicio Militar Obligatorio formaron parte de las tropas argentinas en la Guerra de Malvinas en 1982.

Muchas personas, aunque no fueran parte del engendro conocido como Servicio Militar Obligatorio pero tienen elementos y formación para analizar críticamente, podrán reflexionar sobre estas palabras. Lo que a veces dudo es si se puede trasmitir el horror y el dolor vivido.

Ahora, no podemos permitir que un grupo de personas que rigen la administración de la república, por su sola decisión sin apego a las leyes ni a las organizaciones constitucionales que forman parte de nuestra estructura colectiva, nos comprometa en un espanto irracional como es una guerra y que deje de lado toda nuestra acumulación como país para que otros usufructúen años y años de esfuerzos comunes.

Lo que ellos plantean es un mercado libre a su servicio y en su propio beneficio, pero no un mundo libre, con pensamientos libres, con personas libres.

A lo mejor lo podemos pensar juntos y eso nos sirva para avizorar la posibilidad de cambiar algo. Solo será posible si podemos identificar el horror y el miedo. Mirar a los ojos, intentar saber de qué se trata y sobreponerse a pesar de eso.

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