Un cuadro, una foto y una deuda de 86 años
Hay historias que parecen dormidas, pero no terminan. Historias que quedan ocultas en una pared, en un archivo, en una casa familiar o en una fotografía tomada para vender una propiedad. Y que, de pronto, vuelven a la superficie para recordarnos que el paso del tiempo no siempre borra las deudas de la historia.
Eso es lo que ocurrió en Mar del Plata con Retrato de una Dama, una pintura del Siglo XVIII, atribuida y luego certificada como obra del artista italiano Giacomo Antonio Melchiorre Ceruti -conocido como "Il Pitocchetto"-. No se trata solamente de un cuadro. Es una pieza que condensa persecución, exilio, saqueo, impunidad, memoria y, finalmente, una forma de reparación.
La obra pertenecía a Jacques Goudstikker, uno de los galeristas de arte más importantes de los Países Bajos. Judío, coleccionista y comerciante de arte, había reunido en Ámsterdam una colección extraordinaria. Pero en mayo de 1940 los nazis invadieron los Países Bajos. Goudstikker huyó junto con su familia. Murió durante esa fuga, en el mar, y detrás suyo quedó una colección que fue saqueada y repartida entre los jerarcas del régimen nazi.
Entre esas obras estaba este retrato de una mujer. Durante décadas no se supo dónde estaba. Formaba parte de un universo de bienes culturales robados durante la persecución antisemita: objetos que cambiaron de manos, cruzaron fronteras, fueron ocultados, revendidos o incorporados a patrimonios privados como si su origen no importara.
Pero el origen importa. Y mucho.
Porque cuando una obra de arte es robada en un contexto de genocidio, no estamos ante una simple discusión patrimonial. No se trata solamente de quién tiene un título, una tenencia o una posesión. Importa una consecuencia material del terror. Detrás de cada pintura expoliada hay una familia perseguida, una vida interrumpida, una identidad despojada y una historia que se intentó borrar.
La gran paradoja de este caso es que el cuadro no reapareció en un museo, en una subasta internacional, ni en el depósito de una gran colección europea, se descubrió en una foto de una casa puesta a la venta en Mar del Plata.
La investigación periodística del diario neerlandés Algemeen Dagblad detectó la obra en una imagen de un aviso inmobiliario. Estaba colgada en una vivienda vinculada a Patricia Kadgien y a su esposo, Juan Carlos Cortegoso. Patricia Kadgien es hija de Friedrich Kadgien, un exfuncionario nazi y asesor financiero de Hermann Göring, uno de los principales jerarcas del Tercer Reich y uno de los mayores saqueadores de arte de la Europa ocupada.
La fotografía hizo lo que no habían logrado ocho décadas de búsquedas: conectó una pintura desaparecida con una pared, una dirección y una historia familiar concreta. La Justicia Federal de Mar del Plata intervino de oficio. Hubo allanamientos. Cuando las autoridades llegaron, el cuadro ya no estaba exhibido en la vivienda. Sin embargo, la obra fue finalmente entregada por medio de la defensa y quedó bajo custodia judicial.
A partir de allí comenzó otra etapa: la de probar lo evidente, pero jurídicamente indispensable. Había que confirmar la autenticidad de la pintura, determinar su autoría, reconstruir su procedencia y vincularla con la colección de Goudstikker.
Los peritos de la Academia Nacional de Bellas Artes concluyeron que la obra era auténtica y atribuyeron su autoría a Giacomo Antonio Melchiorre Ceruti. También se confirmó su conexión con la colección saqueada de Jacques Goudstikker. El cuadro, valuado oficialmente en varias decenas de miles de dólares, permanece bajo custodia de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, mientras se instrumenta la entrega a la heredera.
La heredera es Marei von Saher, nuera de Goudstikker y única heredera de su legado. Desde hace años sostiene una tarea de recuperación que va mucho más allá de lo económico. En 2006, logró que los Países Bajos restituyeran 202 obras de la colección familiar. Pero todavía hay cientos de piezas dispersas por el mundo, porque el saqueo nazi no fue un episodio aislado: fue un sistema organizado de despojo cultural y económico contra las víctimas del régimen.
En Argentina, la causa tuvo además una resolución penal particular. Patricia Kadgien y Juan Carlos Cortegoso estaban imputados por encubrimiento. En una audiencia encabezada por el juez federal Santiago Inchausti, se homologó un acuerdo de solución alternativa por reparación integral.
El acuerdo establece que ambos renuncian de modo expreso, irrevocable y definitivo a cualquier derecho, acción o reclamo sobre la pintura. También deberán cumplir reglas de conducta durante 24 meses y realizar aportes económicos por un total de 4,8 millones de pesos a la Cooperadora del Hospital Interzonal Especializado Materno Infantil de Mar del Plata. Si cumplen las condiciones, evitarán el juicio oral y una eventual condena; si no lo hacen, el beneficio puede caer.
Es una solución judicial que puede despertar discusiones. Hay quienes sostendrán que ningún acuerdo puede compensar décadas de ocultamiento. Otros dirán que la prioridad era recuperar la obra, asegurar la restitución y cerrar un conflicto complejo sin prolongar una causa penal durante años.
Pero hay un dato que no admite relativizaciones: el cuadro ya no pertenece a quienes lo tenían. No podrán reclamarlo ahora ni en el futuro. La restitución fue reconocida y habilitada por la Justicia argentina.
También hay una dimensión especialmente valiosa en la decisión de Marei von Saher. La heredera no exige que el cuadro sea trasladado de inmediato fuera del país. Su voluntad es que, antes de regresar a los Países Bajos, pueda ser exhibido públicamente en la Argentina.
No como una curiosidad artística. Tampoco como una pieza de museo despojada de contexto. Sino como un objeto de memoria.
La eventual exposición pública permitiría que la sociedad argentina contemple mucho más que una obra del Siglo XVIII: una evidencia de que los crímenes masivos dejan huellas duraderas, de que el saqueo cultural integró la maquinaria del nazismo y de que las rutas de fuga de sus jerarcas y colaboradores también atravesaron nuestro país. Ochenta y seis años después, el hallazgo demuestra que la verdad todavía puede emerger de los lugares más inesperados.
Este caso también deja una enseñanza institucional. La restitución no fue resultado de una casualidad aislada. Hubo periodismo de investigación, cooperación internacional, registros de bienes culturales expoliados, peritajes técnicos, intervención fiscal y decisión judicial. Cuando esas piezas funcionan, una foto inmobiliaria puede convertirse en evidencia; una obra escondida puede recuperar su nombre; y una familia despojada puede obtener una respuesta.
Retrato de una Dama fue entregada por la familia a través del abogado.
No se devuelve el pasado. No se repara la muerte de Jacques Goudstikker, ni se borran la persecución, el exilio o el saqueo de su colección. Pero la restitución importa porque impide que el despojo se convierta en herencia legítima.
Ese es el núcleo de esta historia: una pintura no es inocente cuando fue arrancada de una familia perseguida. No se vuelve propia por haber permanecido décadas en una casa. No se limpia por el silencio, por el paso de los años ni por la distancia geográfica.
En Mar del Plata, un cuadro robado por el nazismo reapareció en la imagen de una casa en venta. Y esa imagen abrió una puerta hacia una deuda pendiente desde 1940.
Ahora, Retrato de una Dama volverá a manos de la familia a la que pertenecía. Antes, quizá pueda ser visto en Argentina. Y si eso ocurre, no habrá que mirarlo solamente como una obra de Ceruti. Habrá que contemplarlo como lo que también es: el retrato de una historia que intentaron ocultar y que, finalmente, volvió a hablar.






