Mara Nayme: trabajadora, docente, formadora política y militante de derechos humanos; hija de la memoria y de las alturas

Ella es Mara. Hija de una ex presa política. El ring era su territorio y los guantes, su escudo. Hoy trabaja en altura, donde el viento golpea sin previo aviso y cada movimiento exige concentración absoluta. Es madre. La historia de Mara Nayme Díaz Muñoz podría narrarse así: asalto tras asalto, golpe tras golpe, siempre avanzando. Mujeres de Mendoza que merecen estar en portada.

Diario PORTADA propone rescatar las historias de nuestras mujeres anónimas: aquellas que, lejos de los grandes titulares, construyen cada día con esfuerzo, compromiso y pasión. Desde sus espacios -una escuela, un hospital, una finca, un emprendimiento, un hogar- marcan huella e inspiran. Algunas son jóvenes y traen la fuerza de lo nuevo. Otras llevan el peso valioso de los años y la experiencia. Todas sostienen, crean, luchan y transforman su entorno con gestos que muchas veces pasan desapercibidos, pero que resultan esenciales.

Son nuestras. Son Mujeres de Mendoza. Y sus historias merecen estar en la portada.

Por Orlando Pelichotti

Mara Nayme, hija de la memoria y de las alturas

Hay vidas que se cuentan en rounds. No por la campana que suena, sino por la resistencia con la que alguien vuelve a ponerse de pie. La historia de Mara Nayme Díaz Muñoz podría narrarse así: asalto tras asalto, golpe tras golpe, siempre avanzando.

Mara Nayme Díaz Muñoz: hija de la memoria y de las alturas.

Mara Nayme Díaz Muñoz: hija de la memoria y de las alturas.

Tiene 38 años, es delgada, de piel muy blanca y una mirada que no se intimida ante nada. Durante cinco años fue boxeadora. El ring era su territorio y los guantes, su escudo. Allí aprendió que la defensa no es retroceder, sino sostenerse firme cuando el mundo embiste. Que caer no es perder, sino apenas una pausa antes de volver a levantarse.

Mara Nayme: trabajadora, docente, formadora política y militante de derechos humanos; hija de la memoria y de las alturas

Hoy ya no pelea entre cuerdas. Sin embargo, sigue combatiendo. El escenario cambió: su cuadrilátero está suspendido a decenas de metros del suelo, entre el cielo y el asfalto. Trabaja en altura, donde el viento golpea sin previo aviso y cada movimiento exige concentración absoluta. Allí arriba, donde la ciudad se vuelve pequeña y el ruido se vuelve distante, Mara encuentra una forma distinta de equilibrio. No es solo físico: es interior.

Es madre. Y si algo la define no es su pasado deportivo, sino la manera en que convirtió cada caída en impulso. La maternidad no la volvió más frágil, sino más consciente del futuro. En cada jornada arriesgada hay una razón poderosa para volver a casa. En cada decisión hay una memoria que la acompaña.

Mara Nayme: trabajadora, docente, formadora política y militante de derechos humanos; hija de la memoria y de las alturas

Creció con una herida abierta en la historia familiar: su madre fue perseguida y presa ilegal durante los años más oscuros de la última dictadura argentina. Esa injusticia marcó su infancia como una cicatriz invisible, de esas que no se exhiben pero enseñan. Aprendió temprano que la dignidad puede sobrevivir incluso en las celdas más sombrías. Que hay barrotes que encierran el cuerpo, pero no el espíritu.

Tal vez por eso nunca le tuvo miedo a las alturas. Porque entendió que el verdadero vértigo no está en la distancia al suelo, sino en la posibilidad de rendirse. Y rendirse no es una opción cuando se ha heredado la memoria como bandera.

Mara Nayme: trabajadora, docente, formadora política y militante de derechos humanos; hija de la memoria y de las alturas

Mara habla poco de sí misma. No necesita épica. Su historia no se sostiene en gestos grandilocuentes, sino en una perseverancia cotidiana. Se ata el arnés con la misma convicción con la que antes ajustaba las vendas en sus manos. Revisa cada nudo como quien repasa una promesa. Sabe que la seguridad no es solo técnica: es responsabilidad compartida, es cuidado.

En su vida conviven tres tiempos. La altura, que es presente y desafío. La memoria, que es raíz y enseñanza. Y el futuro, que tiene nombre propio y la espera cada tarde al volver a casa.

Ayer en los cuadriláteros, hoy en los altos de Chile

Su diaria transcurre entre los rascacielos del país trasandino. Colgada de arneses, poleas y cuerdas, desciende con precisión quirúrgica por fachadas de vidrio que reflejan un cielo inmenso. Suspendida en el vacío, parece una figura mínima frente a las moles de cemento y acero. Pero es exactamente lo contrario: es gigante.

Cada descenso es un acto de coraje silencioso. Cada paso en el aire, una declaración de principios. Mientras otros miran hacia arriba con vértigo, ella mira hacia abajo con determinación. Ya no hay campana que anuncie el final del round, pero sí horarios estrictos, viento cortante, frío en las manos y la tensión constante de la altura. Y hay algo más fuerte que todo eso: la necesidad de sostener a su hija, de ofrecerle un horizonte más amplio que el que ella recibió.

Mara Nayme: trabajadora, docente, formadora política y militante de derechos humanos; hija de la memoria y de las alturas

Mara no solo limpia ventanas: pule espejos donde se refleja su historia. En cada vidrio deja algo más que transparencia; deja ejemplo. Porque la pelea más dura no fue en el ring ni a cincuenta metros del suelo. Fue contra un destino que parecía escrito de antemano. Y lo está reescribiendo, jornada tras jornada, suspendida entre el cielo y la ciudad.

Desde allí arriba, donde el viento golpea con furia y el suelo se vuelve una línea lejana, su figura pequeña recuerda una verdad inmensa: la valentía no siempre hace ruido. A veces cuelga en silencio, balanceándose apenas, sosteniendo el mundo con las manos.

Su voz revela formación y pensamiento. Durante años estudió Derecho, interesada en las ciencias sociales jurídicas como fenómeno antropológico. La carrera quedó en pausa, pero no su compromiso. Fue docente, formadora política y militante de derechos humanos en H.I.J.O.S. Participó en el Espacio para la Memoria D2 de Mendoza, trabajó en la coordinación provincial de Derechos Humanos y fue educadora de jóvenes en contexto de encierro. También coordinó talleres de boxeo. Antes, había boxeado durante años y llegó a competir en quince oportunidades en su Mendoza natal.

"La cuestión vertical siempre me gustó", dice, y sonríe con timidez. Practicó highline y escalada. El trabajo vertical -tareas realizadas con cuerdas o en estructuras por encima del metro ochenta de altura- apareció como una síntesis entre desafío físico y oficio. Allí encontró un camino profesional concreto: mantenimiento edilicio, reconstrucciones, accesos en espacios confinados, labores en minería e industria eólica. Un sector con presente y con futuro.

En diciembre de 2022 murió su madre. Ese golpe marcó un punto de inflexión. "Empecé a pensar cómo trasladar mis saberes y habilidades en réditos económicos", explica. Hasta entonces, el esfuerzo corporal era exploración y deporte; el pensamiento transitaba por la militancia y la docencia. Decidió unir ambos mundos: poner el cuerpo en acción y permitir que la mente encontrara otra forma de equilibrio.

Se preguntó si Mendoza seguía siendo su lugar. Investigó, buscó oportunidades y cruzó la cordillera hacia Chile. Se incorporó a la empresa High Works, donde se desempeña en trabajos verticales. Allí -afirma- encontró compañeros que la cuidan y acompañan. Se formó profesionalmente con el respaldo de su familia. Es Operadora de Trabajo Seguro en Altura certificada en Chile y avanza hacia acreditaciones internacionales que consolidan su oficio.

"Soy una mujer inquieta, deseo crecer", afirma. Su hija, Sol, es el centro de gravedad de cada decisión. "Ella sabe que todo es para ella. Mi vida misma. Solo deseo que le pasen cosas maravillosas".

Trabajar en altura exige técnica, concentración y protocolos estrictos de seguridad. Pero también exige temple. Y eso a Mara le sobra.

Ella es Mara

Nació donde la memoria no es consigna, sino brújula. En una calle que todavía susurra historias de la dictadura cívico-militar argentina, aprendió que el pasado no se niega: se enfrenta.

Es hija de María Susana Muñoz, ex presa política y fundadora del Archivo Provincial de la Memoria de Mendoza. Creció entre relatos que dolían, pero también entre convicciones que levantaban. Entendió temprano que la dignidad no se negocia y que la justicia, aunque tarde, siempre se persigue.

Se movió como pocas mujeres arriba del ring: en el ring real, con guantes y mirada firme; y en el ringside de la vida, donde los golpes no siempre se ven, pero dejan huella. Peleó batallas íntimas y colectivas. Defendió causas. Sostuvo banderas. Nunca fue espectadora. Siempre protagonista.

Pero, por sobre todo, es madre.

Madre de Sol, su sol.

En esa palabra se condensa su épica más profunda. Cada descenso por una fachada, cada ascenso controlado, cada jornada suspendida en el aire tiene un nombre propio. Sol es su horizonte, su impulso y su raíz. Es la razón por la que transforma el dolor en fuerza, la memoria en motor y la altura en futuro.

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