La educación pública abre caminos

Hay historias que, por su fuerza, obligan a mirar más allá de la anécdota. La de Santos Gabriel "Saga" Rueda es una de ellas. No sólo porque se haya convertido en uno de los grandes nombres argentinos del ultratrail mundial, ni porque haya ganado en 2026 las 100 millas de Val d'Aran by UTMB, en los Pirineos españoles, una competencia de 163 kilómetros y 10.000 metros de desnivel positivo. Tampoco únicamente porque, semanas después, haya terminado entre los veinte mejores de la UTMB Mont-Blanc, una de las carreras de montaña más exigentes y prestigiosas del planeta.

Dr. Sergio Benaroya
Abogado UBA. Especializado en Familia, Niñez y Adolescencia, Genero, Responsabilidad Médica y Salud Mental. Diplomaturas en Psicopatología, Psicoanálisis, Autismo, Psicosis, IA, Criminología, Vínculos Patológicos, Sexología Clínica.

Su historia importa por lo que expresa. Un joven nacido en un paraje rural de Salta, atravesado por carencias materiales y grandes distancias, llegó a convertirse en ingeniero nuclear formado en el Instituto Balseiro y en atleta profesional de élite. En esa trayectoria conviven esfuerzo individual, disciplina, familia, vocación, deporte y una dimensión que no puede ser omitida: la educación pública argentina.

El caso de Rueda debería servir para recuperar una discusión que a veces se presenta de manera demasiado simplificada. Defender la educación pública no significa negar sus problemas. Las escuelas públicas enfrentan desigualdades profundas; muchas universidades padecen presupuestos insuficientes, deterioro edilicio, dificultades salariales y una creciente incertidumbre. Pero reconocer esas fallas no conduce a abandonar el sistema. Lleva, precisamente, a exigir que sea fortalecido.

La educación pública abre caminos

Porque cuando la educación pública funciona, cuando hay docentes comprometidos, instituciones serias, programas de becas y recursos mínimos para estudiar, puede cambiar el destino de una persona. Hacer que alguien que nació lejos de los grandes centros urbanos tenga acceso a conocimientos científicos de máxima complejidad. Permitir que una vocación no quede limitada por el ingreso familiar, el código postal o la falta de contactos.

La trayectoria de Gabriel Rueda no es una fábula individual de "mérito" entendido como hazaña solitaria. Sería injusto reducirla a eso. Su determinación es evidente: entrenar durante años, estudiar una carrera científica exigente y competir en la élite internacional requieren una voluntad fuera de lo común. Pero la voluntad, por sí sola, no reemplaza a una escuela, una beca, una universidad, una biblioteca, un comedor, un laboratorio o un docente que detecta una capacidad y la impulsa.

Nadie llega completamente solo. El mérito existe, pero necesita oportunidades para desplegarse. La educación pública es una de las herramientas más poderosas para que el talento no sea patrimonio exclusivo de quienes nacieron en condiciones favorables.

Santos Gabriel "Saga" Rueda en su etapa universitaria como ingeniero nuclear.

Santos Gabriel "Saga" Rueda en su etapa universitaria como ingeniero nuclear.

El Instituto Balseiro, donde Rueda se formó como ingeniero nuclear, representa con claridad ese modelo. Se trata de una institución pública asociada a la Universidad Nacional de Cuyo y a la Comisión Nacional de Energía Atómica, orientada a la formación científica y tecnológica de alta exigencia. No es un privilegio reservado a una minoría por su riqueza: es una institución de excelencia sostenida por el Estado, que selecciona por capacidad y esfuerzo académico, y que acompaña a sus estudiantes para que puedan dedicarse a formarse.

Allí aparece una idea decisiva: la educación pública no debe confundirse con educación de baja calidad. Lo público puede y debe ser sinónimo de excelencia. El verdadero debate no es entre una educación pública supuestamente masiva y una educación privada supuestamente prestigiosa. El debate es si una sociedad está dispuesta a garantizar que la excelencia académica sea accesible para quienes tienen capacidad y vocación, incluso si nacieron lejos, si sus familias no pueden pagar una cuota, si no heredaron relaciones, capital económico ni una red de apoyo privilegiada.

La educación pública abre caminos

Argentina tiene una larga tradición en este sentido. Sus universidades nacionales, sus institutos tecnológicos, su sistema de investigación y sus organismos científicos permitieron formar médicos, ingenieros, docentes, investigadores, juristas, especialistas en energía, profesionales de la salud, técnicos y emprendedores que sostienen ámbitos esenciales de la vida nacional. Desde los hospitales públicos hasta la investigación aplicada, desde la industria tecnológica hasta la educación en las provincias, existe una trama de conocimiento que no surgió de la nada. Es el resultado de décadas de inversión pública, de docentes, de investigadores y de familias que entendieron que estudiar era, y sigue siendo, una forma de construir futuro.

Sin embargo, la historia de Rueda también plantea una pregunta incómoda. ¿Qué sucede cuando un país forma profesionales de alto nivel, pero no siempre consigue ofrecerles condiciones para desarrollar su carrera científica, tecnológica o profesional dentro de sus propias fronteras?

Hoy Rueda vive y desarrolla buena parte de su actividad en España. Compite como atleta de alto rendimiento en Europa, forma parte del equipo Columbia Europe y sostiene un proyecto vinculado al entrenamiento y al análisis aplicado al deporte, Saga Training Lab. No hay nada reprochable en esa decisión. Nadie debe ser juzgado por buscar un horizonte de estabilidad, oportunidades laborales, especialización o crecimiento profesional. Emigrar no implica renunciar a la identidad, ni traicionar al país de origen. Muchas veces es una decisión difícil, tomada frente a condiciones que no dependen de la voluntad individual.

La educación pública abre caminos

Pero ese hecho obliga a mirar una realidad más amplia: Argentina no sólo debe ser capaz de formar talento, sino también de retenerlo, de convocarlo y de darle condiciones para desarrollarse. No alcanza con que un joven pueda estudiar ingeniería nuclear, medicina, biotecnología, informática, física, derecho, economía o cualquier disciplina estratégica. También debe existir un país que lo necesite, que lo emplee, que le permita investigar y que valore socialmente su conocimiento.

Si se recorta la inversión científica, si los presupuestos de investigación se vuelven imprevisibles, si los salarios pierden poder adquisitivo, si los laboratorios carecen de insumos o los jóvenes investigadores no pueden proyectar una carrera, se debilita algo más profundo que un organismo estatal: la posibilidad de que la inteligencia, la capacidad y el esfuerzo produzcan desarrollo nacional.

La discusión sobre ciencia y educación suele presentarse como si fuera un asunto limitado a universidades, académicos o especialistas. No lo es. La formación de científicos y técnicos influye en la energía que consume un país, en los medicamentos que produce, en sus satélites, en la seguridad de sus alimentos, en la calidad de sus hospitales, en el cuidado ambiental, en su industria y en su capacidad de tomar decisiones soberanas. Un país que desfinancia el conocimiento no está ahorrando: está renunciando a herramientas indispensables para afrontar el futuro.

El ejemplo del Instituto Balseiro muestra, además, que la inversión pública puede ser exigente y estratégica. No se trata de sostener estructuras por inercia sino de fortalecer instituciones que forman recursos humanos especializados en áreas decisivas, como la energía nuclear, la física, la ingeniería y la tecnología. En un mundo atravesado por la inteligencia artificial, la transición energética, la competencia tecnológica y la necesidad de producir conocimiento propio, abandonar esos espacios sería un error de enorme gravedad.

Por eso la defensa de la educación pública debe ser una defensa concreta, no un eslogan. Debe implicar escuelas con infraestructura digna; docentes reconocidos y bien remunerados; becas que permitan estudiar a quienes no podrían hacerlo de otro modo; universidades con presupuesto suficiente; comedores, transporte y conectividad para garantizar permanencia; bibliotecas, laboratorios y equipos de investigación actualizados; y políticas de largo plazo que no cambien con cada coyuntura.

También debe implicar una mirada federal. El talento no está concentrado en Buenos Aires, Córdoba, Rosario o Mendoza. Hay jóvenes con capacidad en los parajes rurales de Salta, en las pequeñas localidades patagónicas, en barrios populares del conurbano, en pueblos del litoral y en cada provincia argentina. El desafío no consiste en esperar que esos jóvenes lleguen solos a las oportunidades. Se debe garantizar trayectorias educativas sostenidas y construir puentes entre las regiones y las instituciones de excelencia.

La historia de Gabriel Rueda tiene, en ese sentido, un valor profundamente federal. No narra el ascenso de alguien que comenzó con todas las ventajas. Cuenta la posibilidad de atravesar fronteras sociales, geográficas y culturales gracias a la combinación de esfuerzo personal e instituciones públicas. Demuestra que la educación no es sólo transmisión de contenidos: es también una forma de ampliar el horizonte de lo posible.

Y, sin embargo, sería un error romantizar la excepción. Una sociedad justa no debería depender de que cada joven pobre sea extraordinario para salir adelante. No deberíamos exigir heroísmo para acceder a derechos básicos. La educación pública debe garantizar que miles, no apenas unos pocos casos excepcionales, puedan estudiar, graduarse, investigar, trabajar y desarrollar una vida digna.

La educación pública abre caminos

El éxito de Rueda en las montañas europeas merece celebrarse. Ganar las 100 millas de Val d'Aran, imponerse en un recorrido de 163 kilómetros con 10.000 metros de ascenso acumulado y competir entre los mejores del mundo requiere una resistencia física y mental extraordinaria. Pero su mayor enseñanza no está solamente en el podio. Está en recordar que detrás de cada logro individual hay, muchas veces, una red colectiva: una familia que sostuvo, docentes que enseñaron, instituciones que abrieron sus puertas y una sociedad que, mediante sus impuestos y decisiones políticas, hizo posible esa formación.

Defender la educación pública no es preservar una nostalgia. Es resguardar una estrategia de país. Es sostener que ningún niño, adolescente o joven debe ver su futuro definido por la pobreza de su hogar, la distancia de su pueblo o la falta de recursos de su familia. Es afirmar que el conocimiento debe ser una vía de movilidad social, de desarrollo económico y de soberanía.

La Argentina necesita más historias como la de Gabriel Rueda. Pero, sobre todo, crear las condiciones para que esas historias no sean excepcionales; que el talento que nace en sus pueblos, barrios y provincias encuentre escuelas que lo acompañen, universidades que lo formen, instituciones científicas que lo desafíen y un país que le permita proyectar su vida sin tener que irse para poder crecer.

Porque educar no es gastar, es construir futuro. Y un país que apuesta por su educación pública, por sus universidades y por su ciencia no sólo cambia la vida de una persona: amplía las posibilidades de toda una sociedad.

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