Dos presidentes, dos biografías del poder: el outsider del Sur y el heredero del Norte

Mientras Javier Milei se presenta como el economista antisistema que llegó desde los márgenes de la política para "dinamitar" al Estado argentino, Donald Trump encarna la continuidad de una élite económica que se recicla en clave populista desde la cima del capitalismo global.

Dr. Sergio Benaroya
Abogado UBA. Especializado en Familia, Niñez y Adolescencia, Genero, Responsabilidad Médica y Salud Mental. Diplomaturas en Psicopatología, Psicoanálisis, Autismo, Psicosis, IA, Criminología, Vínculos Patológicos, Sexología Clínica.

Ambos gobiernan hoy sus países, pero sus historias y sus relaciones con la educación, el poder económico y las instituciones dibujan dos caminos muy distintos hacia la presidencia.

Javier Milei nació en 1970 en Palermo, Buenos Aires, en el seno de una familia de clase media, con un padre que trabajó como chofer de colectivo y luego en el comercio, y una madre empleada.

Su relato de origen está atravesado por conflictos familiares, bullying escolar y una figura de "self-made man intelectual" que se arma leyendo libros de economía y repitiendo, una y otra vez, que llegó solo, sin favores, sin padrinos políticos.

Donald Trump, en cambio, nace en 1946 directamente dentro del poder económico: hijo de Fred Trump, un millonario del negocio inmobiliario en Nueva York, heredero de un entramado empresarial consolidado y de una red de contactos que lo ubican desde temprano en la elite urbana.

No se presenta como un hombre del pueblo en sentido socioeconómico, sino como el empresario exitoso que "ya hizo dinero" y, precisamente por eso, puede "arreglar" un país como si se tratara de una empresa mal gestionada.

Milei construye su legitimidad desde abajo: el economista que viene de la televisión, del debate a los gritos, del enojo social con la inflación y la pobreza.

Trump salta desde el mundo del show business y los negocios al Partido Republicano, donde capitaliza el enojo de la clase trabajadora blanca, el temor al declive relativo de Estados Unidos y la desconfianza hacia las élites políticas de Washington.

Trump salta desde el mundo del show business y los negocios al Partido Republicano, donde capitaliza el enojo de la clase trabajadora blanca, el temor al declive relativo de Estados Unidos y la desconfianza hacia las élites políticas de Washington.

Trump la construye desde arriba: el magnate mediático, celebridad televisiva, que promete volver a hacer grande a Estados Unidos, aun cuando ya encarna la cima del privilegio que dice combatir.

La educación de Milei no encaja con el mito del "hijo del interior en la universidad pública", aunque su discurso se monte sobre la retórica meritocrática.

Estudió Economía en la Universidad de Belgrano, una institución privada de la Ciudad de Buenos Aires, y luego cursó posgrados en el Instituto de Desarrollo Económico y Social y en la Universidad Torcuato Di Tella, ambos también espacios de alto capital académico y de fuerte impronta en la formación de elites tecnocráticas.

Trump, por su parte, pasó por la New York Military Academy y luego se graduó en 1968 en la Wharton School de la Universidad de Pensilvania, una de las escuelas de negocios más prestigiosas de la Ivy League, que funciona como puerta de entrada a redes de poder económico y financiero global.

Si Milei es el economista libertario formado en think tanks y universidades privadas porteñas, Trump es el empresario moldeado por el management de elite del nordeste estadounidense.

Milei construye su legitimidad desde abajo: el economista que viene de la televisión, del debate a los gritos, del enojo social con la inflación y la pobreza.

Milei construye su legitimidad desde abajo: el economista que viene de la televisión, del debate a los gritos, del enojo social con la inflación y la pobreza.

Ninguno de los dos es, en sentido estricto, producto típico de la universidad pública masiva; sin embargo, ambos interpelan a electorados que sí dependen de sistemas educativos estatales o de segunda línea, prometiendo un ascenso social que sus propias trayectorias no vivieron de la misma manera.

Milei irrumpe en la política desde los sets de televisión argentinos, a fuerza de gritos contra "la casta", propuestas radicales (dolarización, cierre del Banco Central, motosierra al gasto) y una estética de outsider libertario que rompe con el clivaje clásico peronismo-antiperonismo.

Su llegada a la presidencia en 2023 expresa el hartazgo con la inflación crónica, el deterioro del salario y la incapacidad de los partidos tradicionales para ofrecer estabilidad.

Trump, en cambio, salta desde el mundo del show business y los negocios al Partido Republicano, donde capitaliza el enojo de la clase trabajadora blanca, el temor al declive relativo de Estados Unidos y la desconfianza hacia las élites políticas de Washington.

Su primera presidencia (2017-2021) se sostiene en un discurso nacionalista, antiinmigración y antiestablishment, que se renueva con fuerza en la campaña de 2024, cuando logra una segunda victoria presidencial y vuelve a la Casa Blanca en enero de 2025.

En los dos casos, el formato es similar: un liderazgo personalista, rupturista, apoyado en redes sociales, televisión y actos masivos, que se posiciona contra "los políticos de siempre" pese a terminar gobernando con, y sobre, estructuras estatales muy tradicionales.

Milei se define como "anarcocapitalista" y predica un Estado mínimo: reducción drástica del gasto público, privatizaciones, desregulación y una crítica frontal a lo que llama "modelo socialdemócrata" argentino.

Su gestión se ha caracterizado por un ajuste muy fuerte sobre el sector público, con especial impacto en áreas sociales, ciencia y universidades, y por un uso intensivo de decretos y leyes ómnibus para expandir el poder del Ejecutivo.

Trump, por su parte, no plantea desmontar el Estado, sino utilizarlo con mano firme: endurecimiento de políticas migratorias, recortes de regulaciones ambientales y laborales, y una retórica de "ley y orden" que le permite ampliar el margen de actuación presidencial.

En su segundo mandato, refuerza su agenda de control fronterizo, reducción de impuestos a empresas y sectores altos, y designación de jueces conservadores, consolidando un proyecto institucional de largo alcance.

El argentino quiere achicar al Estado hasta volverlo casi residual en economía y política social, aunque en la práctica se apoya en un hiperpresidencialismo de emergencia.

El norteamericano busca un Estado fuerte, pero al servicio de un nacionalismo económico, cultural y migratorio que prioriza a ciertos grupos sobre otros.

Puestos uno frente al otro, Milei y Trump revelan dos formas contemporáneas del populismo de derecha:

  • El populismo de austeridad, que promete liberar al individuo del "yugo" estatal aunque eso implique desarmar redes de protección y de movilidad social construidas durante décadas.
  • El populismo de privilegio, que desde la cima del poder económico promete proteger al ciudadano común de amenazas internas y externas, reforzando al mismo tiempo las estructuras que sostienen su propia elite.

Que hoy la Argentina y Estados Unidos estén gobernados por estas dos variantes no es casual: es la expresión de sociedades cansadas del descrédito de las dirigencias tradicionales.

Pero también es una advertencia: el enojo puede abrir puertas muy distintas, desde el recorte brutal del Estado social hasta la consolidación de mayorías excluyentes que deciden quién pertenece y quién no a la comunidad política.

Entre el economista libertario formado en universidades privadas porteñas y el heredero inmobiliario graduado en Wharton, el contraste biográfico es evidente.

El punto en común, paradójico, es otro: ambos han logrado convencer a millones de personas de que ellos, precisamente ellos, son los que mejor encarnan la voz de los que nunca estuvieron sentados en la mesa del poder.

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