Hiroshima y Nagasaki: cómo recordar una guerra sin elegir solo una víctima

A 81 años de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, el mundo vuelve a debatir sobre armas nucleares y responsabilidad histórica. Pero la forma en que contamos aquella guerra sigue siendo tan decisiva como las decisiones que se tomaron entonces: presentar a Japón solo como víctima o solo como verdugo implica borrar partes enteras de ese pasado.

Dr. Sergio Benaroya
Abogado UBA. Especializado en Familia, Niñez y Adolescencia, Genero, Responsabilidad Médica y Salud Mental. Diplomaturas en Psicopatología, Psicoanálisis, Autismo, Psicosis, IA, Criminología, Vínculos Patológicos, Sexología Clínica.

El 6 de agosto de 1945, a las 8.15 de la mañana, el cielo sobre Hiroshima se volvió blanco antes de volverse ceniza. Tres días más tarde, el 9 de agosto, Nagasaki viviría el mismo tránsito brutal entre la rutina y el abismo. Ocho décadas después, esas dos ciudades se invocan casi siempre como el comienzo de la era nuclear. Con menos frecuencia se las menciona como parte de una guerra que ya venía cargada de horrores antes de que las bombas de uranio y plutonio llegaran a Japón.

El impacto humano de aquellos ataques sigue siendo difícil de abarcar con cifras. Se calcula que, solo en 1945, murieron aproximadamente 140.000 personas en Hiroshima y unas 74.000 en Nagasaki, muchas de ellas sin alcanzar a comprender qué les estaba pasando. Eran niños que iban a la escuela, obreros en camino a las fábricas, ancianos, estudiantes, familias enteras. Entre las víctimas había también coreanos y otras personas trasladadas como mano de obra forzada durante el dominio colonial japonés. Y tras el fogonazo inicial llegaría otra forma de muerte: la radiación que, silenciosamente, siguió cobrando vidas durante años.

El impacto humano de aquellos ataques sigue siendo difícil de abarcar con cifras.

El impacto humano de aquellos ataques sigue siendo difícil de abarcar con cifras.

Las bombas de Estados Unidos cayeron sobre un país que ya estaba desgastado por largos años de guerra y que enfrentaba un sistema de alianzas cada vez más adverso. La primera, Little Boy, explotó sobre Hiroshima el 6 de agosto. La segunda, Fat Man, lo hizo sobre Nagasaki el 9. Entre ambas fechas, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón e inició una ofensiva masiva en Manchuria. Cada uno de estos movimientos militares pesó en la decisión final del gobierno japonés de aceptar la rendición.

La pregunta sobre si las bombas "eran necesarias" se discute desde hace más de 80 años y probablemente nunca tenga una respuesta que cierre el debate. Hay quienes sostienen que los ataques nucleares acortaron la guerra, evitaron una invasión terrestre y, con ello, un número aún mayor de víctimas. Otros recuerdan que Japón ya estaba militarmente debilitado, que se habían explorado alternativas como permitir una demostración del poder destructivo de la bomba sin atacar ciudades y que la entrada soviética en el conflicto modificó el cálculo político de Tokio. Lo que no se discute es la realidad material de los hechos: las bombas se lanzaron sobre ciudades habitadas y mataron a una enorme cantidad de civiles.

Las bombas de Estados Unidos cayeron sobre un país que ya estaba desgastado por largos años de guerra.

Las bombas de Estados Unidos cayeron sobre un país que ya estaba desgastado por largos años de guerra.

Recordar esa tragedia no significa mirar solo a Japón. Tampoco se la puede entender del todo si se separa de la guerra de expansión que el propio Imperio japonés venía librando desde años antes en Asia. Antes de Hiroshima y Nagasaki estuvieron la colonización de Corea, la ocupación de Manchuria, la invasión de China, la masacre de Nankín y la posterior extensión de la guerra al sudeste asiático. Allí hubo ejecuciones sistemáticas, torturas, violaciones, trabajos forzados y matanzas de civiles que todavía hoy forman parte de la memoria viva de muchas comunidades.

En los territorios ocupados funcionó la Unidad 731, que utilizó seres humanos como material de experimentación para el desarrollo de armas biológicas. Numerosas mujeres, principalmente coreanas, chinas, filipinas y de otras partes de Asia, fueron sometidas a un sistema de esclavitud sexual organizado al servicio del Ejército japonés. Prisioneros de guerra y civiles fueron obligados a trabajar en condiciones brutales, padecieron hambre, golpes, torturas y ejecuciones sumarias. En ciudades como Manila, Singapur, partes de Malasia y otros lugares ocupados se cometieron masacres que todavía se recuerdan en monumentos, archivos y relatos familiares.

Lo importante de enumerar estas escenas no es construir una contabilidad de horrores para compararlos entre sí, sino entender que no se trató de excesos aislados de soldados fuera de control. Formaban parte de una lógica de guerra y de ocupación impulsada por un régimen militarista que apostó a expandir su dominio territorial y político mediante la fuerza. Esa historia explica por qué, en buena parte de Asia, la palabra "Japón" no remite solo a las bombas que cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki, sino también a los años de violencia que las precedieron.

Aceptar la existencia de esos crímenes no convierte a los habitantes de Hiroshima y Nagasaki en responsables de las decisiones del Imperio japonés. Tampoco reduce el carácter devastador de los ataques nucleares. De la misma manera, recordar a las víctimas de las bombas no debería servir para borrar el sufrimiento causado por el ejército japonés en Corea, China, Filipinas o el sudeste asiático. La memoria histórica más honesta es la que resiste la tentación de elegir un solo tipo de víctima y un solo tipo de verdugo.

Ochenta y un años después, Hiroshima y Nagasaki son lugares físicos y símbolos globales al mismo tiempo. Hay museos, placas, parques de paz y ceremonias que cada año se detienen a las 8.15 para recordar ese instante en que el cielo se volvió luz y luego sombra. Pero lejos de Japón, en Nankín, en Seúl, en distintas ciudades de Filipinas y en otros puntos de Asia, se organizan también rituales y conmemoraciones, se mantienen archivos, se escriben libros y se transmiten historias familiares que cuentan otra cara del mismo conflicto.

El 6 de agosto de 1945, a las 8.15 de la mañana, el cielo sobre Hiroshima se volvió blanco antes de volverse ceniza.

El 6 de agosto de 1945, a las 8.15 de la mañana, el cielo sobre Hiroshima se volvió blanco antes de volverse ceniza.

A medida que mueren los sobrevivientes directos, el problema no es solo el olvido. Es también la memoria selectiva: decidir qué capítulo de la guerra se recuerda, cuál se minimiza y cuál se convierte en detalle. Presentar a Japón únicamente como víctima borra el sufrimiento que su expansión imperial causó en Asia. Presentar a toda la población japonesa como culpable borra a los millones de civiles que murieron sin haber tenido ninguna intervención en la decisión de ir a la guerra.

Hiroshima y Nagasaki no son un punto final en un libro de historia, sino un recordatorio incómodo que se proyecta sobre debates actuales. En Japón, las discusiones sobre el papel de las fuerzas armadas y la vigencia de los compromisos de la posguerra conviven con un pacifismo marcado a fuego por las bombas. En el mundo, las tensiones entre potencias nucleares y los discursos que justifican nuevas carreras armamentistas vuelven a poner sobre la mesa la pregunta por quiénes cargan con el peso de esas decisiones.

La forma en que cada país cuenta su propia guerra dice mucho sobre cómo se mira a sí mismo y cómo mira a los demás. Mirar esas historias en conjunto no implica repartir culpas de manera simétrica ni buscar una especie de equilibrio forzado en el sufrimiento. Sólo reconocer que ninguna memoria es completa si usa el dolor de unos para silenciar el de otros.

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