Debió conmemorarse el Día Internacional de la Libertad de Expresión, el 3 de  mayo, como lo ha instituido la UNESCO desde hace 27 años. Debido a la imprevista pandemia, ese encuentro se postergó al menos para octubre. Inevitable pensar ¿habrá motivo de celebración?

Como en otros terrenos y disciplinas, la cautela y discreción le ganan a cualquier intención de festejo, y lo bien que hacen. Sabemos que no evitar viajes, permitir aglomeraciones  y un posible contacto interpersonal es asumir riesgos innecesarios, hasta tanto se encuentre la vacuna apropiada para evitar la nocividad del corona virus. O al menos se detecte un eficiente medicamento que reduzca- como en tantas otras enfermedades- la virulencia, transmisión y letalidad que hoy ostenta.

La propia UNESCO exhibe su preocupación por la apropiación de los vehículos de comunicación por parte de sectores económicos a los que no les resulta muy inquietante el bien común. Privilegian las suculentas  ganancias a partir de los sesgos y orientaciones informativos. Aquellas aspiraciones de oficiar como contralor de las políticas y la búsqueda de armonía social, declamadas por los decanos de la prensa, están sepultados en hemerotecas que ya nadie visita.

La libertad de Empresa se disfraza de Libertad de Prensa

Nada nuevo estamos descubriendo. En el sistema imperante, la tendencia hacia la acumulación es un elemento inevitable. Por qué sería distinto en las Empresas que toman a la información como mercancía en vez de cómo derecho universal.  Y cada vez más, en todo el Planeta se transfieren las acciones de los mass media a corporaciones de carácter financiero (Fondos de Inversión). Pocos empresarios periodísticos hay dirigiendo diarios de enorme trayectoria, hoy.

Si algo faltase a la posibilidad de consolidar esta mega concentración del universo comunicacional, la aparición de las redes sociales confiere una falsa potestad a los habitantes del mundo, haciéndonos creer que podemos expresar lo que queremos y pensamos, sin que esto pueda tener algún impedimento y sin que alguien pueda manipular los discursos personales. Otros, como para acentuar  la capacidad de  daño, ignoran que esa libertad aparente puede traer consecuencias legales si se la utiliza de manera deliberada para proferir daños personales o sociales, afortunadamente hay para esto sanciones previstas de carácter institucional. Aunque haya quien reniegue, este mínimo límite a la libertad debería ser una vacuna ante la agresión gratuita, la infamia, la instigación a los violentos  y  ojalá algún día se pueda impedir y si no penalizar la estupidez

A propósito de las libertades, las expresiones, los medios, los miedos y la sociedad, en la Argentina y en esta pandemia estamos siendo espectadores -podríamos resumir- del  show de la provocación irresponsable y la violación a los mínimos principios del periodismo.

Lejos de la perfección, cerca de la responsabilidad

Aunque está en nuestros propósitos, sabemos que informar con rigor absoluto es imposible. Este medio, construido, diseñado,  realizado, escrito, diagramado, dicho e interpretado por personas con y sin discapacidad, no será impoluto ni exento de cometer algún error, pero damos testimonio de que un error es aquello que se filtra accidentalmente, o sea, infrecuentemente y sin intención de provocar algún siniestro. Y si dañáramos el honor de alguna persona, no sería de modo deliberado, sino por la impericia periodística. Aunque sabemos que la réplica jamás compensa la lesión que puede cometer un juicio falaz, es el recurso habilitado y en abierta propuesta, inclusive para alguna opinión que pudiera entenderse con una intención aviesa.

“Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho. Todo lo que vemos es una perspectiva, no es la verdad.” (Marco Aurelio Antonino Augusto 121 – 180.C)

Este concepto extraído de la obra “Meditaciones”, del emperador romano, exponente de la escuela estoica de filosofía, nos invita a una reflexión vigente. La verdad es una aspiración, una búsqueda, no un objeto eterno e inalterable, y por eso toda participación en la conversación social es bienvenida, siempre que no pretenda obstruir el camino que pueda conducirnos hacia la verdad. Y toda vez que tengamos en consideración que nuestra pronunciación, sin argumentos solventes, puede acaecer en hechos dramáticos.

Para sorpresas de algunos, el periodismo no es una profesión de las llamadas liberales, porque no requiere de título ni matriculación.

Esto que sigue siendo materia de discusión en los círculos de la comunicación social  (y que no podríamos agotar en una nota) vuelve a despertar dudas (admito que estoy en contra de dicha matriculación).

Leyendo, escuchando, viendo lo que viene ocurriendo en términos informativos en Argentina, nos da a suponer tres hipótesis sobre el ejercicio de algunos colegas:

1)- son negligentes y replican la ignorancia ajena haciéndola propia;

2)- son mercenarios disfrazados de periodistas, conductores, columnistas;

3)- son perversos sabedores y demoledores de cualquier organización que tienda hacia la concordia y el bien común.

Haber alertado a gran parte de la población sobre la liberación graciosa de más de mil setecientos presos entre los cuales muchos estaban condenados por homicidios y delitos de abusos sexuales, es una contribución innecesaria a la tensión que de  por sí genera el aislamiento social, la cuarentena y el temor por la pandemia. Excede la ausencia de ética; la carencia profesional; la defección por no contrastar fuentes y la demostración flagrante de que además de ser legos en materia jurídica, son perezosos intelectualmente, inútiles para acudir a fuentes fiables y principalmente, promotores de los reaccionarios cuando no ellos mismos buenos exponentes de esa cualidad.

Atribuirle al Poder Ejecutivo Nacional dicha responsabilidad, puede integrar el enorme mapa de cuestiones opinables, ya que bien sabemos, hemos visto y vivido durante muchos de los últimos años, la curiosa coincidencia entre la decisiones de algunos jueces y el poder ejecutivo de turno. Pero además de este sesgo interpretativo no explicado, sumado a la tremenda falacia de la información (la opinión es libre, los hechos son sagrados), no pecaremos de suspicaces, son por acción y omisión, dañinos.

Citar que en los países desarrollados –esos que son permanentemente mencionados para poner en evidencia todas nuestras frustraciones- mantienen una política penitenciaria, mediante la cual han dado prisión domiciliaria e decenas de miles de reclusos, no ayuda. Enunciar las cifras de infectados y los riesgos que puede deparar contagio más hacinamiento, no cuenta. Es tan peligrosamente eficaz la propagación de la mentira, que hasta gobernadores, educados en derecho, hicieron alusión a “los sacapresos” para conseguir aplausos virtuales.

Disparar una información falsa y repetirla con frecuencia, pronunciarse con enjundia y a través de potentes y exitosos medios, no es inocuo. Fue esa actitud (de varios colegas) lo que propició un “cacerolazo”.

Un repudio importante sobre un hecho no acontecido suena kafkiano, pero lo dramático, es que sonó de manera literal, no literaria y esa contaminación sonora no hay como remedarla ya.

Es atendible que no encuentren mérito en los índices sobre el control que se viene alcanzando sobre la propagación de la epidemia en Argentina y la afortunada diferencia positiva frente a lo que ocurre en otros países. Simpatías y antipatías no es patrimonio de un sector, pero en ocasiones la aritmética al menos insinúa que la prudencia sería recomendable.

Nada está definido y tampoco probado, no están dadas las condiciones para elogiar y cualquier relajamiento es prematuro. Sí, pero ninguno de los datos ni los hechos son suficientes para justificar la tormenta de irracionalidad que están provocando algunos actores aún no señalados, con la anuencia, aval y promoción de colegas, que no hacen más que estropear lo bueno que tiene la libertad a la hora de expresarnos.

Cada día resulta más difícil discernir entre verdades relativas e invenciones febriles, pero el serio conflicto que esto genera es la aceptación acrítica y la ausencia de sanción social. De ninguna manera algún tipo de castigo, propongo, sólo ser coherentes y restarle crédito a los agentes de la pavada.

Como si no fuese suficiente el perjuicio que genera una pandemia, desde lo sanitario y desde lo económico, tolerar la insistencia en las mentiras, esas  que advierten sobre  violadores sueltos, asesinos liberados y la invasión de espías cubanos, es insalubre. Pero desde las redes sociales, no se quedan atrás. Ahora, una convocatoria hace competir lo bizarro con lo ridículo. 7M, dice. Convocan para salir a las esquinas, usando como  leyenda : Volvemos a las calles. No queremos comunismo.

Sería conveniente que en verdad, las principales pantallas y los periodistas más conspicuos, recuerden las prohibiciones vigentes, ya que sólo podrían manifestarse los anticomunistas con documentos terminados en números bajos.  Y tal vez, amnistiar a aquellos que además se encuentren en los grupos terraplanistas, ya que para ellos, la gravedad no existe,

Nos ayuda a cerrar esta columna, nuevamente , el Emperador sabio, quien ya 1800 atrás recomendaba: Si no es correcto, no lo hagas. Si no es verdad, no lo digas