Meros números. Aunque esta vez hacemos ingentes esfuerzos, íntimos y simulados, para formar parte de las cifras de los salvados. Sanos, asintomáticos o recuperados.

Impensado.  Eso podría significar pandemia. Algo ajeno a cualquier cálculo. Apenas la evocación de alguna novela o el repaso tardío por la historia que, como sabemos, en los rígidos libros se torna indiscutible y en internet poco confiable, como si algo nos garantizara la exactitud de la historia porque tiñe un papel.

Referencias, no tenemos. La peste bubónica, tan antigua y medioeval que no califica. La gripe española, en medio de guerras mundiales, no se asemeja. El ébola, tan lejos como que ocurre allá, en el África. Nada se parece, nadie lo previó, por más charlas ted que haya dado Gates.

No hizo falta golpearnos la puerta, entró. Tan profundamente como el propio miedo. Sin sirenas que lo anuncien y nos predispongan. Tampoco un meteorólogo que nos advierta y sin que lo prevenga algún periodista de anticipación. Un virus que se multiplica y se muestra sólo en números inalcanzables, altera lo que le pasa a ese sujeto que por las mañanas se lava los dientes y el espejo le devuelve su propia imagen. Le pasa a ella, a él, a los otros, también.

El vecino. Tu pareja. Tus propios hijos, hijas, nietas, nietos, pueden ser tus victimarios y a la vez también tus víctimas. Nadie lo sabe con certeza. Podés contagiar o ser contagiado. Tal vez es lo único que hoy en verdad, podemos

Algunos conjeturan que este virus nos iguala. Para algunos el apocalipsis, para otros, la esperanza, para la mayoría, el impensado encuentro con nosotros  mismos.

Raro. El barrio privado ya no es lo suficientemente blindado, y la abultada cuenta bancaria súbitamente carece de aquél sentido tan omnipresente como el mismísimo poder.  Sin embargo, desde ahí, el paréntesis es apenas una dilación para darse algunos gustos o para incrementar lo ya acumulado.  Nos iguala pero definitivamente, no es igual para unos y para otros, ni para unas y otras, claro.

Impensado.

La televisión, tal como nos ilustra la gente de Kántar-Ibope, recuperó la supremacía que nunca perdió del todo, pero ahora, con números que estaban lejos de las planificaciones publicitarias, políticas y sociales.

Seis horas promedio por día por persona es el consumo. Nunca en la historia de la humanidad estuvimos todos pendientes de algo similar.

Vamos corriendo de la cama al living, para lograr mayor conectividad, para volver a ver por enésima vez ese envío humorístico que le da argumento a la distracción del diálogo interno. Y en los medios y en las redes, números. Números. Repetidas veces números, como los cadáveres en el poema de Néstor Pelongher.

Impensado.

La invitación es “no vengas a mi casa”. La exigencia es no te muevas demasiado. La rebeldía consiste en pretender trabajar, como cada día, para conseguir comer y mal alimentar a la familia, en el grueso de la población. Y la otra parte de lo que debería ser una sola comunidad, posterga la llamada al plomero aunque el agua se desperdicie, por miedo al contagio, al quedarse sin recursos y a engrosar los números de personas que la desesperación les trepa por la piel

Impensado.

Ver que en aquellas ciudades glamorosas, repletas de historias y arquitecturas estudiadas, los viejos caen como moscas, asfixiados. El colapso es inevitable, nadie se prepara para tantos números que significan personas, camas, respiradores. A quién se le iba a ocurrir. Los números son para otras cosas.

Impensado

Que filósofos de reciente prestigio, como Byun Chula Han celebren el control social a través de la meta data, se escapa de la especulación de cualquiera.

La cantidad de noticias falsas, información inexacta, transferencia de datos incoherentes, recetas magistrales de sospechosos epidemiólogos, excede en números la cantidad de infectados. Números

Que el gesto de amor sea evitar el contacto y eludir el abrazo, suena a que la realidad sigue lo que la ficción le dicta sin correrse del guión.

Estamos obligados a demostrar solidaridad no visitando a nuestros afectos, alejándonos, impidiendo que la piel se reúna con la piel.

Los chicos y chicas no se reúnen en los patios de los colegios, y no puedo dejar de pensar, cómo harán para aprender aritmética, esos primeros ejercicios numéricos, sin la mirada cómplice de sus compañerita, sin el codazo atento de su compañero y sin la irremplazable ternura de la señorita. Impensado

Enteros, racionales, primos y de los otros. Son números. Y no es de loco pensar que la pantalla está reemplazando a los cuerpos. Basta con revisar los números.

Impensado. Nos asaltó una crisis sanitaria. Una misma amenaza que envuelve a este globo completo que sigue girando a pesar de nosotros.

Mientras el miedo gobierna, algunos sufren de nuerosis y  otros obedecen mansamente, para evitar que el coronavirus se nos introduzca y nos prive de la respiración, es el planeta el que respira algo aliviado.

Que habrá un antes y un después de la pandemia, es una de las pocas certezas que aparece en el horizonte.

Para afrontar un posible después, y tratar de arbitrar un futuro un poco más amable, es recomendable que ahora, mientras nos quedamos rigurosamente en nuestras casas,  nos despojemos un poco de tanto número urgente que sólo acentúa la ansiedad, y anotemos minuciosamente todo lo bueno que tiene este impensado presente, para que cuando se levante la barrera y concluya el aislamiento, nos reunamos con un sentido común, que nos haga bien a todos y a todas.

Hoy,  no hay un número de días ni un número que indique la distancia que nos separa del futuro. El futuro por ahora, puede seguir esperando, es momento de respirar.