Hay dudas que se nos instalan y además de no encontrar la respuesta para calmar esa inquietud, reaparecen cada tanto para señalarnos que no hemos saldado todas las deudas mentales.

Según los especialistas en cuestiones pedagógicas, cognitivas y neurológicas, que reaparezcan esas dudas, cada tanto, es porque el interrogante no es vital. Porque ese olvido o ignorancia, en definitiva, nos causa incomodidad, pero no dolor. Cuando las dudas pendientes son profundas  y duelen, suelen acompañarnos de manera perpetua. Y la búsqueda de la respuesta puede trastornar la salud psíquica.

Resolver ese interrogante pendiente, aunque insustancial, suele provocar satisfacción. O por el contrario, puede develar que hemos estado postergando una respuesta que hubiese sido importante conocerla antes.

Probablemente la inusual quietud, el silencio forzado y la escasez de distractores visuales, permitieron que conociera una situación que, aunque no tenga directa responsabilidad, la vergüenza me alcanza y es merecida.

Hemos hablado de las diferencias entre las corporaciones y agremiaciones que se dedican a la vitivinicultura. Dimos cuenta de los reproches, de las diferencias entre las autoridades de COVIAR y las de Bodegas de Argentina, aunque esta última es integrante de la primera.

Lamentamos los precios insuficientes. Reclamamos por la prohibición de publicitar el vino en la ciudad de Buenos Aires. Discutimos la conveniencia o no de la tolerancia de alcohol en sangre para conducir vehículos.

Celebramos lo que promueve el vino, bebida nacional,  en cuanto a turismo, artes, exportaciones y principalmente, nos enorgullecemos por ser la octava capital de vinos del mundo y ser productores por excelencia.

Combatimos o al menos denunciamos la inequidad del sector. La desaparición de miles de hectáreas de vides. El bajo precio con que se les paga a los obreros de viñas.

Pero disfrutamos de los conciertos, fiestas, cocteles, almuerzos y aplaudimos el desempeño de los varietales cuando no, brindamos con la elegancia de los blend más destacados del planeta.

Dominamos  los nombres de tres o cuatro enólogos genios y hasta desarrollamos la capacidad de detectar el aroma,  la acidez, el cuerpo y el espesor de un buen néctar.

Todo el sector vitivinícola festejó aunque de manera bastante discreta, la decisión de los gobiernos, en medio de la pandemia, para que la actividad fuese exceptuada del aislamiento obligatorio. Así, la vendimia fue admitida y posible.

La duda que cada año me asalta, pero se diluye tempranamente tal vez después de probar un vino nuevo, se renovó este año, a propósito de la excepción lograda para esta actividad.

Si vitivinicultura es la Industria madre de Mendoza, es inevitable conocer a los parteros. ¿quienes son los que levantan la cosecha? ¿Cómo se consigue que tantos obreros rurales acepten esta tarea tan ardua y de paga tan mezquina?

Personas. Son personas. Me consta.  Aunque no tengan noción de adonde queda el teatro griego Frank Romero Day y no distingan el cabernet franc del suavignon, son personas esenciales para que podamos tanto quejarnos como estar orgullosos del vino.

Varones en su mayoría. Muchos acompañados de sus parejas. Y otros tantos, con chicos, con niñas y niños que no tienen opción y deben acompañar a sus papás y mamás.

Muchos de esos vendimiadores, trabajadores itinerantes mejor conocidos como golondrinas, son oriundos del Norte de la Argentina. De uno y del otro lado de la caprichosa frontera entre Argentina y Bolivia. De Salta, de Jujuy, de Yacuiba, de Bermejo, de Profesor Mazza, de Aguas Blancas.

Recorren miles de kilómetros para realizar un trabajo eventual, pesado, que requiere de conocimiento y fuerza. Una tarea escasamente mecanizada en nuestra región, y con volúmenes que, por ejemplo, en 2019, superó el  millón 690 mil toneladas de uvas de distintas variedades y para destinos diferentes.

De los tres métodos de cosecha, el manual, el asistido y el mecanizado, el más económico es el manual, y aunque el asistido es el recomendado, el manual sigue siendo el más utilizado. Y para que exista esa vendimia manual, es imprescindible contar con personas.

Aquella duda intrascendente sobre quienes cosechaban, desapareció. Pero en vez de satisfacción, encontrarme con la respuesta me produjo vergüenza, bronca.

Son personas los vendimiadores. No escuchan rock ni saben de don Hilario Cuadros. Son dóciles. Sumisos. Discretos. Sufridos.

Son personas. Y con razón podrá pensar Usted –bueno, es obvio, ya se dijo, sí, son personas.

Pero no resulta tan obvio. Cuando uno toma contacto con ellos. Porque cientos de esos obreros, muchas mujeres y algunas criaturas, están padeciendo de una múltiple pandemia.

Están varados aquí, a cientos de kilómetros de sus casas, sin la contención, el alimento, el abrigo y el techo necesarios. Sin la información que tanto reclamamos. Nadie da respuestas claras. No se han manifestado como los miles en los aeropuertos. Muchos no se han movido de ese colectivo que para ellos significa el pasaporte hacia sus hogares.

All inclusive. No les falta nada más para padecer. Sufrimiento completo asegurado. Hacinados. Escondidos. Hambrientos. Tristes. Con las mismas ansias que cualquier otro humano de regresar a su lugar.

Empleadores que los explotan. Paga miserable. Gobiernos que se pelean para ver quien los descarta primero.

Una comunidad ejemplar la nuestra. Empresarios y dirigentes que se jactan de vanguardistas  en eso de la responsabilidad social empresaria, permanecen inmutables, sí, claro, cumpliendo como nunca el aislamiento social obligatorio.

Una sociedad elegante y solidaria, no los ve. Con otro detalle inadvertido. Son personas. Personas que además de poder infectarse, pueden transmitir el virus, aunque jamás puedan acceder a portar una corona, no son inmunes y tampoco inocuos.

Con el abandono y desprecio hacia los trabajadores golondrinas, aquella disyuntiva entre salud o economía pierde entidad. El dilema que se nos plantea es decencia o complicidad criminal