Emplear la palabra desocupado para alguien que necesita obtener un trabajo, me despierta una inquietud al borde del misterio.

Cada vez que nos referimos a un desocupado hacemos referencia a una persona que pretende que le sean asignadas tareas y que por ellas sea retribuido.  Así obtener recursos económicos y contar con una cobertura médico asistencial ¿coincidimos?

Años atrás, no hubiese dudado en definir lo que significa ser un desocupado, pero desde hace esa misma cantidad de años, no.

Ser o no ser. Estar o no.

En nuestra lengua, ser y estar no son pasibles de confusión como en inglés. Estar desocupado es bien distinto a ser desocupado. A veces es un adjetivo pasajero y en otros, es un sustantivo desesperante. Pero si buscáramos el antónimo más elemental, o sea la negación de ese estado, nos encontramos con la palabra “ocupado”.

El verbo ocupar tiene un origen bien definido. Ocupar es llenar un espacio completamente de tal manera que ningún otro ser u objeto podría ingresar dentro del mismo perímetro ni cavidad. Ocupado.

En nuestra infancia, la palabra “OCUPADO” se usaba casi de modo exclusivo para cuando discábamos un número telefónico y el parlante nos devolvía un repetitivo timbre, el famoso tu. Bien distinto en la actualidad. Hoy, la primera respuesta que solemos recibir ante prolongados silencios es “estaba ocupado”.

Con los sistemas de comunicación vigentes, simular una situación es casi imposible. A través de las redes sociales podemos detectar sin esfuerzo ni perspicacia que el otro (o la otra) está en actividad. Bien. Esa actividad revela el tiempo empleado, y estas tecnologías evidencian que esa persona a quien queremos contactar está –tal como suele rezar el texto- en línea.

Si hemos visto frustrada nuestra aspiración de comunicarnos con esa otra persona y recibimos como respuesta “Es que estaba ocupado u ocupada”, de esa contestación bien podemos extraer otra. Hoy el no responder en tiempo y forma–ante requisitorias personales- tiene una lectura diferente. En esta época, la “importancia” de una persona se mide por la cantidad de tiempo que demora su respuesta. Esto responde a las proporcionalidades del “poder”.

Sí, claro. Siempre depende de las cualidades personales de cada uno, pero también de la circunstancia por la que se atraviesa.

Ejemplo. Uno envía un whatsapp al plomero porque se le está inundando la cocina y el plomero posterga su respuesta calculando que el agua haya alcanzado el volumen suficiente como para que quien lo convoca esté al borde de ahogarse. Así el daño se incrementa y la cotización para la reparación, a la par.

Los ocupados suelen ser los más demandados, pero no necesariamente. Suelen ser individuos que su autoestima ha trepado en su biblioteca hasta el estante en el que ubica a Cohelo y ya prescinde de él. Los ocupados suelen ser los que han abandonado sus cursos de coaching y comienzan a impartir ellos mismos esas clases. Pero también los hay intelectuales y sabedores profundos. Y como no, empresarios, gerentes, abogados, ingenieros y arquitectos.

Los ocupados, en una proporción notoria han sido suplicantes que por alguna razón o mérito, transfiguraron su estatus.

Los ocupados introducen un mecanismo de poder singular. Imponen sus silencios y sus no respuestas en vez de disipar las dudas que al resto de los mortales nos inspiran ansiedad vital.  Gestionan una estrategia para ignorar todo mensaje, llamado y ni qué decir, para desoír cualquier reclamo que les quepa.

La intriga como instrumento de poder reemplaza a la autoridad. La autoridad es aquello que ilumina al prójimo para que pueda detectar el mejor camino, por sí mismo. El misterio, contrariamente, sólo acentúa la impotencia y propicia una pérdida de tiempo sustancial del otro.

Funcionarios actuales de la gestión provincial, algunos también a nivel nacional , que deberían ocuparse de informar a la comunidad, eligen esta categoría que ya son coro y en cualquier momento pueden ser ejército, los ocupados.

Ante la ausencia de una respuesta concreta, ante la actitud de negar hasta un monosílabo como devolución, los demás, sólo tenemos como opción la inferencia, la conjetura, la especulación.

Según consideramos, caben grandes posibilidades de que toda deducción de quienes no somos ocupados, sea un error de tamaño considerable, pero como sigue incólume aquél viejo adagio de “el que calla otorga”, hasta no recibir respuesta, seguiremos abonando esta hipótesis. Bien pueden empezar a ocuparse los sempiternos ocupados.