Por Ariel Robert

Relato de covid

Entra la médica a la habitación acompañada por quien me cuida, ataviada como para detectar adonde es la fuga de radiación. Me saluda con la misma cortesía que un adolescente saluda a las 8 AM de un lunes

-Qué le anda pasando. Dice.  Aunque está mal gramaticalmente eso de  “anda pasando”, lo tenemos tan incorporado que nos suena normal. No me detengo en el detalle y la miro tratando de decir: ¿¡qué le parece?!

-A ver. ¿desde cuándo tiene esa fiebre?, dice como si poco le importara la respuesta. –No sé, creo que desde que entró Usted, porque no la había notado, además ayer llamé….///me interrumpió sin elegancia y me inquirió: ¿ha tenido vínculo cercano con alguna persona con Covid?

No, o sea, me he cuidado, no me he acercado a nadie, fui a trabajar, como siempre, pero ahí hemos sido todos respetuosos, es más. –Bueno -cortó en seco- pero ¿nadie ahí en su trabajo ha tenido o tiene covid?.

Dura. Enfadada diría una traducción neutral. Enojada, según nuestra versión. ¿Alguna enfermedad de base?. No. ¿diabetes?. No. ¿ha sido vacunado?.-¿ Contra Covid? no.- Ahí casi levanta la pantalla retráctil de policarbonato. Me arrojó una mirada inquisidora, como diciendo ¡¿y de qué estamos hablando?!

Quizá no a todos pero a mí me dá pudor y me cohíbo en las respuestas frente a médicos y médicas. Y confieso que me rebela eso de que  tomen a mi anatomía como si estuviesen haciendo el service de los 90 mil kilómetros al auto.

¿Dolores?. -Excepto pelo y uñas: todo lo demás. ¿Edad? Digo. ¿cuánto hace que se siente así?. Así, como hoy, desde hoy. Tuve tos y me diagnosticaron catarro.  No había tenido fiebre, ni dolores. Catarro típico o alergia de época. –Sí- me interrumpe -pero se debe haber enterado que estamos en una pandemia ¿no?.  Eso me dolió casi como las coyunturas.  Que ridiculicen nuestro honesto testimonio eleva las palpitaciones más que si fuésemos testigo falso

Me auscultó. Frunció seño (estaba de espalda pero lo noté) y prescribió.

Deme el dedo. Puso el aparatito como broche gordo sobre el índice y ahí sí el ceño coincidió con el tenue 88.

Paracetamol e ibuprofeno.

Difícil explicar, pero el diagnóstico de 2 días antes (telefónico, nada de visita) derivó en hisopado. Luego en la inmediata tomografía y análisis de gases en sangre y después, apenas 3 días, la urgente derivación a internación.

Como se precipitan los hechos, a pesar de la cantidad de consumo de datos, medios, informaciones, recomendaciones, y tantos etcéteras, vuelve a cobrar vigencia la presencia de la cosa física, sensitiva, táctil, corpórea, analógica , por sobre las fantásticas tele experiencias y los contactos imaginarios.

Sin un sentido explicable, se posó como pregunta substancial algo que ya era irremediable. ¿Cómo fue que me contagié?

Así como nadie podría saber qué película estaban dando en el cine por sólo mirar el trayecto de la emisión lumínica cromática desde el proyector hasta la pantalla, atisbar qué pasa en el medio, es además de imposible, inútil. La película ya tiene principio, desenlace y fin. Saber quién cómo y dónde pude haberme contagiado,  con la cantidad de casos, en nada podría ayudar.

La alteración gestual de los médicos, la sensación de desamparo, abandono y orfandad, seguramente atentan contra la posibilidad de una recuperación más veloz y eficaz, y la duda, esa piedra persistente en el zapato mental no nos resulta tan indulgente como quisiéramos.

Acostado, obviamente, miro y veo compartiendo el espacio de mis pies a Azul. Azul, gato. Macho. De pelaje algo atigrado pero de colores pardos. El gato me clavó una espina. Los gatos no tienen espinas. El mío tampoco tenía hasta que retozó en el jardín vecino, se trajo varias en su pelaje hippie y me inoculó. ¿podrá haber sido mi gato y su espina?

Toda especulación de contagio va perdiendo contundencia a medida que entendemos que será e imparable. El proceso de la enfermedad se disparó. Imposible impedir, pero sí es posible atenuar su propagación.

La espina que me clavó mi gato bien puede ser el agente de transmisión. Pero descubrirlo en este momento carece de relevancia. Estamos en situación de extenuar los recursos para que el oxígeno sea distribuido a todos los órganos de manera eficiente, o sea, que cumpla su función vital, que todo funcione. En absoluto distinto de lo que esperamos que hagan las autoridades locales. Nadie los culpará de la existencia y propagación, pero sí de esa indolencia, de ese desparpajo con que tratan a las mayorías de la sociedad a diferencia de los acomodados y privilegiados.

Los gatos siempre han desempeñado un papel protagónico en la historia y en la literatura, desde el Egipto piramidal  hasta acompañar a Dante, Virgilio y Beatriz en la travesía de la Divina Comedia. Pero no es ocioso aclarar que poseer un gato no convierte a alguien en buen escritor. De la misma manera que no convierte en un buen decisor a quien movido por coincidencia de emociones personales , convertidas en facciones de la burocracia política, ponga en riesgo a chicas, chicos, familias, docente y no docentes,  desoyendo los gritos de las estadísticas.

Dante, Poe, Cortázar, Capote, Soriano, Borges, Balzac y tantos otros magistrales escritores han tenido gatos, han concebido historias junto a ellos y sobre ellos. Pero eso ha sido la consecuencia de talento, conocimiento y habilidad, no la causa de sus maravillosas propuestas.

Hasta los genios, como Bukowski, le asignaron a los gatos poderes excepcionales.  Este poeta revulsivo llegó a sostener que mientras más gatos alguien tuviese, se ampliaría su longevidad. Esto no habla de las virtudes de los gatos sino más bien nos explica que hasta los genios pueden manifestar estupideces.

Azul, mi gato, quizá es el responsable de mi neumonía bilateral, pero no va a elevar mi plan de prepaga, ni podrá proveerme mejor tratamiento. Podré tener fe en un talismán, una religión, un animal o un noticiero, las diferencias son escasas. Lo que no podemos es enamorarnos en la indagación de la espina.

Podrá una resolución de la Corte definir jurisdicciones y potestades, lo que no logrará  su fallo es impedir que alguien llore hasta la desesperación la muerte de un ser querido.

Con actitud de superación podrá un diputado nacional o un director general de escuela, obtener un efímero aplauso por desoír el riesgo de muerte que significa agrupar a quienes no tienen recursos para defenderse por sí mismos, pero también saben que ese gato, que no posee naturalmente espinas, sabrá arreglárselas para conseguirlas y penetrarnos hasta que el daño sea irremediable