Ni la siempre anunciada tormenta de Santa Rosa nos acompañó esta vez.  La borrasca se ausentó, y con grandes probabilidades de que los meteorólogos (profetas del tiempo) sientan frustración porque sus modelos matemáticos esta vez los defraudaron. La serie estadística no se comportó como lo esperaban. Otra manifestación más en la que la naturaleza impone sus caprichos por sobre la presuntuosa ciencia humana.

Así como las nubes no ofrecieron resistencia ante viento apacible, los recuerdos de la fecha no sentaron presencia en la agenda de los medios.

Los 30 de Agosto en el calendario católico se conmemora a Santa Rosa de Lima, figura elegida para proteger los destinos de la América Latina.

Según dicen, tan venerada  en todo el Continente como la Virgen de Guadalupe, de Méjico, esta Santa debió tener su onomástico el 24 de agosto, pero como la fecha estaba ocupada y la iglesia católica prefiere otorgar a cada uno y a cada una un lugar especial es que decidieron en 1671 canonizar a Isabel Flores de Oliva dándole turno de celebración 6 días después, el 30 de agosto.

Los motivos por los cuales Isabel Flores de Oliva ganó devoción y popularidad obedecen a varias acciones y aspectos. El respeto que mereció en vida responde a su actitud más que clemente, indulgente y defensora de los derechos de los nativos frente a las agresiones de los conquistadores invasores españoles. Y  la cuestión de asociar a esta mujer con beneficios milagrosos es porque fue ella quien, además de sus plegarias y súplicas, advirtió sobre un inminente ataque y desembarco en Lima, en el por entonces Virreinato del Perú, de una escuadra de los Países Bajos (la mal llamada Holanda).  Esa jornada se desató una tormenta que impidió aquél cometido y el Capitán neerlandés falleció de un infarto tras aquella tempestad.

Las fuerzas armadas de Argentina, como muchísimas ciudades de nuestro país, eligieron el protectorado de Santa Rosa y la conmemoran cada 30 de Agosto, aunque hoy la pandemia lo impidiera. Tampoco se pudo hoy hacer un recordatorio de un acontecimiento tremendo, luctuoso e incendiario.

 

 

 

Cuarenta años atrás, Argentina tuvo su propio “Farenheit 451”. La dictadura que usurpó el poder decidió la incautación y meses después la quema de un millón y medio de libros. Ejemplares en su mayoría editados por el Centro Editor de América Latina, aquella editorial fundada por Boris Spivacow, creador de Eudeba, editorial ejemplo de la lengua castellana en todo territorio hispanoparlante.

Los 233 grados centígrados (Celsius) que alcanza el fuego con la combustión del papel y la tinta suministran el suficiente calor como para encender toda alarma frente a los peligrosos desvaríos de los nostálgicos que cuando no anticipan, añoran los golpes cívico militares que tanto daño han causado al País, a la Nación, a la Patria, a la Argentina.

30 de agosto. También y con una vinculación casual que estremece, es el día que la ONU decidió para que los Estados miembros se ocupen con mayor fruición sobre la Desaparición Forzada de Personas. Algo que en Argentina conocemos y muy bien. Tanto que hay al menos 30 mil motivos para que no descartemos ninguna de las acciones posibles para impedirlo.

La tormenta no llegó y afortunadamente no fue necesaria para apagar quema de libros. La tormenta no se hizo presente pero sí la admonición para que los agoreros se llamen a silencio, los desestabilizadores comprendan que el Pueblo no volverá a permitirlos.

La tormenta no precipitó y ojalá no sea necesario que alguien se corte el pelo para servir a otro y mucho menos que alguna mujer deba estropear su cabello para evitar ser acosada.

Ojalá las tradiciones se nutran de tolerancia, paz y la suficiente entereza moral e intelectual para saber que los libros no desaparecen con las llamas, y las personas no desaparecen sin nombre, y la vida no acepta los designios criminales y el rezo de humanidad frente a cualquier atrocidad tiene nombre y apellido: Nunca Más.