Estribo, yunque y martillo. Tres sustantivos que designan además de herramientas para la equitación, elementos imprescindibles para que podamos escucharnos, sin necesidad de subirnos al caballo.

Si acaso de manera casual escuchamos decir surdus, lo vinculamos a la habilidad que alguien posee con la extremidad izquiera. Pero si estamos cerca de la legislatura, probablemente nos remita a los que privilegian lo colectivo por sobre lo individual.  Pero surdus –con ese- no se emparenta con zurdo. Surdus es el adjetivo en latín que devino sordo. Y quizá justamente por la impericia de escuchar y atender, es que se desfiguró su sentido original. Sordo es aquello que no queda claro, que es confuso e insinuante. Un susurro, por ejemplo. Pero de ninguna manera significa silencio total.

Apreciar lo que nos ha otorgado la naturaleza, que coincidentemente celebra el mismo día internacional con el de la audición, es poco frecuente en nuestras rutinas. Es convención reflexionar sobre las bondades una vez que nos han sido despojadas. Así ocurre con el inconfundible del agua precipitando pero también con las cualidades y sentidos que poseemos y no utilizamos en toda su magnitud

Oír es uno de los sentidos vitales, al cual le damos uso intenso sin que reflexionemos lo suficiente. El oído, ese órgano que también nos posibilita mantener el equilibrio, desde su complejidad anatómica, es el responsable superior de que podamos pronunciarnos en palabras. Y es por la mímesis que aprendemos a manifestarnos en palabras. Símbolos sonoros que codificamos y descodificamos para entendernos, o al menos para intentarlo.

Aunque nos resulte imposible cerrar las orejas a voluntad, y las vibraciones y ondas nos alcanzan sin que hagamos alguna gestión para escuchar, solemos archivar en el olvido voces y canciones. Y así como Ulises se hizo atar para impedir ser cautivado por el canto tentador de las sirenas,  en la actualidad y sin intención épica, solemos evitar saber de los reclamos de aquellos que no tienen posibilidades de escuchar y por consecuencia, de ser escuchados.

Sin la precisión que merece el dato, se estima que entre la población existe un índice que supera al uno por ciento de personas que padecen hipoacusia. En Mendoza se calcula que superan las 25 mil personas.  Pero vamos a coincidir: no se advierte fácilmente. No se nota. Y si no lo detectamos no es porque ahora los problemas visuales se han acentuado demasiado en la población, es porque quienes no tienen la facultad de escuchar,  sufren de un déficit que es realmente más grave: la incomunicación. La segregación.

Ningún grito devuelve la audición. Sin embargo, en ocasiones parece que desde los poderes del Estado nos invitan a manifestarnos desde la prepotencia, cuestión de subvertir la indolencia que nos habla desde el silencio.

Once años atrás, el 10 de octubre, se sancionaba la nacional de servicios de comunicación. Sin temor a equivocarme la ley más legítima, debido a la participación de todos los sectores en audiencias públicas. Audiencias, vaya paradoja.  Uno de los artículos de esa ley propendía a la integración e inclusión. Recordará que hasta se usó para un sospechoso humor la presencia en las pantallas de la televisión, una figura reducida de una persona intérprete de lengua de señas. Esto, que para quienes oímos es un cuadro innecesario e inclusive disruptivo, es la única posibilidad que esas miles de personas sordas tomen contacto con la realidad, con la actualidad, con la cosa política.  Y para ahorrarles cometer el error conceptual que cometí por conjeturar desde la ignorancia, les comparto que un porcentaje muy elevado de las personas sordas es, además, analfabeta. No es necesario ser muy perspicaz para entender que aprender a leer y a escribir sin poder escuchar es una tarea peor que titánica. Que requiere de esfuerzos especiales y específicos.

Resulta irónico y lacerante decir que con bombos y platillos Mendoza en 2012 reglamentó mediante decreto 2049 la implementación de la ley 7393, Ley sobre la supresión de barreras comunicacionales. En esta se indicaba claramente la necesidad de incorporar la lengua de señas, como mecanismo prioritario para los chicos que no pueden escuchar.

Sería propicio que tengamos la suficiente consciencia de nuestros sentidos. Tal vez así podríamos inspirarnos para ponernos, aunque sea durante lo que dure una canción, en el lugar del otro.

La analogía que solemos usar entre los términos oír y sentir, esta vez, carece de argumento.

Toda ruidosa protesta en reclamo de derechos será inútil si quienes tienen la responsabilidad de actuar, y desde la esfera del poder, persisten en simular sordera.