Cualquiera que haya emprendido la enorme tarea de construir una vivienda para uso familiar sabe de las vicisitudes que se atraviesan y principalmente si no se posee un capital suficiente como para habitarla una vez terminada.

Convivir  involuntariamente con los amigos del gremio de la UOCRA es una empresa tan simpática como perturbadora.

No sólo imagino sino sé, por experiencia propia, que para los obreros de la construcción es tan o más ominoso soportar a los habitantes de su trabajo ocasional que para los presuntuosos propietarios.

Así como se establecían vínculos pasajeros en obras de la dramaturgia beat, ocurre con los invasores itinerantes en el proceso de edificación. Al principio puede ser idílico pero el almanaque inexorable traduce aquello que causaba gracia en desagradable experiencia.

Pocas cosas suelen alterar tanto la convicción y el amor propio como esas preguntas simples, que requieren respuestas idénticas pero que uno, no las tiene. Carece de la habilidad práctica y funcional. -Jefe, pregunta el maestro mayor de obra- la caja de la luz de la cocina ¿la vamos a empotrar a la derecha o a la izquierda?. Lo más honesto sería decir: no tengo la más mínima idea, pero el pudor humano nos empuja a responder rápido y de modo asertivo. Una vez que se le dio curso a la indicación, recién uno comprende que es el lugar menos apropiado, más incómodo y poco útil, cuestión que resulta inevitable la tentación de huir raudamente antes de que aparezca una próxima consulta.

Cuando en medio de la fuga hacia el exterior de su propia vivienda, lo ataja el pintor y sin mediar saludo siquiera le dice: –oiga, el corte lo prefiere a los 2 metros veinte como el dintel o más arriba. Ahí la experiencia es como estar viendo el programa «Quieres ser millonario» pero del lado de adentro y justo cuando responder bien o mal significa ganar el pan para el resto de sus días o la frustración por la misma cantidad de tiempo.

El pintor se dio cuenta que uno le respondió con evasivas y termina haciendo o lo que le indica su expertiz o lo que se le ocurre en ese instante para evitar la risa burlesca.

Es recurrente una frase: «me tiene que comprar…» Cuando no es cemento es algún artefacto. Y eso de prolongar la agonía hasta en 18 cuotas sumado a la carestía, exige controlar hasta los gramos de arena que se desperdician, y seguramente, no cela del mismo modo cuestiones más importantes o costosas.

Así fue una vivencia reciente. En un barrio semi privado, que es como decir en una vecindad «más o menos». Padecí el síndrome de la confianza sesgada.

Un barrio semi privado es en realidad, un country ficticio de personas con más pretensiones que recursos.

Semi privado podría traducirse seriamente como: barrio para familias que no son pobres pero están privados de adquirir una casa en un complejo privado.  En lo urbanístico, en la seguridad, en la estética, un barrio semi privado no define nada, sólo que los servicios los presta, como en la mayoría de los casos,  el Estado.

Quizá el rasgo más distintivo sea ese gabinete en el ingreso y la escasez de vías de acceso. Esa casilla en la que se encuentra apostado el hombre o mujer de seguridad esconde el ministerio shakespereano: ser ó no ser. Ahí apostado el personal de seguridad  lo único que puede garantizar es que -por fin- alguien en ese barrio va a saludarlo con cordialidad, y a lo sumo, será ese trabajador de la seguridad quien alguna vez , haga esperar demasiado tiempo a alguna visita para ingresar, cuestión que el invitado pasa de ser amigo a ser un fastidioso crítico del lugar que eligió para vivir.

En el transcurso de la obra es inevitable la promiscuidad laboral. Electricista, pintor, albañil, metalúrgico. Si uno tuviese la capacidad de cerrar las orejas así como los ojos, sería más soportable. Pero no, y esa casa en construcción o refacción se convierte en el lollapalluza doméstico. Reggaeton, cumbia, tango y rock compiten con volúmenes exasperantes. Pero si pensabas que ya pasó lo peor, no.

Si bien absorber a través de la respiración y de la piel las emisiones químicas de la pintura puede acarrear afecciones oculares, pulmonares e inclusive gastro intestinales, la alteración nerviosa que uno sospecha se irá tipo hora 18 junto a los obreros melómanos, pues no.

Falta aún algo clásico, típico y lo más amenazante, nada promete que eso terminará cuando por fin concluya la construcción de su vivienda.

Alarmas. En este tipo de barrios hay otra coincidencia. Lo que no se invierte con la metalurgia para rejas y refuerzos de aberturas, se invierte en alarmas. Sirenas más insistentes que las de la Odisea. Incesantes. Penetrantes. Inoportunas y -como si algo le faltara a la apariencia- falsas. Cuando son ladrones los que ingresan, tal vez son cooptadas por el temor y no gritan, pero cuando una leve brisa, o un felino con espíritu de colibrí se cruza ante la luz láser, ahí el ruido es penetrante e inevitable.

Quizá durante el proceso de construcción se pueda recuperar el sentido espiritual y religioso, ya que uno llega a pensar que está adentro de la basílica La Sagrada Familia, no por la bellesa arquitectónica sino por lo inconcluso a pesar del tiempo. Y también porque la única posibilidad de que acaben con martillazos, revoques y ese festival de música en colisión es rezar.

Ingrato sería que si se está construyendo o refaccionando una vivienda, sólo aparezca la tradicional queja, ingrato excepto haya sido tan cándido como el que esto suscribe y por un afecto telúrico y vendimial haya obtenido los recursos con un UVA.  Bien podría haberse denomiando ese crédito en vez de uva, sepa, pero con ese. Sepa que le va a ser bien dificultoso ir cancelándolo.

Es cierto lo que me señalan. No hay que distraer las energías en los problemas. Hay que reconducirlas hacia la esperanza y la generosidad. Por eso concluyo con recomendaciones en coincidencia con las empresas proveedoras de energía:  Antes de acostarse, desenchufe la alarma, desconecte la batería y tendrá al menos tres beneficios. Ahorrará dinero en su próxima factura, tendrá mayor durabilidad el sistema u.p.s o back up, y por último no se despertará alterado a destiempo, ni Usted, ni su familia y ojalá, tampoco nosotros, sus vecinos. Muchas gracias