Aunque hubo otras, aquellas se transmitían sin la intervención de medios tecnológicos. Y esto sí podemos confirmarlo sin temor a equivocarnos, esta pandemia mata siendo comprobadamente letal, pero igual mataría aunque sólo fuese una invención de los medios.

Como hito histórico podemos señalar que esta situación, resumida bajo el título COVID19 , constituye algo así como un acuerdo, una coincidencia absoluta entre lo concreto y lo abstracto, entre la realidad y la ficción. Más aún, es el vértice de encuentro de la forma con el fondo.

Otro contrapunto inesperado, tan actual como profundo. El constructo “ciencia y tecnología” hoy se divorcia y se enfrenta propiciando “tecnología versus ciencia”. La profusión y velocidad de la tecnología ha puesto en apuros a la ciencia. Ciencia entendida desde lo epistemológico, claro.

La comunicación instantánea y universal pone en riesgo a los poderes constituidos, y a la vez nadie puede garantizar que no esté esa comunicación inspirada desde los poderes más relevantes del orden global. Este fenómeno bien vale como analogía entre el combate de la inteligencia política y médica mundial y en el otro rincón, un veneno que ha cobrado tanta fama como el propio Dios.

Sesenta días atrás el Mundo era tan distinto al de hoy que es como si estuviese desnudándose frente al espejo. Una muestra. Una réplica. Una copia exacta. Idéntica imagen, pero invertida.

Cuando la Organización Mundial de la Salud decidió definir que esto ya no era una epidemia sino que tenía alcance global, nuestras pantallas inundaban con el caso de un asesinato llevado a cabo por una agrupación de jóvenes rugbier. Algunos centímetros de columna en los diarios con el devenir de la política de Alberto Fernández a pocos días de su primer discurso ante la Asamblea Legislativa. Presupuesto. Deuda externa. Inflación. Seguridad. El comienzo del dictado de clases y nada que pudiese resultarnos interesante a todas y a todos. A mujeres y varones, a niños y ancianos, a pobres y a pudientes. Como de rigor, cada cual con su inquietud, con su preocupación y manejándose con inercia hacia el rutinario futuro.

Si un par de meses atrás alguien hubiese insinuado que algo nos haría comportar a todos de un modo similar. Que nos enclaustraríamos voluntariamente en nuestras casas. Que durante semanas reinaría la austeridad, el temor, la prudencia, y todo eso iba a responder a una amenaza que se cierne sobre nuestras vidas, pero que además, esa amenaza sería invisible, inodora, inasible, inescrutable para la mayoría de las personas, hubiésemos supuesto alguna perturbación psíquica de quien pudiese anticipar lo que estamos atravesando. Lo preocupante es que tampoco alguien puede aseverar lo contrario.

De entre tantos consejos medicinales, incluidas las recomendaciones febriles de Donald Trump, las gárgaras de sal y los rezos a santos debutantes, algunos han resultado serios y al menos se ha comprobado un buen resultado.

En algunos de los millones de post que recibimos, entre los miles de mensajes, textos y videos que inundan twitter o envían por whatsapp, pudimos ver uno con la imagen de alguien que bien podría ser Carlos López Puccio de Les Luthiers o el Pollo Sobrero en la intimidad, pero no. Se trataba del profesor e infectólogo, médico francés Didier Raoult, quien recomendaba tratar una vez contraído el virus con Hidroxicloroquina

Dos meses de internación, 40 días de ellos con respiración mecánica, coma inducido, y terapistas de gran vocación, en el hospital Posadas, del partido Morón de la provincia de Buenos Aires, le dieron el alta a una abogada de 53 años, quien fue tratada con hidroxicloroquina, droga experimental para el tratamiento del coronavirus, admitida bajo esa condición por la OMS y adoptada en ese nosocomio argentino. La criticidad de ese caso es lo que pone de relieve el uso de la droga en cuestión, pero a la hora de la estadística, y aunque con supino desconocimiento en la materia, podemos certificar que así son los milagros. Extraordinarios e Insuficientes como para transformarse en bien común

Y de la misma manera como empieza a florecer una esperanza (paradójicamente en el hemisferio Sur es otoño)  la idea del rotundo cambio que podremos ver una vez dominada la acción letal del virus, va  perdiendo espesor y auspiciantes.

Aquellas elucubraciones de un Mundo ecuánime y armónico, comienzan a desfallecer y apenas surge una tímida expectativa sobre algunas alteraciones discretas. Por otro lado, resulta inevitable admitir que la concentración de poder se acentúa.

Lejos está nuestro Estado (y quizás el resto de los estados nacionales occidentales) de poder ocupar el rol del Gran Hermano de 1984. Y no lo digo por considerar que desde el Estado no tengan esa pretensión.

El desarrollo y dominio de las grandes empresas de tecnología es tan formidable (para ellas) que hoy muchos conciudadanos se pronuncian con encendidos discursos sobre la privacidad y la protección de la intimidad frente a la posible manipulación o acoso de parte del Estado nacional por una aplicación en nuestros móviles, mientras que ya le han donado todos sus datos, informaciones personales y familiares a esas mismas empresas. Pues esa privacidad, ese celo de la intimidad y esa acalorada defensa sobre el derecho individual, lo perdemos a diario con cada posteo, visita, conferencia o conversación que mantenemos frente a nuestros celulares de baterías incrustadas. Y cuando con ingenuidad brutal tecleamos sobre la palabra “aceptar”, lo que estamos haciendo es dándole permiso a esas empresas para que sepan el talle de la ropa interior que usamos, cuándo la usamos y cuando no.

Se relajan los controles, se flexibilizan las confinaciones, se abre una esperanza medicinal, se busca la vacuna, y aunque todo se dé tal y como lo deseamos, algo se ha incorporado (en algunos casos  preexistentes, se ha incrementado) y no será fácil de erradicar: el miedo al otro. El temor a eso que tiene nombre y apellido pero no podemos verlo, ni olerlo, ni tocarlo, ni escucharlo. Y que podemos sentir que nos ha invadido por una absurda tos o un estornudo irrelevante. Es en definitiva, como el anverso de cualquier religión. O mejor dicho, la versión de un dios exterminador.

El conocimiento es lo único que otorga poder, dijo Thomas Hobbes, autor de Leviatán, quien apuntó a la necesidad de establecer un contrato social mientras los ingleses dirimían sus diferencias internas en una guerra civil.

La gran incógnita hoy es ¿quién podrá proveernos de conocimiento, de manera honesta, sin meta intenciones?. Por eso quizá el gran desafío de hoy es la prudencia. No rechazar sin evaluación lo que el otro nos ofrece, pero tampoco consumir de manera acrítica el remedio infalible que nos hará sanos y libres.

Sí deberíamos aceptar que el desafío es para todas y todos. Dirigentes y dirigidos. Sabedores e ignorantes. Sintomáticos y asintomáticos. Y entender que politizar –tal como señala Byung-Chul Han en su libro La expulsión de lo distinto- politizar es convertir lo privado, para transformarlo en público, con los riesgos, pero también con lo auspicioso que eso significa.