Por Alan Robinson

 

Bernabé De Vinsenci nació en Saladillo, Buenos Aires en 1993. Vivió en La Plata y Rosario. Publicó en narrativa “La era de la eyaculación desmedida”, “Velando por los esquizofrénicos”, “Ciégate para siempre” e “Hígado”. En poesía “La trama de los padecientes”. Publica en Polvo, revista de Chivilcoy. En estos momentos prepara su primer libro de cuentos que se publicará en Chile y Argentina, por Ediciones Periféricas. Actualmente sus libros los vende Engaña Pichanga Ediciones.

 ¿Escribís desde la fantasía o a partir de tu imaginación y tu propia experiencia?

Hay un vínculo entre la realidad y la literatura. Creo que la realidad inspira a la literatura y la literatura a la realidad. Eso puede definir la aventura de escribir. Tengo textos que son parte de mis experiencias, aunque no creo en el puritanismo de la autorreferencialidad, y otros de mi imaginación. Me interesa más la literatura que trabaja con la imaginación, que juega con la credibilidad. Se parece a alucinar: creer en algo que no existe. Lo que pasa es que los textos imaginativos a veces pueden tener la debilidad de los artilugios –suponete la verosimilitud, que el lector te diga “no te creo nada”– y si el lector o el escritor no le cree al texto, lo imaginativo se trunca. Esa es la tarea de la escritura, ¿no? Hace poco leí El perseguido de Daniel Guebel y además de bien escrito, demuestra un grado de imaginación supremo. El personaje termina siendo mujer en uno de los capítulos. Usa hasta la gauchesca y el humor. Después leí El derrumbe, otra novela más intimista. Me parecen fantásticos los escritores que fusionan género, o pasan de uno a otro.

– ¿Hay una relación entre tu literatura, la marginación y la discapacidad psico-social?

– Me acuerdo que una chica con la que salía me dijo “andá con zapatillas rotas, así escribís sobre eso”. Cuando me lo dijo me hirió y después (no la frase en un contexto de relación, sino ella, me humanizó) y empecé a preocuparme más por mí. Por decisiones torpes viví y vivo en la marginalidad, algo que no me enorgullece y me tiene sulfurado. Trabajo con un amigo que me paga bien. Quizás tenga la mente atrofiada, con una pésima pedagogía de la vida. Creo que la pobreza es sobre todo una condición subjetiva, también (y no hablo del “voluntarismo mágico” para salir de la pobreza), sino que a veces la pobreza atrae aparejada dificultades para decidir, educar, integrarse a la sociedad. El niño proletario de Osvaldo Lamborghini me parece un aliciente para pensar sobre eso. A mi modo de ver el personaje ¡Estropeado! es igual o peor que los niños burgueses. Quizás lo que dice Lamborghini es “todos somos mierda, en definitiva”. Y a partir de ahí uno se pregunta, ¿no será la condición humana, más que ser pobre o rico? Hay pobres garcas, que si te pueden cagar te cagan. Después que hay de todo en literatura. Algunos escriben sobre la marginación como “género” (escuché hablar de “literatura proletaria”, por ejemplo, Sudestada edita mucho eso) para posicionarse. Otros la velan tanto que la lucen. Por lo general la marginación tiene mala prensa en la literatura (y un poco con razón, se hace mucha pancarta). Me acuerdo de una vieja discusión en Facebook sobre un libro de Kike Ferrari. Yo decía, “¿por qué todos tus personajes toman whisky?”. Y un rosarino decía “yo a mi personajes también les daría un buen paladar”. Sí, y después toman leche de Avena. Con respecto a la discapacidad no me gusta el término, al menos en mi entorno. Discapacidad me lleva a dos connotaciones “inválido” e “inútil”. Cosas como “es discapacitado, pobrecito”. Sé que es una palabra política y de lucha. La discapacidad es real, por supuesto, y hay un vínculo empalagoso con la marginación, muchas veces la familia se hace aguas y aparecen los manicomios o los hospitales públicos, por ejemplo. Mientras escribo esto, tengo las zapatillas rotas y me gasté tres mil pesos en libros. Digo, ¿cuál es el parámetro de la marginalidad? ¿Tendría que comer huevo duro, reciclar la cáscara para en enero irme a Mar Azul? No sé. Quizás tendríamos que hablar de querernos y con qué recursos contamos. Aprender a saber qué nos hace feliz y no responder tanto a los estímulos de afuera.

– Si reconocemos que la discapacidad son barreras sociales que impiden a las personas participar en la vida social y cultural ¿tus personajes están escritos con perspectiva de discapacidad?

-No. Para mí es una virtud. La gente le tiene pánico a la soledad. Pero como diría Dolina, no puedo hacer de lo mío una perspectiva general, y lo que hoy me parece bien puede ser un vicio letal de acá a unos años: terminar solo cuando tengo que depender de otros, ¿a quién le voy a pedir que me cambie los pañales? Mis personajes son hiperbólicos, por otro lado. Lo que termina siendo un defecto. Soy excesivo con todo: escribiendo, chupando, comprando. Me gusta lo bizarro, lo grotesco. Leer Las clases de Hebe Uhart, de Liliana Villanueva, tengo que decirlo, me ayudó a mesurarme. Con el lenguaje, antes que nada, y el acto de escribir. Estoy trabajando un libro de cuentos con Pablo Giordano que también me mesura, pero nació así, marginal (ojo, que no suene a propaganda). O más que marginal con una cuota de delirio, me parece. Trato de hablar de lo que me rodea, lo que veo, lo que escucho, lo que agrego de acuerdo mi visión de la realidad. No me gusta César González, por ejemplo. La clase media necesita del pobrecito para saber a donde no tiene que volver, ni caer y aplaudir eufemísticamente el “esfuerzo”, “el pudo”, “el salió”. El arte de la “lástima” es un buen marketing. Además, ¿dj, cineasta, filósofo, poeta, escritor? Una persona así pierde credibilidad. Al menos para mí.

– ¿Qué es para vos la literatura «disca»?

-No sé. Leí un texto de Matías Fernández Burzaco en Anfibia y me gusto. Quizás habría que deslindar “estética disca” y “literatura disca”. Vos leíste Ciégate para siempre, ¿no?, y ahí me equivoqué, digo, equivoqué al lector, le hice creer que yo era una víctima. Fue un auto-flagelo y alimentar las fantasías mórbidas. Propagué el mal. Creo que una “estética disca” sería hacer literatura de la alucinación, del rumiar, extremar en la ficción la realidad. Reírse de la propia locura o darle solemnidad. Lo que uno quiera. ¿La metemorfosis, de Kafka? No sé, quizás tensionando las cosas, ¿es “disca”? Me parece que una posible puerta está en la literatura de Laiseca. Que es en definitiva mitologizar la propia locura, traspolarla a personajes, y no exponerse. Otro libro que me gustó mucho fue C7 de Fernando Callero. Lo pude conseguir en una casona de antigüedades cerca de la Estación Lacroze. Narra un accidente y el proceso de rehabilitación. Perder la movilidad en las piernas. Eso le pasó a Callero. Quizás la literatura “disca”, como vos decís, tendría que escribirse con seudónimos, así los lectores no andan pendiente de la vida del loco. Considerá, Alan, que en Saladillo somos cuarenta mil y los “raros”, los “personajes” o presumen o están loquitos. Acá pesa mucho el statuo quo. Con guita, te respetan.

– ¿Leíste «los 7 locos» o algún texto de Roberto Arlt? ¿Te gusta Roberto Arlt?

– Sí, leí bastante a Arlt. Contorno le dedicó un número y de a poco fue saliendo de la postergación. Releí muchas veces El juguete rabioso. Creo que sería como nuestro Lazarillo de Tormes ese libro, por momentos. Me interesa que los críticos lo hayan puesto al lado de Borges para tensar el siglo XX. En el sentido de cómo se llega a los libros, a la lectura, ¿no? Mi viejo no sabía leer ni escribir, por ejemplo, y yo tenía que andar traduciéndole las palabras, los precios y las preocupaciones del mundo de las letras. Una carga para un niño de nueve años. Si fuera por él, yo tendría que haber sido peón rural. Aficionarme a los caballos, matar chanchos y vacas. Defender al tipo de la Amarok que hoy, si puede, me atropella en bicicleta. Es fácil heredar, lo terrible es salir a conquistar lo que no se heredó y uno intuye su tesoro. Y Arlt con Botana por detrás acuñó la literatura del cross a la mandíbula. Pero así como lo editaba Claridad de Boedo también fue secretario de Güiraldes. Un buscavidas.

– ¿Te gusta la literatura de Alejandra Pizarnik y/o Alfonsina Storni?

-Me parece que descubrió el silencio de las palabras. Algo que puede llevar una vida o no encontrarlo nunca. Alguna vez me gustaría leer sus Diarios. Leí las cartas a Ostrov. No sé que le habrá pasado para que le escribiera a su psicoanalista. Quizás como oráculo, supongo. Da la sensación esa.