Una corneta de goma abrazaba al manubrio de su bicicleta. La forma de la gorra recortaba con ángulos la parte superior y eso le otorgaba un aspecto de entre policía y guarda de tren. El sonido de la bocina inconfundible se sumaba al del timbre. Jamás golpeó, jamás.

A veces con displicencia, en otras ocasiones con gesto de preocupación entregaba la correspondencia. No llamaba dos veces ni conoció jamás a Neruda y sé que prefería la poesía de Mario Benedetti , debe ser por la coincidencia del festejo, o del recuerdo. Hoy Benedetti cumpliría 102 años si no fuese que se fue a cumplir en geografías etéreas.

De haber contado con recursos suficientes, me hubiese comprado todos y cada uno de los buzones. Esos rojos y cilíndricos vientres de historias ocupaban algunas esquinas, rígidos, inmóviles. Simulaban ser matafuegos gigantes e inútiles, cancerberos de secretos, de amores impostados y desamores crueles. Verdaderas caja fuertes de relatos inconfesables, cárceles de información que nunca debió circular.

 

Esa intriga desataba la ansiedad cada vez que venía ese joven simpático, de camisa color crema y corbata algo más oscura. Héctor, se llamaba. Pero no puedo distinguir con claridad. Tal vez esa sea una imagen que me transmitió alguna carta añosa, ya sepia, de tinta corrida y de incomprensible caligrafía.

 

Se fueron escapando los años, la vida, la muerte, las de los reyes no monarcas, los magos. Llegaron los documentos, supe del vecino filatélico, conocí el papel romaní y la estampilla. Don Pereyra que jugaba al ajedrez postal y yo que no puedo esperar ni al colectivo sin ponerme nervioso. Y las postales del Mauricio, y las fotos ya reveladas de la Sandra en Mar del Plata.

 

Pasaron en el cine la Tregua de Renán con Ana María Picchio y Alterio, y lo supe por una carta ligera que mi Papá envió desde la muy lejana Buenos Aires. Iban y venían las recomendaciones de salir con el documento encima, pasó la tragedia, los 30 mil que no volvieron, y aunque quisiera desalojar de la memoria toda huella que me agrega una arruga, jamás pasó sin dejar un anzuelo, ese hombre pibe, el cartero, al que sólo lo puede matar el olvido, o la disolución del recuerdo.

 

Portadores de intrigas, de llamados inevitables a ejércitos absurdos; transportadores de noticias festivas y de obligaciones tremendas, todo bajo un mismo rostro, una sonrisa a veces fingida por la intuición de que esa misiva era irrevocable y definitiva. Demasiadas veces descreí, sospeché que él había ocultado alguna importante.

 

Ni el descarte por lo humano ni la insistente moda de la velocidad, tampoco la tecnología y su sobredosis de mails compensan esa experiencia de dulce temor que provocaba la corneta del cartero. Ni la ingratitud alcanza para quitar de los recuerdos que el tiempo en aquél tiempo era más lento, pero no más bueno.

 

En el día del cartero, vaya este mensaje que de ninguna manera es un homenaje sino, acaso , un reclamo, aún sigo esperando descubrir quién fue el remitente que omitió su firma y dirección., y todavía espero que me llegue el as de espada, Atentamente, yo.