Triste. Después de algunas internaciones y un déficit respiratorio, ALBERTO ATIENZA, amigo y periodista, ha muerto. La última vez que lo ví estaba mal, y fue el 8 de mayo que lo visité en la Clínica en la que lo atendieron con denuedo, en medio de esta impensada pandemia. Imposible no recordar el día porque a los pocos minutos de salir de ahí, Sandra, mi hermana me llamó para avisarme que NELLY, mi Mamá, había partido. Una secuencia de asuntos mórbidos y sentimientos truculentos.
La muerte parece redimir, coincidíamos con ALBERTO, el PERRO. Y tal vez él no pueda huir tampoco de este destino, y ya no podrá retrucarme. Tengo esa maldita ventaja. Pero también la posibilidad de recordarlo, desde hoy, con el afecto, la admiración y –por qué no- la bronca que solía despertar en mí, sus rebeldías.
En 1981 lo conocí. Él un periodista que debió esquivar alguna persecución, amigo de mi Padre (Edgardo Robert) quien por entonces andaba escondido bajo un pseudónimo por Buenos Aires. Alberto Atienza periodista, escritor, dramaturgo, gesto adusto pero de una sensibilidad humana y artística interesante. Tuvo un gesto de “Padre contingente” conmigo que me marcó hasta hoy.
El sol otoñal en la vereda del café del ACA, al lado del extinto Diario Mendoza (Avda.San Matrín 941) solía reunir a Alberto Atienza con otro escritor de fuste, Fernando Lorenzo, con el plástico Ricardo “Gringo” Embrioni y con un “pendejo” que trabajaba ahí y era el hijo de.
Un dominio filoso del lenguaje, centenas de libros y una vocación intensa por las letras y desde muy joven, convirtieron a ALBERTO ATIENZA en el PERRO Atienza. Persona y personaje. Uno de los pocos periodistas que gozó de la bendición de uno de los grandes literatos de nuestro idioma, Antonio Di Benedetto. Trabajó bajo sus órdenes, fue cronista de El Andino, aquél vespertino tabloide que editaba Diario Los Andes. Vaya los cruces imperceptibles. Atienza no hubiese imaginado que el decano formato sábana iba a adquirir un día antes de su propia muerte, el formato de los “poco serios”.
En la amplia redacción del Diario Mendoza conoció a Liliana. Liliana Valverde, también periodista y sin dudas, el amor de Alberto. Tuvieron dos hijos, María Julia y Santiago. Liliana también partió hace poco. Una pena que se duplica.
Ojalá María Julia y Santiago puedan reunir el mucho material y los textos inéditos de Alberto Atienza que sé son muchos y de una riqueza muy singular. Un abducido por los laberintos borgianos (pudo conocer en persona a Jorge Luis Borges y eso incrementó su admiración) pero su pluma y humor , más próximo al sarcasmo de Chéjov.
Luego, en 1988 ingresó a Radio Nihuil y volvimos a encontrarnos. La versatilidad que lo destacaba y algunas rispideces con quienes ocupaban las jefaturas por entonces de “Prensa” le otorgaron un rol que, debido a su prestigio y experiencia, otro hubiese rechazado. Móvil. Pero con una orientación específica que él dominaba como ninguno: “POLICIALES”
Así como Roberto Arlt pintó con sus Aguafuertes historias desde un lugar más profundo y cercano a los protagonistas de los dramas, Alberto Atienza reinventó el género “policiales” en episodios teatrales desde la oralidad. Si la Radio era concebida como “El Teatro de la mente”, Alberto Atienza fue el más atrevido guionista, puestista, iluminador, vestuarista y partener, a la vez. Le imprimió un giro cómico a la tragedia. Corporizaba una fábula cotidiana, en la que los “cacos” (ladrones), sus ocasionales víctimas, la policía, la justifica y también los periodistas, participaban involuntariamente de una obra con aristas satíricas de telecomedias diarios.
Es mucho más lo que podríamos contar y hablar de Alberto Atienza, pero voy a recurrir a su propio recurso, prefiero que el recuerdo y el dolor se fusionen caprichosamente en una sonrisa algo absurda e inexplicable. Se fue Alberto Atienza, y hasta sus personajes lo van a extrañar. El mosquito incisivo, molesto y perturbador María Martha, no volverá a picar.