La vinculación estrecha e innegable entre el periodismo y la política suele disparar municiones que, aunque lastimen, las heridas que provocan nunca son de gravedad y –afortunadamente para unos y otros- jamás letales

Hemos leído y escuchado, aquellos que tenemos ambas capacidades, incontables veces que el periodismo es uno de los pilares de la democracia. Arriesgo en asegurar que a ese concepto nadie lo contradice, porque además si fuese contradicho, nadie lo publicaría y pocos se enterarían. Claramente el periodismo constituye un poder que, en teoría, está para controlar al resto de los poderes.

Quienes sostienen que el ejercicio del periodismo exige eximirse de pertenecer a tal o cual  ideología y debe concentrar sus capacidades en distribuir información desde una perspectiva ascética, equidistante y objetiva, suelen ser dos tipos de profesionales: los que carecen de experiencia y conocimiento sobre el origen de los medios de comunicación y – casi el opuesto- los que gozan de gran experiencia y son los administradores o dueños de los mismos.

Conocemos a muchos que alcanzaron en diversos países cargos tales como diputados, senadores, y muchísimos presidentes,  quienes tuvieron como ocupación anterior, oficio o profesión la de periodistas.

Si nos preguntáramos ¿cuál era la vocación de, por ejemplo, Sarmiento? dudo que alguien señalara en primera instancia al periodismo. Tampoco Moreno, Belgrano, Mitre, ni Lagos, quienes ejercieron el periodismo pero no como meta definitiva. Lo utilizaron como vehículo para transmitir sus ideas, conseguir consenso y potenciar sus empresas. Por otro lado, acudiendo a estos ejemplos, podemos deducir que con el periodismo solamente no alcanzaba, por lo que si repasamos qué otra actividad mantuvieron esos mencionados fue: la milicia. Plumas y palabras, sí, pero también espadas.

Haciendo un salto rotundo, supimos que luego, una vez la alfabetización alcanzó rangos interesantes, la fundación de diarios fue una formidable herramienta para alentar el éxito del sistema burgués capitalista, y para que esos diarios fueran trampolín, ya no necesariamente la escalera particular de cada uno de los aspirantes a ocupar el poder concreto. Así por ejemplo Joseph Pulitzer, fue un editor que revolucionó el mundo de los periódicos y no precisamente por la calidad periodística, sino por otros recursos que incorporó a partir de los cuales, el entretenimiento integra sin pudores el deber ser de los diarios en el mundo. Pulitzer, reñido con la objetividad y con enormes disputas judiciales, supo colocar títulos impresionantes sin que el contenido de lo publicado obedeciera al mismo. Gajes del oficio, empezó a justificárselos. Hoy, el “Pulitzer” es sin dudas el premio más ambicionado por quienes trabajamos en esto.

La riqueza, profusión y despliegue de medios de comunicación, hoy, es apabullante, sin embargo, no hay alteración de los paradigmas. Podríamos asegurar que hay un medio, al menos, por cada persona que posea conexión a internet. Pero la libertad de expresión (principio sagrado de las democracias) pierde esencia cuando la “libertad” no se emparenta con la “posibilidad”, o sea, con el poder.

Para acudir a una figura comparativa burda. Todos tenemos la libertad de volar, pero son pocos los que tienen presupuesto para comprar un boleto, menos los que tienen la valentía de montar un parapente, escasos los que tienen aviones particulares, y los poseedores de alas, deben andar por mundos angelicales, no por acá. Está la libertad, sí, pero así como escasean los lobos del aire, tampoco son tantos los que mediante sus mensajes, tuercen el curso de la historia.

Debido a esta razón. A las condiciones económicas -y principalmente a las concentraciones de poder- es que vemos ahora cómo desde la administración de justicia se comienza a citar a “periodistas” por haber participado de acciones ilícitas. Y podemos ver, escuchar y leer (si poseemos esas capacidades) cómo desde otra esquina política se manifiestan proclamas en defensa de esos sujetos, periodistas imputados por actos ilícitos, aduciendo que se coarta la libertad de expresión.

Bien dijo Camilo José Cela hace 3 décadas que habría que dejar de confundir, y que se trata de libertad de empresa, no de prensa.

Ayer, ya con el asombro algo disminuido, pudimos leer un comunicado (que figura en el inicio de ésta) de la agrupación “Juntos por el cambio” quienes muestran preocupación por este “avance” .Convengamos que tal avance está dentro de lo institucional, y en el que pareciera que están todas las garantías que ofrece un estado de derecho, por lo que toda advertencia y ese suspicaz temor debiese estar orientado hacia el otro poder, ese que hasta hace apenas unos meses, los propios imputados elogiaban y aplaudían viendo desfilar por tribunales cuando no, encerrados en calabozos ,a algunos delincuentes pero también a algunas víctimas de sus propias influencias.

De ninguna manera podría celebrar que periodistas estén procesados por haber sido útiles a operaciones judiciales o partícipes en delitos (bastante) comunes , como es el caso de extorsión por el que está imputado Daniel Santoro, periodista de Clarín y panelista en televisión, pero sí entristece e incomoda que organismos y agremiaciones que debiesen representar los verdaderos intereses de los periodistas, y también, por qué no, los legítimos intereses (honestos) de las empresas periodísticas, adviertan sobre persecución, como si ser periodista habilitara para cometer tropelías y delitos junto a delincuentes que ocuparon cargos en el Estado.

La confusión de roles, según entendemos, genera enormes daños. Que un periodista tenga cierta protección para poder desentramar nudos corruptos, sin sufrir represalias por esa búsqueda, es de gran valía. Que los medios gocen de algunas ventajas otorgadas por los gobiernos de turno, de manera discrecional, violando la protección de la competencia y alterando de manera lasciva la continuidad de medios no afines, no.

Metamorfosis política

Que la libertad de expresión admita que, por ejemplo, el actual presidente del comité Nacional de la Unión Cívica radical, en 2007, mientras ocupaba el ministerio de Seguridad en la gestión de Cobos,  haya dicho sin sutilezas, a modo de arenga y de pregunta retórica:  “¿Quiénes gobiernan? ¿Nosotros o estos soretes de la prensa?” es sano para la comprensión de quienes deben hacer qué. Lo inmoral es que los que publicaron esa vesania en aquél momento -y hasta editorializaron escandalizándose- hoy lo hayan borrado de sus sistemas digitales y aplaudan esta manifestación de defensa insobornable sobre la libertad de expresión y las garantías para resguardo de las fuentes, que firma el mismo diputado nacional, otra vez, diputado nacional que 13 años atrás se refirió a los hoy héroes como “soretes”.  Cualquiera que dude al respecto, sepa que las hemerotecas son imborrables.

Asumir el desafío de esta profesión, aquí y ahora, en Argentina, y mientras está vigente el Estado de Derecho,  no dista demasiado de otras ocupaciones.  Incomparable con otros países en los que son perseguidos, torturados, asesinados.

Sé que colegas prestigiosos, ignotos y famosos, y también muchos conocidos, a propósito de estas causas contra un par de periodistas conspicuos, quieren verlos en la cárcel. Particularmente, no me gustaría. O sea, no les regalo rating hoy en televisión, de ninguna manera haría algún esfuerzo para visitarlos en alguna penitenciaría

El mojón, aunque no tenga gran visibilidad, que traza una frontera entre el periodismo y la política es el poder institucional. Ojalá cada cual lo ejerza con eficiencia y no existan ensañamientos aviesos ni persecuciones, pero que se cumpla la ley