Muchos no lo saben, pero estos espacios, trabajando en silencio, mantienen y sostienen el acceso a la cultura y al esparcimiento.

CENTRO viene del latín CENTRUM, y puede aplicarse a diferentes cuestiones. Una se refiere al lugar donde se reúnen las personas con un fin en común. Teniendo esto en cuenta, un centro cultural, es el espacio que permite participar de actividades culturales, o muchas veces de actividades que tienen que ver con una cultura específica, todos tienen el objetivo de promover la cultura entre los habitantes de una comunidad.

De una manera intuitiva, puede pensarse como todo aquel lugar donde se realiza un intercambio; ya sea de un bien, un servicio, o una experiencia cultural. Un centro cultural, también puede conocerse como espacio cultural, según donde se encuentre, de vuelta sin una definición consensuada, se puede entender a un centro cultural como un lugar donde se realizan actividades menos restringidas que en otros espacios, los ejemplos claros son las bibliotecas, una sala de teatro, o muestras de arte.

Lo cierto es que estos espacios, son los verdaderos pulmones de la cultura, y muchas veces se desconoce la gran tarea que realizan. Estos centros conviven en medio de una línea cultural que los mantiene aislados de la agenda que el estado maneja en materia de arte y entretenimiento. Las herramientas que poseen son muy escasas, y las exigencias son muchas para poder sostener su tarea.

El encuadre legal en muchos casos es el de asociaciones civiles, lo cual atenta a ser una figura pasada de moda para estos lugares de encuentro cultural, ya que se le exigen formalidades difíciles de poder cumplir.

Desde hace tiempo algunos nos hemos preguntado si ya no es hora de que los centros culturales, tengan su propia ley y regulación, no solo por el aporte que estos dan a la sociedad, como acercar a los barrios que se ven amparados en estos espacios, al cine, a la música, o a capacitaciones que sirven como herramientas laborales.

Muchos lugares conocidos como centro cultural, son el garaje de una casa, que se convierte en refugio de personas que buscan acceder a alguna expresión, que muchas veces es inalcanzable, y es que la contención de una sociedad es tan importante en lo cultural como en cualquier otro rubro. Hay muchos que opinan que luego de esta pandemia, la cultura será la que repare el gran desorden físico y mental de la gente que se vio afectada por el encierro.

En un rápido relevamiento encontramos centros que se ocupan de activar los derechos a personas con discapacidad, donde se generan cambios para mejorar la calidad de vida y que ayude a tener autonomía y autoestima, esto no es una tarea menor si tenemos en cuenta que poder transmitir cultura en la expresión que se quiera, sirve para proyectar una sociedad con un mejor futuro.

Luego existen las uniones vecinales que dentro de sus actividades tienen el formato de centro cultural y recreación, y es ahí donde volvemos al comienzo de la nota, muchos de estos lugares les resulta muy difícil lidiar con la figura legal que tienen. Los clubes deportivos y culturales son también verdaderos actores de una comunidad, donde se los ve como albergue, o un lugar para el encuentro y la cultura, Un engranaje ideal y necesario.

Desde el observatorio cultural de Mendoza, una Asociación Civil que, si bien nació en el departamento de Maipú, también piensa y examina la situación de trabajadores y hacedores de cultura de toda la provincia, llega una reflexión al respecto de la verdadera naturaleza de estos espacios y de un pronto cambio de contener y sostener.

Observatorio Cultual de Mendoza: el centro cultural, nuestro misterio.

Los intentos fallidos, cuando hay apertura, llevan a una comprensión adecuada del fin que se persigue. El binomio, naturaleza y cultura, desde una perspectiva anti especista nos hace surgir como parte del todo y descubrir la necesidad de identidad sin pensarse en una clase diferente, contribuyendo al acceso a la cultura. Nuestra evolución la debemos percibir en el ser colectivo al igual que la cultura que es esa toda expresión de un pueblo. Para unir todas las necesidades habrá que llegar a ese lugar cultural que nos encuentre para curarnos, sentirnos y a la vez retirarnos, al hablar de cultura, del cálculo mercantil y de la lógica “úselo y tírelo” que nos propone la mirada ajena.

La cultura, para que sea nuestra, la tenemos que forjar desde la pregunta, saber que hemos sido invadidos culturalmente y sometidos por falta de identidad. No hay identidad sin libertad, no somos libres si no tenemos para comer o si para comer tenemos que entregar la mayor parte de nuestro día durante toda nuestra vida en ganar dinero. No hay identidad si nos relacionamos con las cosas como si fueran personas y con las personas como si fueran cosa. No hay libertad si se nos condiciona a una lógica de la escasez de afecto, obligándonos a competir con otros para obtener o preservar nuestra subsistencia. No hay libertad si tenemos que poseer a otro (o a varios) para asegurarnos que existimos. Tal vez la identidad la obtengamos en la batalla cultural por una libertad real que nos devuelva la única propiedad natural, la de nuestros cuerpos. Para imaginar ese lugar de encuentro deberíamos extirparnos ideas paternalistas, invasivas, estigmatizadoras y no pensar en incluir, sino más bien, en compartir la experiencia del otro necesario para construir nuestro todo. Será necesario reconocer el esfuerzo de los nuestros al frente de merenderos, de bibliotecas populares y de todo aquello que sirvió para lidiar la escasez que produce el sistema neoliberal. Será necesario la reconversión de estos espacios en verdaderos centros culturales, con su historia y filosofía solidaria, e invitar al otro para que no se trate de ser libre de los demás sino con los demás.