La deuda como destino argentino

La escena es conocida en cualquier barrio del país. El sueldo entra, dura poco, y antes de la mitad del mes ya se convirtió en una secuencia de pagos: alquiler, expensas, luz, gas, transporte, comida, escuela, remedios.

Dr. Sergio Benaroya
Abogado UBA. Especializado en Familia, Niñez y Adolescencia, Genero, Responsabilidad Médica y Salud Mental. Diplomaturas en Psicopatología, Psicoanálisis, Autismo, Psicosis, IA, Criminología, Vínculos Patológicos, Sexología Clínica.

La deuda masiva no es una anécdota de consumo: es el síntoma más crudo de un país que no logra pagar su propia vida cotidiana. La Argentina atraviesa una paradoja cruel: nunca habló tanto de orden fiscal y tampoco expuso gravísima fragilidad social en los hogares. Mientras el discurso público celebra la disciplina macroeconómica, millones de familias sobreviven con una economía doméstica quebrada. El salario no llega, el crédito se encarece, la deuda crece y el mes se hace interminable. En ese contexto, la pregunta ya no es si los argentinos pueden salir de sus deudas, sino cuántos podrán hacerlo antes de caer definitivamente en resignación o exclusión.

La escena es conocida en cualquier barrio del país. El sueldo entra, dura poco, y antes de la mitad del mes ya se convirtió en una secuencia de pagos: alquiler, expensas, luz, gas, transporte, comida, escuela, remedios. Lo que sobra rara vez alcanza para respirar. Entonces aparece la tarjeta, luego el préstamo personal, después la refinanciación, más tarde el atraso. La deuda deja de ser una herramienta financiera y se transforma en una prótesis para sostener una vida que ya no se financia con ingresos, sino con postergaciones.

La deuda castiga de modo desigual. Quien tiene un ingreso formal estable puede reacomodarse, renegociar, refinanciar.

La deuda castiga de modo desigual. Quien tiene un ingreso formal estable puede reacomodarse, renegociar, refinanciar.

Esa es la verdadera dimensión del problema. No estamos ante un país de consumidores desenfrenados, sino ante una sociedad empujada a endeudarse para cubrir necesidades básicas. Cuando una familia usa crédito para comer o pagar servicios esenciales, no está haciendo un mal uso del sistema, simplemente exhibe el colapso de su poder adquisitivo. Y cuando ese comportamiento se vuelve masivo, se convierte en una falla estructural.

Hay quienes insisten en que todo se explica por hábitos deficientes, por desorden personal o por falta de educación financiera. Esa mirada es cómoda, pero insuficiente. Nadie administra bien una economía doméstica cuando el ingreso mensual está sistemáticamente por debajo del costo de vida. Ninguna persona puede ordenar sus cuentas cuando cualquier imprevisto -una farmacia, un arreglo, una matrícula, una prenda, un boleto- desbarata el equilibrio precario de todo el mes. La moral del ahorro sirve poco cuando el ingreso real fue devorado por la inflación, la caída del salario y la pérdida de previsibilidad.

La consecuencia más grave de esta dinámica no es sólo el estrés financiero. Es la normalización de una vida en deuda. Antes, endeudarse era una excepción; hoy, para millones, es la rutina. Antes, el atraso era un accidente; hoy, es una modalidad habitual de supervivencia. Antes, pedir un préstamo significaba proyectar; hoy, implica aguantar. Esa degradación del crédito es una de las señales más elocuentes del deterioro social argentino.

Y hay algo más. La deuda castiga de modo desigual. Quien tiene un ingreso formal estable puede reacomodarse, renegociar, refinanciar. Pero el que vive de changas, monotributo inestable, empleo informal o ingresos intermitentes, entra mucho más rápido en una zona de riesgo extremo. Ahí el sistema no protege: presiona. Las tasas suben, los vencimientos se acumulan, los recargos se multiplican y la salida se hace cada vez más estrecha. El hogar vulnerable paga más caro el mismo dinero que el resto consigue con menos costo. Esa asimetría es obscena.

Por eso, hablar de "salir a flote" exige sinceridad. Sí, algunos argentinos podrán desendeudarse. Lo harán con disciplina, renegociación, recortes y, en los mejores casos, una mejora de sus ingresos. Pero el problema de fondo no se resuelve en la caja chica de cada hogar. Si el salario no recupera poder de compra, si la canasta básica sigue corriendo por delante del ingreso y si el crédito continúa funcionando como un salvavidas caro, la salida será parcial, lenta y profundamente desigual.

La discusión pública debería abandonar el tono moralista con el que tantas veces se aborda este tema. No se trata de premiar al responsable ni de castigar al imprudente. Se debe reconocer que el sobreendeudamiento masivo es una respuesta social a una economía que no logra garantizar lo elemental. Cuando trabajar no alcanza para vivir, la deuda deja de ser un desvío y pasa a ser un síntoma. Y una señal extendida no se corrige con sermones.

La política económica tiene aquí una deuda propia. No alcanza con estabilizar variables si esa estabilidad no se derrama sobre la mesa familiar; ni ordenar cuentas públicas si en los hogares se desordena la vida cotidiana; menos celebrar una baja inflacionaria si el ingreso sigue insuficiente para cubrir la canasta mínima. El país no puede darse por satisfecho con una macroeconomía más prolija si la microeconomía de millones sigue en terapia intensiva.

Tampoco puede ignorarse el costo institucional de este fenómeno. Una sociedad endeudada hasta la asfixia es más frágil, ansiosa y expuesta a decisiones desesperadas. La deuda prolongada deteriora la salud mental, rompe vínculos, posterga proyectos, empeora la calidad de vida y erosiona la confianza en cualquier promesa de movilidad social. No es sólo un tema contable; es un problema cívico.

En ese sentido, el debate sobre la deuda familiar debería formar parte del centro de la discusión pública y no de su periferia. Porque detrás de cada tarjeta rota, préstamo refinanciado y cuota impaga hay una verdad incómoda: el modelo de ingreso vigente no alcanza para reproducir la vida digna de una enorme porción de la población. Y cuando eso ocurre, la economía deja de ser una promesa de progreso para convertirse en una administración del agotamiento.

La Argentina necesita salir de esa lógica. Salarios que vuelvan a comprar tiempo, no sólo mercancías; crédito menos usurario y más funcional, mecanismos serios de alivio para quienes ya están atrapados; en definitiva, que trabajar vuelva a significar algo más que sobrevivir. Mientras eso no pase, hablar de salir de las deudas seguirá siendo una consigna más esperanzada que real.

La dureza de esta radiografía no busca exagerar. Simplemente nombrar lo que ya está delante de todos. La deuda dejó de ser una anomalía: es parte del paisaje. Y cuando una sociedad naturaliza vivir endeudada para llegar a mitad de mes, el problema no es únicamente económico. Es una forma de pobreza extendida, silenciosa y cada vez más difícil de disimular. La deuda ya no es una decisión; es el precio de seguir viviendo en la Argentina.

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