Argentina, la economía que el mundo dejó atrás: medio siglo de comercio exterior estancado
La participación del país en las exportaciones globales cayó del 1% al 0,3% desde los años 60. Un informe de Fundar retrata una canasta dominada por la soja, mientras en Cuyo el vino demuestra que otro modelo exportador es posible.
La participación del país en las exportaciones globales cayó del 1% al 0,3% desde los años 60, mientras el resto de la región crecía. Un informe de Fundar muestra una canasta exportadora dominada por la soja, una industria que nunca logró ganar terreno afuera y un vino cuyano que, pese a su peso simbólico, apenas roza el 1% de las ventas externas del país.
Argentina exportó en 2022 quince veces más que en 1920 y más de 200 veces lo que vendía al mundo en 1870. El dato, a simple vista, cuenta una historia de expansión sostenida. Pero detrás de esa cifra se esconde un diagnóstico mucho menos auspicioso: desde 2007, las cantidades exportadas por el país están prácticamente congeladas, mientras el resto de América Latina siguió creciendo a paso firme. Así lo revela el informe "Comercio exterior", elaborado por Leonardo Park y Gabriel Scattolo para Argendata, el centro de datos de la fundación Fundar, que reconstruye 150 años de historia comercial argentina.
El trabajo llega a una conclusión embarazosa: el país perdió terreno de manera sostenida en el mercado mundial. En la década de 1960, las exportaciones argentinas representaban cerca del 1% del comercio global de bienes y servicios. Hoy, esa cifra apenas alcanza el 0,3%. La caída no es un fenómeno regional -México, Brasil, Chile, Perú, Bolivia, Ecuador, Paraguay y Uruguay mejoraron su posición en el mismo período-, sino una anomalía casi exclusivamente local, que solo comparte Venezuela.
Medio siglo de estancamiento
El estudio distingue dos etapas muy diferentes en el comercio argentino reciente. Entre 1976 y 2008, las exportaciones de bienes y servicios crecieron sostenidamente, hasta acumular un aumento del 540% en 50 años. Pero desde 2008 la curva se aplanó: apenas variaron, tanto en bienes como en servicios. Ese freno coincide con lo que el informe identifica como el quiebre estructural más importante del período: desde 2007, las cantidades físicas exportadas por Argentina se mantienen esencialmente estancadas en los niveles de aquel año, mientras el resto de la región siguió creciendo hasta al menos 2011.
Los autores atribuyen ese pobre desempeño a una combinación de factores: la apreciación y la volatilidad del tipo de cambio real durante los últimos 15 años, los controles cambiarios que generaron una brecha desincentivadora para exportar, y el consecuente freno a la inversión extranjera directa en sectores con potencial exportador. Los precios de exportación, por su parte, tuvieron una dinámica propia: crecieron con fuerza entre 2002 y 2011 de la mano del boom de los commodities, y desde entonces se estancaron también, en sintonía con las cotizaciones internacionales de granos, hidrocarburos y minerales.
Una economía cerrada al mundo
Otro dato clave del informe es el nivel de apertura comercial: pese a cierta liberalización tras la salida de la Convertibilidad en 2002, Argentina sigue siendo, junto con Brasil, una de las economías menos abiertas de la región cuando se mide el comercio exterior (exportaciones más importaciones) como porcentaje del PBI. El informe atribuye este cierre relativo a una estrategia deliberada de protección del entramado industrial frente a la competencia externa, aunque también señala que el tamaño del mercado interno explica parte del fenómeno: los países más poblados necesitan depender menos del comercio exterior para alcanzar una escala productiva mínima.
Las exportaciones representan hoy cerca del 16-17% del PBI argentino, contra apenas el 7% de las décadas de 1960 y 1970. Pero ese salto tiene más que ver con el efecto de las devaluaciones sobre los precios relativos que con un cambio estructural profundo en la inserción comercial del país.
El campo, siempre el campo
La estructura de lo que Argentina vende al mundo no cambió demasiado en el fondo. Según la clasificación de Brambilla y Porto (2018), el 64% de las exportaciones de bienes son productos agropecuarios -encabezados por el complejo sojero, desde el poroto hasta el aceite y los pellets-, y otro 15% son otros recursos naturales sin mayor procesamiento. Apenas un 21% corresponde a productos industriales no alimentarios. En el otro extremo, el 80% de lo que el país compra afuera son manufacturas: maquinaria (27%), químicos (20%) y equipos de transporte (12%) concentran el grueso de las importaciones.
Esa concentración tiene una raíz histórica larga. Los alimentos llegaron a representar el 75% de las exportaciones de bienes en 1965, cayeron a un mínimo del 31% en 2006 y desde entonces recuperaron algo de terreno hasta promediar el 40% en la última década. En paralelo, la maquinaria y el material de transporte pasaron de un 1,6% de las exportaciones en los 60 a un 15% en la década de 2010 -impulsados por el auge automotriz con Brasil tras el Mercosur-, y los productos químicos treparon del 2,5% al 8,5% en el mismo período, de la mano de la industria farmacéutica y la petroquímica. Los combustibles tuvieron su momento de gloria en la década de 2000, cuando llegaron a explicar un 15% de las ventas externas, antes de retroceder con el declino de la producción convencional de hidrocarburos.
Esa asimetría se refleja también en la sofisticación de los productos que Argentina intercambia con el mundo. Tres cuartas partes de las exportaciones argentinas son bienes "no diferenciados" -commodities estandarizados cuyo precio se fija en los mercados internacionales-, mientras que dos tercios de lo que se importa son productos diferenciados, con mayor valor agregado y, según la literatura económica citada en el informe, mayor potencial de crecimiento futuro para quien los exporta.
De Europa a Asia: el nuevo mapa de los socios comerciales
El informe dedica un capítulo entero a mostrar cómo cambiaron los destinos y orígenes del comercio argentino en 60 años. Europa, que en la década de 1960 concentraba en promedio el 66% de las exportaciones argentinas, hoy recibe apenas el 17%. En su lugar, Asia pasó del 6,5% al 36% -su pico, alcanzado en 2020-, impulsada por la demanda de productos agroindustriales de China, India, Vietnam e Indonesia. Italia es, según el informe, el país que más participación perdió como comprador de productos argentinos en ese período, seguido por Reino Unido, Alemania, Países Bajos y Francia. En el otro extremo, Brasil, China, Vietnam, India e Indonesia son los que más ganaron terreno.
El mismo movimiento se observa en las importaciones: Europa pasó de proveer el 45% de las compras externas argentinas a apenas el 20%, mientras Asia saltó del 7,5% al 23%. China y Brasil son hoy los grandes ganadores como proveedores, en detrimento de Estados Unidos, Italia, Alemania y Reino Unido. América del Norte, en cambio, conserva un peso estructuralmente mayor en las importaciones que en las exportaciones, reflejo del déficit comercial crónico que Argentina mantiene con Estados Unidos.
En los servicios, la fotografía es distinta. Entre 2005 y 2022, los "Viajes" -gastos turísticos y de negocios- fueron el rubro más importante, con un promedio del 34%, seguidos por los servicios basados en conocimiento (29%), transporte (16%) y telecomunicaciones e informática (13%, en fuerte ascenso: pasaron del 7% en 2006 al 19% en 2022). Estados Unidos es, por lejos, el principal comprador de servicios argentinos, con el 30% del total exportado en 2022, seguido de Brasil (10%), Chile (5,6%), Uruguay (5,3%) y Reino Unido (4,6%).
El vino: la porción cuyana en un tablero dominado por la soja
Ninguno de estos números explica, sin embargo, lo que el comercio exterior significa para una provincia como Mendoza. En 2024, según el relevamiento de Origen Provincial de las Exportaciones del INDEC, la región de Cuyo (Mendoza, San Juan y San Luis) exportó bienes por 4.133 millones de dólares, el 5,2% del total nacional, con una suba interanual del 34,1%. Mendoza, dentro de esa región, vendió al exterior 1.602 millones de dólares -un 38,8% del total cuyano y un salto del 22,1% frente a 2023-, traccionada principalmente por vinos, agroindustria y manufacturas.
A escala nacional, el vino no altera la fisonomía agroexportadora que describe el informe de Fundar, pero tampoco es un actor menor. Según datos del Observatorio Vitivinícola Argentino (OVA), sobre información del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) y el INDEC, la cadena vitivinícola completa -vino, mosto, pasas y uva en fresco- exportó 933 millones de dólares en 2024, un 15,3% más que el año anterior. Solo el vino explicó 713,5 millones de dólares de ese total, con 207,6 millones de litros despachados al exterior. Es decir: el vino representa apenas un 0,9% de las exportaciones totales de bienes de Argentina (que en 2024 sumaron 79.721 millones de dólares), pero es la columna vertebral de la economía exportadora mendocina, donde la provincia concentra alrededor del 90% del volumen de vino que el país envía al mundo.
El Malbec es, dentro de esa canasta, el producto insignia: en 2024 se exportaron 1,27 millones de hectolitros del varietal por unos 429,75 millones de dólares, con presencia en 118 países. Estados Unidos fue su principal comprador, con el 32,6% del valor exportado, seguido por Reino Unido, Brasil, Canadá y México. Mirando el conjunto de los vinos varietales argentinos -la última desagregación completa por país data de 2021-, Estados Unidos (23,7%) y Reino Unido (23,3%) concentran juntos casi la mitad de las ventas, seguidos por Brasil (9,2%) y Canadá (8,9%). Ese podio de tres países -Reino Unido, Estados Unidos y Brasil- se mantuvo vigente en 2024 y en el primer semestre de 2026, según los últimos reportes del sector.
A diferencia del complejo sojero, que domina el patrón exportador no diferenciado que describe el informe de Fundar, el vino fraccionado -el 75% del volumen exportado- es, en los términos de esa misma clasificación, un producto diferenciado: no compite por precio en un mercado de commodities, sino por marca, denominación de origen y percepción de calidad. En ese sentido, la vitivinicultura cuyana funciona casi como una excepción dentro del patrón general que describe el estudio: una industria regional que, pese a representar una fracción mínima del comercio exterior argentino, exporta con una lógica de diferenciación que el grueso de la canasta nacional no logró replicar a escala.
Una historia de dos velocidades
El contraste entre el diagnóstico nacional y el desempeño de sectores como el vitivinícola resume, en cierto modo, la paradoja del comercio exterior argentino que retrata el informe de Fundar: un país que multiplicó sus exportaciones por 200 en siglo y medio, pero que perdió peso relativo en el mundo desde los años 60; una economía cerrada según los estándares internacionales, que sin embargo alberga nichos -como el Malbec mendocino- capaces de competir con éxito en mercados sofisticados. La pregunta que deja abierta el estudio es si esas excepciones pueden multiplicarse, o si seguirán siendo eso: excepciones dentro de una estructura exportadora que, en sus rasgos de fondo, no cambió demasiado en seis décadas.








