Ser joven en Argentina: una desigualdad que empieza en el hogar

Un informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina muestra cómo el origen socioeconómico condiciona las trayectorias educativas, laborales, familiares y emocionales de los jóvenes de 18 a 25 años.

Hernán Ansuini
Periodista y analista. Escritor. Trabajó en Radio La Red Mendoza y Radio Nihuil. Participó en Radio AM 750, programa de Victor Hugo Morales.

Terminar el secundario, seguir estudiando, conseguir un trabajo estable, formar una familia: para buena parte de los jóvenes argentinos, ninguna de esas metas está garantizada. Y no porque falten ganas o esfuerzo, sino porque el punto de partida -el hogar en el que nacieron- condiciona de manera decisiva qué oportunidades tienen.

Así lo muestra un informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la Universidad Católica Argentina (UCA), elaborado por Agustín Salvia, Eduardo Donza y Miranda Correa, con la colaboración de Fernanda Acuña. El trabajo, publicado en julio de 2026, analiza datos de la Encuesta de la Deuda Social Argentina (EDSA-UCA) entre 2021 y 2025, sobre jóvenes de 18 a 25 años.

El origen socioeconómico condiciona las trayectorias educativas, laborales, familiares y emocionales de los jóvenes en Argentina.

El origen socioeconómico condiciona las trayectorias educativas, laborales, familiares y emocionales de los jóvenes en Argentina.

La conclusión central es contundente: la posición socioeconómica del hogar estructura las diferencias en educación, empleo, vida familiar y bienestar psicológico, y esas desventajas tienden a acumularse en un mismo grupo de jóvenes.

Ser joven en Argentina: una desigualdad que empieza en el hogar

1. La educación, partida en dos

Cuatro de cada diez jóvenes de entre 18 y 25 años no terminaron el secundario. Solo un tercio llegó a estudios superiores, ya sea en curso o completos.

Pero ese promedio esconde realidades muy distintas según el nivel socioeconómico del hogar. Mientras el 69% de los jóvenes de estrato medio alto inició o completó estudios superiores, en el estrato muy bajo esa cifra no llega al 10%. Y en ese mismo grupo, casi el 65% ni siquiera terminó la escolaridad obligatoria.

La transición familiar, también atravesada por el origen social

La transición a la vida adulta también muestra ese contraste. La mayoría de los jóvenes de 18 a 25 años todavía no convive en pareja (79,5%) ni tiene hijos (81,1%). Sin embargo, vivir en pareja es más de cuatro veces más frecuente entre los jóvenes del estrato muy bajo (33,6%) que entre los del medio alto (7,8%). Con la maternidad y paternidad ocurre algo parecido: es seis veces más común en el estrato más bajo (29,3%) que en el más alto (4,7%).

Ser joven en Argentina: una desigualdad que empieza en el hogar

La lectura de estos datos, dicen los autores, es la de un mismo patrón que se repite: mayores oportunidades de estudio en los sectores altos, y transiciones familiares más tempranas -con las responsabilidades que eso implica- en los sectores más postergados.

2. Un mercado laboral que expulsa a los jóvenes

Solo el 14,2% de los jóvenes accede a un empleo pleno de derechos. El resto se reparte entre empleo precario (16%), empleo regular sin todas las protecciones (30,2%), situaciones de empleo irregular combinado con desempleo reciente (22,5%), desempleo de más de seis meses (10,7%) y jóvenes inactivos (36,6%, aunque una parte de ellos está dedicada solamente a estudiar).

Algunas categorías describen situaciones que pueden superponerse o combinarse, por lo que los porcentajes deben leerse como dimensiones del problema laboral juvenil y no necesariamente como partes excluyentes de un total.

El origen social también se expresa en la calidad de la inserción laboral. El empleo regular cae casi a la mitad entre los extremos: del 38,9% en el estrato medio alto al 19,7% en el muy bajo. En simultáneo, el empleo irregular o el desempleo reciente casi se triplican (del 11,6% al 30,6%), y el desempleo de larga duración también se triplica (del 5,2% al 14,9%).

Ser joven en Argentina: una desigualdad que empieza en el hogar

3. Entre estudiar, trabajar y quedar afuera de todo

Al cruzar estudio y trabajo, el informe distingue seis situaciones posibles. El 26,6% de los jóvenes se dedica solo a estudiar; el 39,7% trabaja sin estudiar (22,9% en empleos regulares y 16,8% en irregulares); apenas el 13% logra combinar ambas actividades. Y uno de cada cinco jóvenes (20,7%) no estudia ni trabaja.

En este cruce, la desigualdad alcanza su expresión más marcada: la desvinculación de estudio y trabajo llega al 34,2% de los jóvenes del estrato muy bajo, frente a apenas el 8,3% en el estrato medio alto -más de cuatro veces más-. En sentido inverso, dedicarse exclusivamente a estudiar es posible para el 41,2% de los jóvenes más acomodados, pero solo para el 15,6% de los más postergados.

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4. El trabajo de los padres también decide el futuro de los hijos

El informe suma una variable adicional: la calidad del empleo del jefe o jefa del hogar. Cuando ese empleo es pleno, el 39,8% de los jóvenes puede dedicarse solo a estudiar; cuando el hogar atraviesa subempleo inestable o desempleo, esa posibilidad cae al 17,6%. La desvinculación de estudio y trabajo, en cambio, sube del 13,3% al 30,5% en el mismo recorrido.

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Un dato importante: entre los jóvenes de hogares de estrato bajo y muy bajo, ni siquiera un empleo pleno del jefe o jefa del hogar alcanza para borrar la desventaja de origen. En esos hogares, la desvinculación educativa y laboral es del 24,4% aun con empleo pleno, y supera el 33% cuando ese empleo es precario o inexistente.

5. La desigualdad también se siente puertas adentro

El informe no se detiene en lo material: también mide bienestar psicológico, vínculos sociales y experiencias de violencia. Según el relevamiento, el malestar psicológico refiere a indicadores de malestar subjetivo que permiten aproximarse al modo en que las condiciones de vida inciden en el bienestar emocional. Y allí aparece la misma lógica de acumulación de desventajas.

El malestar psicológico afecta al 21,4% de los jóvenes en general, pero pasa del 15,5% en el estrato medio alto al 28,5% en el muy bajo. Algo similar ocurre con la sensación de no tener control sobre lo que les pasa: del 17,2% al 35% entre los mismos extremos.

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Las mayores diferencias aparecen en los vínculos y en la violencia. Declarar no tener amigos es casi nueve veces más frecuente en el estrato muy bajo (15,7%) que en el medio alto (1,7%).

Y entre las jóvenes, la violencia de género declarada pasa del 6,2% en el estrato más alto al 19,4% en el más bajo, es decir, más de tres veces más.

Ser joven en Argentina: una desigualdad que empieza en el hogar

En un dato que rompe un poco el patrón, las preferencias entre "libertad" e "igualdad" resultaron bastante parejas en todos los estratos, sin polarización marcada entre unas y otras.

6. La conclusión: no hay una sola juventud

El informe cierra con una idea que atraviesa todo el análisis: no existe una experiencia única de ser joven en Argentina. La posición social del hogar de origen define, desde el inicio, oportunidades muy distintas de estudiar, trabajar, formar una familia y sostener el bienestar emocional. Y esas ventajas o desventajas no aparecen sueltas: se combinan y se refuerzan entre sí.

Entre las recomendaciones que proponen los autores para una política de inclusión juvenil aparecen: sostener las trayectorias educativas para evitar el abandono escolar; promover empleos de calidad, en lugar de ocupaciones precarias o sin protección suficiente; diseñar respuestas específicas para revincular a quienes están fuera del estudio y del trabajo; incorporar al hogar como unidad de intervención -y no solo al joven de manera individual-; y sumar el acompañamiento psicosocial como parte de esas políticas.

Fuente: Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA), Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Informe: "Juventudes desiguales: entre la promesa y la exclusión". Publicado en julio de 2026. Autores: Agustín Salvia, Eduardo Donza y Miranda Correa, con la colaboración de Fernanda Acuña.

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