El amor no es polémica: a 16 años del matrimonio igualitario, la deuda pendiente de los medios

Cada 15 de julio Argentina recuerda uno de los hitos más significativos de su historia democrática reciente: la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario. Aquella decisión no solo amplió derechos civiles, sino que consolidó un principio más profundo: el Estado no puede jerarquizar afectos ni condicionar el reconocimiento del amor según el género de quienes lo ejercen. Fue, en términos constitucionales y culturales, un punto de inflexión.

Dr. Sergio Benaroya
Abogado UBA. Especializado en Familia, Niñez y Adolescencia, Genero, Responsabilidad Médica y Salud Mental. Diplomaturas en Psicopatología, Psicoanálisis, Autismo, Psicosis, IA, Criminología, Vínculos Patológicos, Sexología Clínica.

Sin embargo, quince años después, persiste una contradicción incómoda. Mientras el derecho positivo reconoce la igualdad, una parte del sistema mediático continúa tratando las expresiones de afecto entre personas LGBT como un hecho extraordinario, problemático o directamente escandaloso. Cuando la prensa convierte un beso entre dos varones o dos mujeres en "polémica", deja de informar y empieza a discriminar.

No se trata de episodios aislados ni de errores menores en la redacción. Sino de una lógica que aún sobrevive en titulares, enfoques y decisiones editoriales. Notas que ubican muestras de afecto en la sección policial, coberturas que apelan al tono de controversia, columnas que describen un abrazo como "provocación" o "exhibicionismo" no son neutrales. Construyen sentido. Y ese sentido delimita, una vez más, quiénes pueden habitar el espacio público sin dar explicaciones y quiénes deben justificar su sola presencia.

Matrimonio Igualitario: Si el amor es noticia, que lo sea para reflejar una sociedad que decidió, hace ya quince años, que ningún beso merece estar en el banquillo.

Matrimonio Igualitario: Si el amor es noticia, que lo sea para reflejar una sociedad que decidió, hace ya quince años, que ningún beso merece estar en el banquillo.

El problema, entonces, no es solo lo que se cuenta, sino cómo se lo hace. Porque en esa operación discursiva se actualizan formas de disciplinamiento simbólico que el derecho ya había desactivado. Lo que la ley reconoce como legítimo, ciertos discursos mediáticos vuelven a colocar bajo sospecha. Se reinstala, en clave de espectáculo, una frontera entre lo "normal" y lo "tolerado".

No hablamos en abstracto. El denominado Observatorio de la Discriminación en los Medios y la Defensoría del Público documentó reiteradamente expresiones homofóbicas en programas, noticieros y campañas: chistes que ridiculizan identidades, panelistas que patologizan la diversidad, narrativas que asocian lo distinto con lo disruptivo o lo incómodo. Estas prácticas no son inocuas. Tienen efectos concretos.

Cada vez que un medio dramatiza o ridiculiza un beso entre personas del mismo sexo, alimenta el miedo y la autocensura. Refuerza la idea de que el espacio público no es plenamente habitable para todos. Y, lo que es más grave, legitima intervenciones violentas de terceros que se sienten autorizados a señalar, insultar o agredir aquello que previamente fue presentado como "incorrecto" o "fuera de lugar".

Caso testigo: Flor De La V y Pablo Goycochea se casaron por civil en el año 2011. La pareja tiene a los mellizos Paul e Isabella.

Caso testigo: Flor De La V y Pablo Goycochea se casaron por civil en el año 2011. La pareja tiene a los mellizos Paul e Isabella.

Conviene ser claros: no se le exige a la prensa que milite una causa, sino que respete un piso ético mínimo. Presentar el afecto entre personas LGBT como un problema no es ejercer libertad de expresión en abstracto; es tomar partido por una concepción que contradice el marco normativo vigente y los consensos democráticos alcanzados. Es producir desigualdad bajo la apariencia de opinión.

A quince años del matrimonio igualitario, la pregunta ya no es jurídica, sino cultural e institucional:

¿Qué rol quieren ocupar los medios en esta etapa?

Pueden seguir funcionando como caja de resonancia de prejuicios que la sociedad empezó a dejar atrás, o pueden estar a la altura de un proceso histórico que amplió derechos y redefinió la noción misma de ciudadanía.

El derecho a expresar el amor en el espacio público no admite adjetivos ni condiciones. No viene en formato heterosexual de fábrica ni requiere validación mediática para existir. Es un derecho humano básico, inseparable de la dignidad y de la igualdad.

Por eso, el reclamo es tan simple como urgente. Revisar agendas, titulares y rutinas de producción no es censura: es responsabilidad profesional. Abandonar el sensacionalismo cuando se trata de afectos no es militancia: es coherencia con el orden constitucional. Si el amor es noticia, que lo sea para reflejar una sociedad que decidió, hace ya quince años, que ningún beso merece estar en el banquillo.

Esta nota habla de:

Nuestras recomendaciones