Cuando el comedor dejó de ser una certeza: infancia, hambre y el límite de las estadísticas

La reorganización de la asistencia alimentaria impulsada por el Gobierno de Javier Milei, bajo la consigna de terminar con la intermediación, abrió una discusión legítima sobre controles y transparencia. Pero también dejó expuesta una consecuencia que ninguna auditoría puede relativizar: cuando un comedor deja de recibir alimentos o fondos, quienes primero padecen la demora son los niños y niñas que dependen de esa mesa para comer.

Dr. Sergio Benaroya
Abogado UBA. Especializado en Familia, Niñez y Adolescencia, Genero, Responsabilidad Médica y Salud Mental. Diplomaturas en Psicopatología, Psicoanálisis, Autismo, Psicosis, IA, Criminología, Vínculos Patológicos, Sexología Clínica.

El Ministerio de Capital Humano sostuvo convenios con Cáritas y otros organismos, además de impulsar transferencias directas a comedores considerados validados. Sin embargo, el cambio de esquema coincidió con denuncias por interrupciones de entrega de alimentos, reclamos de numerosos espacios comunitarios y una cobertura estatal inferior a la prometida.

El hambre no espera auditorías

Desde el inicio de la gestión de Javier Milei, el Gobierno nacional planteó que era necesario cortar la intermediación de organizaciones sociales en la distribución de alimentos. La explicación oficial fue que debía garantizarse que los recursos llegaran efectivamente a quienes los necesitaban, evitar desvíos y verificar la existencia real de los comedores y merenderos registrados.

Pero existe una diferencia esencial entre controlar una estructura y paralizar la respuesta frente al hambre.

Los niños no pueden esperar la terminación de un relevamiento. No pueden alimentarse de una declaración oficial, de un anuncio de convenio o de una denuncia penal. Para un chico que asiste a un comedor, la demora tiene una traducción inmediata: menos comida en el plato, una merienda que se suspende, una vianda que alcanza para menos personas o una madre que debe decidir cuál de sus hijos comerá primero.

Cuando el comedor dejó de ser una certeza: infancia, hambre y el límite de las estadísticas

En los barrios populares, el comedor no es una abstracción ni una oficina intermediaria. Es una mesa. Es una olla. Es el lugar al que llegan chicos después de la escuela, familias sin ingresos suficientes, personas mayores y trabajadores cuyos salarios ya no cubren los gastos básicos.

La política detrás de la olla

El Gobierno afirmó haber puesto fin a la intermediación y haber avanzado hacia mecanismos de asistencia directa para los comedores y merenderos verificados. En la memoria institucional del Ministerio de Capital Humano se presentó esa medida como una acción orientada a reducir la opacidad y asegurar que los recursos llegaran a los destinatarios finales.

El problema no estuvo únicamente en el objetivo declarado, sino en la forma y el tiempo de implementación.

Durante 2024, organizaciones sociales y referentes barriales denunciaron que numerosos comedores habían dejado de recibir alimentos. En febrero de ese año, cientos de personas participaron de protestas por la emergencia alimentaria y reclamaron la restitución de mercadería para los espacios comunitarios. La respuesta oficial fue que se atendería a los comedores de forma individual, una modalidad que implicó controles y validaciones antes de restablecer la asistencia.

Ese proceso dejó en una situación crítica a una cantidad de comedores que ya funcionaban con recursos insuficientes. La realidad cotidiana no se detiene mientras el Estado revisa planillas, cruza datos o define criterios de habilitación. Las familias siguen llegando; los chicos siguen teniendo hambre.

Los datos disponibles muestran una brecha significativa entre el compromiso anunciado y la asistencia efectivamente transferida. Según información oficial analizada por Chequeado, el Gobierno se había comprometido a asistir a 5.000 comedores comunitarios, pero durante el primer tramo de 2025 se registraron transferencias a 1.552 espacios: alrededor del 30% de aquella meta.

Detrás de ese porcentaje no hay solo instituciones sin presupuesto. Hay chicos concretos.

Los chicos que no aparecen

No existe un padrón público que permita identificar uno por uno a todos los niños y niñas que padecieron la reducción, suspensión o demora de la asistencia a los comedores comunitarios. Pretender contar "la historia de todos" sería, además de imposible, riesgoso: la infancia vulnerable no debe convertirse en un inventario de casos ni en una exposición de identidades.

Pero sí puede afirmarse que las decisiones sobre la provisión de alimentos a comedores tuvieron impacto sobre niños y adolescentes. No es una conclusión partidaria: el Comité de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas expresó en 2024 su preocupación por el aumento de la inseguridad alimentaria moderada y grave en la Argentina y por el efecto negativo que la interrupción del suministro de alimentos y de prestaciones económicas a comedores comunitarios producía sobre niños y niñas.

El Comité recomendó al Estado argentino adoptar medidas urgentes para garantizar el acceso de la niñez a una alimentación adecuada. Esa observación adquiere especial importancia porque Argentina es parte de la Convención sobre los Derechos del Niño, tratado con jerarquía constitucional conforme al artículo 75, inciso 22, de la Constitución Nacional.

No se trata de una obligación abstracta. La Convención exige que el Estado tome medidas para combatir la malnutrición, asegure el desarrollo integral y adopte decisiones guiadas por el interés superior del niño. Esto implica que, aun cuando el Estado modifique los mecanismos de entrega, investigue irregularidades o cambie los actores que intervienen en la asistencia, no puede dejar un vacío material entre una política que se retira y otra que todavía no llega.

Un niño no puede cargar con las consecuencias de una disputa entre funcionarios, organizaciones y estructuras administrativas.

Una crítica necesaria al INDEC

La discusión sobre la crisis alimentaria también obliga a mirar con cuidado las estadísticas oficiales. El INDEC cumple una función central e indispensable: produce indicadores públicos que permiten medir pobreza, indigencia, empleo, precios y condiciones de vida. Su información es necesaria para diseñar, controlar y evaluar políticas públicas.

La crítica no debe ser que el INDEC "miente" por medir pobreza e indigencia mediante ingresos. El problema es otro: ese método, por sí solo, no puede expresar toda la experiencia de la privación, y mucho menos el impacto real del hambre sobre la infancia.

El INDEC mide la pobreza mediante el método de línea de pobreza: compara los ingresos totales del hogar relevado por la Encuesta Permanente de Hogares con el valor de una Canasta Básica Total. Para determinar la indigencia, contrasta esos ingresos con una Canasta Básica Alimentaria que busca establecer si el hogar puede cubrir un umbral mínimo de requerimientos energéticos y proteicos.

Es una herramienta útil, pero tiene límites importantes.

Primero, mide capacidad monetaria teórica, no alimentación efectivamente consumida. Que un hogar supere por poco el valor de una canasta no significa que todos sus integrantes estén comiendo suficiente, con continuidad y calidad nutricional. Una familia puede tener ingresos apenas superiores a la línea de indigencia y, aun así, destinar gran parte de sus recursos a alquiler, transporte, medicamentos, deudas, servicios, educación o cuidados.

Segundo, el indicador no muestra la fragilidad cotidiana de los hogares. No refleja directamente si una familia redujo porciones, eliminó comidas, dejó de comprar carne, leche, frutas o verduras, ni si los adultos comen menos para que los chicos puedan cenar. Esas decisiones forman parte de la inseguridad alimentaria, pero no quedan captadas de manera completa por la comparación mensual entre ingresos y canastas.

Tercero, la medición oficial tiene un alcance territorial limitado. La pobreza difundida por el INDEC se basa en la Encuesta Permanente de Hogares y comprende 31 aglomerados urbanos, no a toda la población del país, especialmente no a cada zona rural, barrio periférico o comunidad pequeña donde el comedor comunitario puede tener un papel decisivo.

Cuarto, el método no registra adecuadamente el costo social de la deuda. Un hogar puede declarar ingresos que lo ubiquen por encima de la línea de pobreza, pero estar endeudado para pagar comida, medicamentos, luz, gas o alquiler. En esos casos, el ingreso mensual aparece en la estadística, aunque la disponibilidad real de recursos esté absorbida por obligaciones acumuladas.

Quinto, las canastas se basan en umbrales mínimos y no equivalen a una vida digna. La propia metodología define la indigencia según la capacidad de adquirir una canasta alimentaria que cubra requerimientos mínimos de energía y proteínas. Pero los niños no necesitan solo calorías mínimas: requieren alimentación adecuada, diversidad nutricional, vivienda, salud, escolaridad, vínculos de cuidado y estabilidad.

Por eso, cuando una cifra de pobreza o indigencia mejora, no debería interpretarse automáticamente como prueba de que el hambre disminuyó en la misma magnitud. Puede haber una recuperación relativa del ingreso real y, al mismo tiempo, familias que continúan recurriendo a comedores, reducen calidad alimentaria o viven una inseguridad alimentaria intensa.

La estadística sirve para orientar; no puede convertirse en una coartada para negar lo que sucede en los barrios.

Lo que un número no alcanza a contar

El indicador de indigencia puede mostrar cuántas personas no alcanzan a comprar una canasta básica. Pero no puede describir a la madre que deja de almorzar para que sus hijos repitan el plato. No puede registrar al adolescente que retira una vianda para compartirla con sus hermanos. Tampoco puede medir la angustia de una cocinera barrial que debe avisar que esa semana el comedor abrirá menos días porque faltan leche, aceite, carne o verduras.

Ese límite no invalida al INDEC. Al contrario: exige complementarlo.

Para comprender la situación de la niñez, la política pública debería combinar los indicadores de pobreza e indigencia con mediciones periódicas de inseguridad alimentaria, calidad de la dieta, frecuencia de comidas, acceso efectivo a comedores, cobertura territorial, endeudamiento de los hogares, precios de alimentos y condiciones de salud y nutrición infantil.

También debería publicar con claridad cuántos comedores fueron relevados, cuántos resultaron validados, cuántos recibieron asistencia efectiva, qué monto recibieron, con qué periodicidad y qué respuesta se dio a los espacios excluidos o demorados. La transparencia no consiste solo en denunciar irregularidades: también exige demostrar que ningún niño quedó sin comida como consecuencia de los controles.

La solidaridad no puede reemplazar al Estado

Cáritas Argentina, parroquias, iglesias, clubes, cooperativas, vecinos y organizaciones comunitarias cumplen un papel fundamental en una emergencia social. Su tarea evita que muchas familias queden completamente solas. La creciente demanda de ayuda en estas redes habla de una crisis que desborda los recursos de quienes la enfrentan desde el territorio.

Pero la solidaridad no puede ser la política alimentaria de un país.

Una colecta, una donación o una olla popular pueden aliviar una urgencia. No pueden reemplazar el deber estatal de garantizar una respuesta alimentaria estable, suficiente y universal para las infancias que la necesitan. La caridad tiene valor; el derecho tiene obligación.

El desafío no es elegir entre control o asistencia. Es garantizar ambos. El Estado debe controlar con rigor, sancionar la corrupción si existe, evitar la utilización política de la necesidad y asegurar que los recursos lleguen directamente a los destinatarios. Pero debe hacerlo sin interrumpir la comida de los chicos, sin trasladar el costo de la burocracia a las familias pobres y sin convertir el hambre en una consecuencia aceptable de la reorganización administrativa.

Una deuda urgente

La pregunta de fondo no es si las organizaciones deben rendir cuentas. Deben hacerlo. Tampoco es si el Estado puede mejorar los sistemas de distribución. Debe hacerlo.

La pregunta es qué hizo, y qué hará, mientras miles de chicos necesitaban comer ese mismo día.

La infancia no puede quedar suspendida entre una auditoría y una transferencia. No puede depender de que una institución sea validada a tiempo, de que una parroquia consiga donaciones o de que una vecina logre estirar una olla para cien personas más.

Cuando el Estado discute cómo llega la comida, debe recordar primero para quién llega. No llega a una planilla. No llega a un expediente. Llega -o deja de llegar- a la mesa de un niño.

Esta nota habla de:

Nuestras recomendaciones