Décima y última etapa: no apta para cardíacos
Hoy se larga la décima y última etapa de la Vuelta Ciclista de Mendoza, en su edición de oro. El pelotón avanzará en tren controlado hasta Pedro Molina, luego Rondeau buscará la Costanera por Vicente Zapata.
Hoy, cuando el reloj marque las 16:00, la historia volverá a latir sobre el asfalto. Se larga la décima y última etapa de la Vuelta Ciclista de Mendoza, en su edición de oro. Y no será un simple cierre: será un pulso abierto, una moneda girando en el aire, una sentencia que todavía no se anima a escribirse.
Hoy se larga la décima y última etapa de la Vuelta Ciclista de Mendoza, en su edición de oro.
Por Orlando Pelichotti
Porque en la matemática fría de la general, las diferencias arden. El líder, Christian Moyano, del equipo Municipalidad de Guaymallén, acumula 28h 09m 45s. Pero el ciclismo no entiende de certezas hasta que cae la bandera. A 1m 40s respira José Autrán, del SEP San Juan, con 28h 11m 25s. Y apenas 19 segundos detrás de él, acecha Fernando Contreras, también de Guaymallén, con 28h 11m 44s.
Tres nombres. Tres voluntades. Un margen que cabe en un descuido, en un abanico de viento, en un ataque feroz cuando las piernas ya suplican tregua.
El recorrido no concede distracciones. El pelotón avanzará en tren controlado hasta Pedro Molina, luego Rondeau buscará la Costanera por Vicente Zapata; girará por Acceso Este, tomará Ruta 40 hasta Valentín Alsina y regresará al norte, otra vez por Ruta 40, rumbo al Acceso Este y calle Arenales. Bajo el puente, el giro. Y entonces, el verdadero combate.
En el Predio de la Virgen comenzará el circuito final de diez vueltas. Diez martillazos al corazón. Cóndor, Ruta 40 hasta la bajada de Valentín Alsina, retorno por Ruta 40 (Acceso Sur), derecha al Acceso Este hasta Arenales, y nuevamente el puente, como un túnel hacia el destino. Todo culminará allí, donde el asfalto se vuelve altar.
Habrá metas sprint que pueden inclinar la balanza:
- Primera Meta Sprint: kilómetro 57 (vuelta 4, Predio de la Virgen).
- Segunda Meta Sprint: kilómetro 79 (vuelta 6).
- Tercera Meta Sprint: kilómetro 101 (vuelta 8).
Cada bonificación será oro líquido. Cada segundo, un latido. Cada curva, una promesa o una traición.
No es una etapa más. Es la frontera entre el sueño y la consagración. Es el lugar donde los líderes deben defender con uñas y dientes lo construido durante días, y donde los que vienen detrás tienen la obligación moral de incendiar la carrera.
Hoy no alcanza con administrar. Hoy hay que resistir, atacar, leer el viento, soportar el ácido en las piernas y el vértigo en la cabeza. Hoy el pelotón será una serpiente eléctrica, y en su interior viajarán el miedo y la gloria.
La Vuelta, en su edición dorada, merece un final a su altura. Y lo tendrá. Porque cuando el ciclismo decide no ser apto para cardíacos, se convierte en epopeya.
Esta tarde no se corre solamente una etapa.Se corre contra el tiempo, contra el rival y contra uno mismo.Y al caer la bandera, solo uno levantará los brazos. Pero todos habrán escrito, una vez más, una página ardiente en la leyenda del ciclismo mendocino.
Ruarte y Jacamo, unidos por la familia y la pasión del ciclismo
Minutos antes de que el pelotón emprendiera la mítica travesía hacia el Cristo Redentor de los Andes y que se cayeran las telarañas de la montaña (frase perpetuada por el periodista de El Gráfico Félix Suárez). Allí, con las manos manchadas de grasa y el motor del auto todavía tibio por la última prueba mecánica -"hay que subir tranquilos", decían-, estaban ellos: Ruarte y Jacamo. Dos leyendas del ciclismo argentino. Dos nombres que no se pronuncian: se evocan.
Unidos por la familia -cuñados desde hace décadas- y hermanados por la pasión indomable del ciclismo, son compadres de la vida y próceres de la ruta. El "Negro" Ruarte, sanjuanino de cuna, fue adoptado hace tiempo por nuestra provincia, que lo abrazó como propio. Y Jacamo, compañero de gestas y silencios, comparte con él el honor de haber ganado algo más que carreras: el respeto eterno de generaciones enteras. Porque la autoridad no se impone; se conquista. Y ellos la conquistaron pedal a pedal.
Ruarte, ganador de la primera Vuelta en 1977, repetiría la hazaña en 1979 y 1982. Cuando habla de la etapa de Cruz de Paramillos, sus ojos no miran: regresan."Esa etapa es única", dice, y en su voz cruje el ripio. "Tantas curvas, pendientes, el peligro de quedar varado, mojarte, romper la bicicleta. Camino de tierra, y a cada segundo tenías que estar atento. Había momentos en que debíamos vadear el agua que afloraba, mientras del otro lado acechaba el precipicio. ¡Cuántos tubos emparchábamos! No había la comodidad de hoy. Nosotros la hacíamos, y acá estamos. Cuando me tocaba abrir camino era más difícil todavía. Eso era sacrificio".
Sacrificio. La palabra cae como piedra en la montaña. No había vehículos de asistencia sofisticados ni tecnología salvadora. Había piernas, coraje y apenas un puñado de herramientas. Había barro en las manos y gloria en el alma. "La gané tres veces. Está en mi corazón. Regresar allí fue hermoso. Eso es ciclismo", sentencia, como quien firma un manifiesto.
Jacamo, ganador en 1980, sin pensar nos confesó mientras sonreía con la serenidad del que sabe que el pasado no pesa: eleva.: "La disfrutábamos. Era un trabajo en solitario, y me gusta mucho esa etapa. La haría de nuevo. Es la esencia del ciclismo, es valedera para la historia de la Vuelta. Es atravesar las nubes, acercarse a Dios desde la tierra".
Y no es metáfora vacía: es geografía espiritual. Subir y conquistar Paramillos es escalar también la memoria. Es sentir que cada curva guarda el eco de aquellas bicicletas castigadas por el viento, de esos hombres que abrían camino sin más escudo que la voluntad. "Los corredores deberían entrenar como hacíamos nosotros. Sería otra cosa. Para que la disfruten de verdad", agrega El Jaca, convencido de que el futuro necesita raíces profundas.
Allí estaban, entonces, antes de la partida, con las manos sucias y el corazón limpio. Dos hombres que arreglan un motor como antes arreglaban un tubular al costado del camino. Dos campeones que no se quejan del pasado ni desprecian el presente, pero recuerdan -con la autoridad de quien ganó en la intemperie- que el ciclismo no nació en la comodidad, sino en el sacrificio.








