Segunda Etapa: El Sur vibró con una jornada histórica

Villa Atuel y la impactante geografía sureña fue testigo del inicio, en tren controlado por Manuel Belgrano, durante cuatro cuadras hasta alcanzar la Ruta Nacional 143.

La escena era impecable en la 50 edición de la Vuelta Ciclista de Mendoza. La plaza Balbino Arizu, de Villa Atuel, lucía radiante, atravesada por las diagonales Belgrano y San Martín como si fueran venas abiertas hacia la historia y la pasión deportiva. El comentario se repetía entre los vecinos: "Qué hermosa está la plaza". Y no era solo una cuestión estética; era el orgullo de un pueblo que se preparaba para vivir una jornada inolvidable.

Por Orlando Pelichotti

Familias enteras, niños con camisetas ciclísticas, banderas de los equipos y con recuerdos de otras vueltas, amantes del deporte con cámaras en mano y hasta alguna Spica a pilas incluso: todos se hicieron presentes. Hubo selfies, autógrafos, abrazos y palabras de aliento para los valientes ciclistas que, concentrados pero cercanos, devuelven sonrisas antes de enfrentar el desafío.

Entre la multitud se mezclaban autoridades provinciales, ex campeones que supieron escribir páginas doradas del ciclismo mendocino y la vicegobernadora Hebe Casado, quien compartió el fervor popular en una postal donde la política y el deporte se fundían en un mismo entusiasmo.

Segunda Etapa: El Sur vibró con una jornada histórica

La etapa, considerada de transición, prometía ser todo menos tranquila. El llano extendido invitaba a la velocidad pura. No había margen para especular. Desde el primer movimiento del pelotón se percibía que sería una jornada vertiginosa, ideal para que los sprinters desplegaran potencia junto a sus equipos, afinados como relojes suizos.

Bandera verde en Villa Atuel

A las 14:41 en punto, el comisario Jorge Morgante bajó la bandera y habilitó la segunda etapa en medio de una multitud que colmaba cada rincón de la Plaza Balbino Arizu. La impactante geografía sureña fue testigo del inicio, en tren controlado por Manuel Belgrano, durante cuatro cuadras hasta alcanzar la Ruta Nacional 143. La razón era clara: la gente desbordaba entusiasmo y seguridad y espectáculo debían convivir sin riesgos.

El pelotón avanzó compacto, contenido, respirando expectativa. Giró a la derecha. Y entonces sí: se desató la verdadera emoción. El control se liberó y la ruta comenzó a dictar sentencia rumbo al lejano departamento General Alvear.

Pero el ciclismo, impredecible y feroz, no tardó en mostrar su rostro más crudo. Apenas ocho kilómetros después de la largada, una rodada importante sacudió la armonía del grupo. El golpe fue seco. Entre los damnificados, Tomás Ruiz sufrió la fractura de su bicicleta; Julián Alarcón y Joaquín Cabrera también se vieron comprometidos -este último con el cambio destrozado-, mientras Luciano Mut quedaba involucrado con el manillar quebrado en el incidente.

Fueron segundos de tensión máxima. La caravana se partió en tres bloques, como si la ruta hubiese abierto una grieta invisible. Sin embargo, la reacción fue inmediata. Los equipos técnicos actuaron con precisión quirúrgica: bicicletas de recambio, ajustes veloces, manos expertas devolviendo esperanza. En cuestión de minutos, los corredores lograron reorganizarse y, a pura determinación, conectaron con el pelotón principal.

La etapa recién comenzaba, pero ya había ofrecido una postal completa del ciclismo: multitud fervorosa, estrategia inicial, velocidad liberada y el infortunio que acecha en cada curva. Nada estaba escrito. Y la ruta hacia General Alvear prometía seguir poniendo a prueba coraje, temple y espíritu de equipo, que los recibiría con el viento cruzado.

El equipo de Municipalidad de Guaymallén tomó la delantera desde el primer pelotón, llevando al líder con precisión y determinación hacia adelante, marcando el ritmo que nadie se atrevía a desafiar. No tardaron en reaccionar los rivales: el equipo sanjuanino de Los Bichos Verdes, el sólido conjunto del Sindicato de Empleados Públicos y el equipo de Godoy Cruz, todos afilados, siguiendo cada pedalada con la concentración al máximo.

La velocidad era vertiginosa: 56 kilómetros por hora cortando el viento, con el rugido de las ruedas sobre el asfalto caliente y el murmullo del público a ambos lados del camino. Los espectadores, apostados a la vera de la ruta, aplaudían y alentaban.

¡Despierta Alvear, llegó el Giro!

Así, en una mezcla de coordinación y adrenalina, el pelotón avanzó por la Ruta Nacional 143, entrando en el departamento de General Alvear, ya con el viento a favor que parecía empujar las ruedas y la pasión hacia adelante. Apenas habían transcurrido 36 minutos desde el inicio de la competencia, pero la sensación era que cada instante contaba como una eternidad en esta carrera donde cada segundo podía marcar la diferencia.

El resto del pelotón mayoritario entró a calzada completa, apenas a cinco segundos de los escapados, como una marea que no da tregua y que mantiene viva la tensión en cada rueda. Sin perder tiempo, iniciaron el circuito cerrado de cinco vueltas por la Avenida San Martín, con las calles desbordadas de público que no cesaba de alentar a cada pedalada, gritando nombres y colores como un coro que parecía empujar a los corredores hacia adelante.

Mientras tanto, los punteros se despegaban más, aprovechando cada metro para marcar diferencia y poner a prueba la resistencia de sus perseguidores. Pasaron frente a la Capilla de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, un hito silencioso que miraba la velocidad y la estrategia desplegadas en la ruta.

A las 15:21, los giros del circuito comenzaron a marcar la verdadera prueba de fuerzas. Cada curva, cada ángulo, se convirtió en un desafío donde cada movimiento contaba. Fue en ese instante que Agustín Videla sufrió una pinchadura que podría haberlo detenido, pero su reacción fue inmediata: en menos de 30 segundos volvió a reincorporarse al pelotón, recordando que en esta etapa no hay margen para la resignación y que cada segundo perdido puede transformarse en una oportunidad para los valientes ciclistas.

Como era de esperarse, el pelotón se fragmentó. Los sprinters comenzaron a mostrar sus dientes y la carrera se dividió en hasta seis grupos distintos, regalando un espectáculo intenso a mendocinos y turistas que seguían cada giro, que duraba poco más de seis minutos y medio cada uno. Entre el público, los vendedores ambulantes se movían con la misma energía: helados, agua, gaseosas, algodón de azúcar y sanguches se ofrecían a un ritmo casi tan vertiginoso como el pelotón.

Segunda Etapa: El Sur vibró con una jornada histórica

La tercera vuelta marcó un punto clave: la primera meta Sprint, que fue para el ciclista brasileño 141 Otavio Augusto Gonzelli, luego Emiliano Montoya y tercero Facundo Ambrossi, la tensión, la estrategia y la velocidad se fundieron en un solo instante, dejando claro que esta etapa no era para espectadores pasivos: cada giro podía cambiar el rumbo de la carrera y definir quién estaba dispuesto a luchar hasta el último pedalazo.

¡San Rafael ahí vamos!

El viento soplaba en contra, un desafío invisible que parecía marcar el destino de la etapa. Bruno Contreras se lanzó primero, cortando el aire con decisión, mientras Nicolás Traico gritaba a través de su inalámbrico: "¡San Rafael, ahí vamos!". Detrás, a apenas un minuto, la serpiente multicolor del pelotón se extendía por la ruta, buscando su destino: el departamento de San Rafael, donde esperaba la bandera final.

El paso por Real del Padre no dejó a nadie indiferente. El rugido de las bicicletas, las sirenas de las motos de la policía y el mítico Ford Falcon que anunciaba por los altoparlantes, despertó a los habitantes de aquel pueblo sureño, interrumpiendo siestas y rutina con el pulso de la carrera. Los puestos de hidratación y los técnicos estaban atentos, vigilando cada pedalada. Ya se habían recorrido 77 kilómetros desde el inicio, y aún faltaban 47 para el cierre de la jornada.

En la delantera, los escapados escribían su propia epopeya: Leonardo Cobarrubia del equipo S.E.P. San Juan, dorsal 143; Edson Gilmar de Rezende Junior, desde Minas Gerais, Brasil; y Jaime Lobos, también del SEP San Juan, quien recordaba con orgullo su regreso después de aquel robo que sufrió en diciembre. Estos hombres avanzaban como almas en misión, conscientes de que cada segundo contaba.

51 segundos atrás, el pelotón avanzaba firme, cada pedalada cargada de tensión y estrategia. Los escapados continuaron su marcha heroica, atravesando Villa Atuel y dirigiéndose directamente hacia Salto de las Rosas, donde en la estación de servicios YPF la carrera alcanzó un punto crítico: el grupo estaba apretado, dejando todo en la ruta. Al frente se destaca Otavio Augusto Gonzelli del equipo Localiza MEO, de Brasil, también con el dorsal 141; Facundo Ambrossi, con el 47; y el chileno Elías Daniel Tello, con el dorsal 136, todos impulsados por la fuerza de la competencia y la adrenalina del momento.

Conectando con la Ruta Nacional 163, el cielo nublado y el viento lateral de derecha imponían su propio desafío, convirtiendo cada kilómetro en un examen de resistencia y técnica. La carretera parecía respirar junto a los corredores, recordándoles que en esta etapa no hay margen para titubeos.

Meta alcanzada: la avenida Bartolomé Mitre testigo de héroes sobre ruedas

El tramo final elevaba la tensión a su punto máximo. Al girar a la izquierda para ingresar a la ciudad, en lugar de tomar la derecha de la rotonda Juan Bautista Alberdi, las diferencias se ampliaron, y los ciclistas encararon el centro de San Rafael, que se transformó en un escenario de gloria. Entre el rugido del público y los aplausos que llenaban cada margen, la carrera alcanzó su clímax en un embalaje masivo de cinco punteros que lo dieron todo hasta el último metro.

Los cinco escapados que marcaron la historia de la jornada fueron: Germán Broggi de Godoy Cruz; Román Mastrángelo de Municipalidad de Tupungato; Nicolás Traico, vencedor de la etapa reina al Cristo Redentor y de las 500 Millas en Uruguay; el barilochense Denis Heredia, del equipo Tupungato; y Julián Barrientos, dorsal 165, del SEC San Juan. Cada pedalada, cada esfuerzo, cada segundo contaba en esta epopeya sobre ruedas.

Finalmente, los héroes de la ruta ingresaron juntos, apretados, por la avenida Bartolomé Mitre, cruzando la meta frente a Fas Electricidad, cerrando una etapa donde velocidad, estrategia y voluntad se habían entrelazado con el viento, el cielo y la mística de una carrera que honra a los valientes.

La victoria quedó para José Román Mastrángelo, oriundo de Chivilcoy, quien, pechando su bicicleta y con una determinación absoluta, anotó su nombre en el libro del deporte mendocino. La segunda ubicación fue para Julián Barrientos y el tercer lugar para Nicolás Traico. Gracias a esta jornada, el peruano Royder Navarro completó los 3 horas, 21 minutos y 14 segundos, y mañana largará con la casaca amarilla y blanca de líder de la Vuelta, con el tiempo oficial de 3 horas 07 minutos 12 segundos.

El sur vivió esa meta, que no fue solo el final de una etapa: fue un espectáculo de coraje, estrategia y pasión que quedará grabado en la memoria de quienes aman el ciclismo y en la historia de la Vuelta de Mendoza, en su boda de oro.

Todas las voces, todas

Mucha gente salió al encuentro de los valientes ciclistas tras cruzar la meta. Entre la lluvia que comenzaba a caer, el ambiente se llenó de aplausos, vítores y emoción contenida. Diario PORTADA recogió las voces de quienes hicieron de la jornada un recuerdo imborrable.

José Román Mastrángelo, ganador de la etapa, no pudo contener la emoción: "Hoy cumple mi hija más chica, me acompañan mi señora... " Una lágrima se le escapó tras una pausa. "El miércoles falleció mi madre, no logré despedirla porque no llegaba... no es tristeza, es un homenaje a ella", dijo mirando al cielo. A pesar del dolor, su alegría se mezclaba con orgullo y gratitud: "Mi equipo me apoyó en cada segundo. Pasé de largo en esa rotonda, pero recuperamos tiempo y pudimos darle esta alegría a todo el equipo. Falta mucho, mañana será una etapa dura. Es la única vuelta que me falta ganar; ya gané la Doble Bragado y la difícil Vuelta de San Juan. Qué felicidad hoy".

Por su parte, el peruano Royder Navarro, líder de la Vuelta, expresó su satisfacción con humildad y esperanza: "Es una etapa muy dura, di todo lo que tenía como ayer. Falta mucho por recorrer. Me siento bendecido de estar aquí, y me ayuda mañana partir con la misma casaca. Llueve y es otro regalo del cielo... "

Entre la lluvia y los aplausos del público, la jornada se cerró como un testimonio de coraje, sacrificio y pasión. Cada ciclista, cada pedaleada y cada lágrima contenida fueron la evidencia de que la Vuelta de Mendoza no solo premia la velocidad: honra la entrega, la resiliencia y la emoción de quienes viven el ciclismo con el corazón.

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