España campeón del Mundial 2026: gracias, Selección Argentina, por otra generación inolvidable
España se quedó con el Mundial 2026 tras vencer a Argentina en la final. Más allá de la derrota, la Selección volvió a dejar una marca imborrable por su entrega, su identidad y una generación que cambió para siempre la historia del fútbol argentino.
España es la nueva campeona del mundo. La Selección Argentina no pudo con la Furia Roja y, por eso, los europeos levantaron con absoluta justicia la Copa del Mundo. No hay excusas ni reproches cuando el rival fue superior. El fútbol, como la vida, también enseña a reconocer al que hizo mejor las cosas. Argentina nunca logró encontrar los caminos hacia el arco rival. No registró un solo remate entre los tres palos y el mediocampo, incluso con los ingresos desde el inicio de Rodrigo De Paul y Nicolás González, jamás pudo imponerse frente a una España que dominó la pelota, los tiempos y el desarrollo del encuentro.
Pero hoy, sinceramente, creo que el análisis estrictamente futbolístico puede esperar. Habrá tiempo para discutir planteos, cambios, rendimientos individuales y decisiones tácticas. Habrá horas de televisión, columnas de opinión y miles de debates para encontrar responsables donde quizá no los haya. Hoy no. Hoy prefiero detenerme en otra cosa. Prefiero hablar de las emociones que deja esta Selección Argentina, de un grupo de jugadores que durante años nos acostumbró a vivir del lado de la felicidad. De un equipo que nunca bajó los brazos, que siempre encontró una respuesta cuando parecía no haber salida y que hizo de la resiliencia una marca registrada.
Porque si algo tuvo este Mundial fue dificultad. Desde los dieciseisavos de final hasta la final, Argentina nunca atravesó un partido cómodo. En algunos casos por la jerarquía de sus rivales; en otros, por errores propios. Pero siempre apareció algo: carácter, rebeldía y personalidad para levantarse una y otra vez. Ahí están los partidos frente a Egipto e Inglaterra para demostrarlo. Cuando muchos pensaban que todo estaba perdido, este equipo encontró fuerzas donde parecía imposible. Sacó orgullo, corazón y amor propio para dar vuelta historias que parecían sentenciadas. Eso también es competir. Eso también es representar una camiseta. Hasta que llegó esta final. Y esta vez no alcanzó.
No encontró nunca la manera de lastimar a España y el desgaste físico terminó siendo otro rival imposible de superar. Nicolás Tagliafico jugó el tiempo suplementario prácticamente con una sola pierna. Cristian "Cuti" Romero y Lisandro Martínez tuvieron que abandonar el campo antes del final de los 90 minutos por lesiones. El cuerpo también habla. Muchas veces, cuando la cabeza quiere seguir, las piernas dicen basta. Aun así, nadie dejó de correr. Nadie dejó de intentarlo. Nadie dejó de representar a la Argentina hasta el último segundo. Por eso me cuesta hablar de derrota. Porque hay derrotas que duelen por el resultado y otras que, con el paso del tiempo, terminan engrandeciendo a quienes las protagonizaron.
Esta Selección nos dio muchas más alegrías que tristezas desde aquel 2021 que cambió para siempre la historia reciente del fútbol argentino. Es más, no quiero pecar de soberbio, pero durante mucho tiempo las tristezas parecieron haberse tomado vacaciones. Nos acostumbraron a ganar. Nos acostumbraron a jugar finales. Nos acostumbraron a mirar cada torneo sabiendo que Argentina era candidata. Y eso, para quienes crecimos viendo tantas frustraciones, ya es muchísimo.
Claro que usted y yo queríamos otra estrella. Porque somos argentinos. Respiramos fútbol. Vivimos fútbol. Discutimos fútbol. Nos peleamos por fútbol. Y hasta cuando prendemos la PlayStation para jugar un partido con amigos sentimos que estamos disputando una final del mundo. Así somos. Y está bien que así sea. Porque el hincha argentino no sabe mirar este deporte de otra manera. Ama demasiado esta camiseta como para conformarse con participar. Siempre quiere ganar. Siempre quiere una vuelta más. Siempre quiere una estrella más.
Pero también hay que saber agradecer. Hoy solo queda ponerse de pie y aplaudir a estos jugadores que dejaron absolutamente todo por la camiseta. Que nunca especularon. Que jamás eligieron el camino fácil. Que entendieron desde el primer día que representar a la Selección era mucho más que jugar al fútbol.
Y hacerlo, una vez más, de la mano de su capitán. Lionel Messi. Quizás hoy haya jugado su último Mundial. Ojalá que no. Ojalá todavía tenga una Copa América más en su camino. Ojalá el fútbol nos regale algunos capítulos más de una historia que cambió para siempre la relación entre el mejor jugador del mundo y su país. Pero si realmente este fue su último baile en una Copa del Mundo, entonces solo queda decir gracias. Gracias por insistir cuando era más fácil renunciar. Gracias por volver cuando muchos lo habían despedido. Gracias por soportar críticas que muchas veces fueron injustas. Gracias por enseñarnos que los sueños no siempre llegan cuando uno quiere, pero llegan para quienes no dejan de perseguirlos.
Lo dice alguien que durante muchos años fue uno de esos argentinos que cuestionó a Messi. Nunca entendía cómo el jugador que rompía todos los récords en Barcelona no podía hacer lo mismo con la camiseta argentina. Con el tiempo entendí que el error era mío. Creía que él debía resolverlo todo solo. Hasta que apareció Lionel Scaloni. Y Scaloni nos enseñó una de las lecciones más importantes de este ciclo: a Messi no había que discutirlo, había que acompañarlo. Había que construir un equipo que potenciara al mejor futbolista del planeta. Había que darle herramientas para crear, para disfrutar y para liderar. El resultado fue, probablemente, la etapa más gloriosa que muchos de nosotros vimos con la camiseta argentina.
Argentina encontró una generación extraordinaria. Desde Emiliano "Dibu" Martínez, que volvió a demostrar por qué es el arquero indiscutido de esta Selección y una vez más fue figura, pasando por una dupla central formada por Cristian Romero y Lisandro Martínez que, cuando estuvieron físicamente enteros, fue prácticamente infranqueable. En el mediocampo hubo altibajos, como sucede en cualquier torneo largo, pero nunca faltaron el compromiso, el sacrificio y la entrega. Y arriba aparecieron Julián Álvarez y Lautaro Martínez aportando goles, presión, solidaridad y el convencimiento de que, jugara quien jugara, lo importante siempre era el equipo. Eso fue esta Selección: un equipo. Y en tiempos donde el individualismo parece imponerse en todos los ámbitos de la vida, esa también fue una enorme enseñanza.
Con esta generación siempre sentimos que Argentina podía pelear por cualquier título. Porque además de competir, jugó un fútbol que representó la esencia del hincha argentino: intensidad, compromiso, talento, rebeldía y corazón. Y esa identidad vale tanto como cualquier sistema táctico. Porque los títulos llenan las vitrinas, pero las formas son las que terminan conquistando para siempre el corazón de la gente.
España fue un justo campeón. No solo por esta final, sino también por todo el camino recorrido. Tiene una identidad muy marcada, una idea de juego clara y una generación que promete dominar el fútbol durante muchos años. Con futbolistas como Lamine Yamal, que hace tiempo dejó de ser una promesa para convertirse en una realidad, el futuro español parece estar asegurado. Quienes aman este deporte disfrutan de su talento cada fin de semana en Barcelona.
Se terminó un Mundial de 104 partidos. Se fueron esos días en los que organizábamos la agenda alrededor de un partido. Se fueron las madrugadas, los nervios, los abrazos, los gritos, las cábalas y las discusiones. Se fueron las lágrimas de felicidad y también las de tristeza. Pero quedará el recuerdo. Porque los Mundiales duran apenas un puñado de semanas, mientras que las historias permanecen para siempre.
Ahora llegará el tiempo de la Copa América 2028 y, más temprano que tarde, el Mundial 2030. Aunque hoy parezca lejano, el calendario siempre corre más rápido de lo que imaginamos. Y cuando vuelva a rodar la pelota, ahí estaremos otra vez. Porque eso hacemos los argentinos. Volvemos. Siempre volvemos a ilusionarnos. Porque el fútbol tiene esa maravillosa costumbre de devolvernos la esperanza incluso cuando el dolor todavía está fresco.








