La experiencia que nadie te enseña: ¿dónde se aprende a trabajar?

Las empresas valoran conocimientos y títulos, pero también buscan algo más difícil de acreditar: la capacidad de trabajar con otros, resolver problemas reales y asumir responsabilidades. ¿Cuándo y dónde se desarrollan esas competencias?

Diego Vidal Silva
Profesor y Licenciado en Sistemas y Computación. Docente e investigador en la UNCUYO. Especialista en educación digital e inteligencia artificial. Maestrando en Enseñanza en Escenarios Digitales. Cofundador de SCIENC3S

Hace unos días me encontré con un amigo, Eduardo. La consulta, en principio, no era específicamente sobre tecnología ni sobre inteligencia artificial. Era algo mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más profundo.

Su hija, Maga, está terminando sus estudios como programadora. Se preparó durante años, aprobó materias, rindió exámenes y construyó una formación sólida. Sin embargo, al comenzar a buscar trabajo se encontró con una situación que se repite en muchos sectores: las empresas piden experiencia.

Y ahí apareció una pregunta tan sencilla como incómoda:

-¿Cómo adquiere experiencia si nadie le da la primera oportunidad?

La conversación me quedó dando vueltas durante varios días porque, en realidad, no habla solamente de programación. Habla de una tensión que atraviesa a gran parte de los jóvenes que ingresan al mercado laboral.

La experiencia que nadie te enseña: ¿dónde se aprende a trabajar?

Hace unas semanas hablábamos de esto en un panel de profesionales egresados de la UNCUYO. Por un lado, las universidades y los institutos forman profesionales. Por otro, las organizaciones buscan personas que ya hayan recorrido parte del camino. Entre ambos aparece una brecha difícil de resolver.

Durante mucho tiempo creímos que terminar una carrera era el punto de llegada. Hoy, en muchos casos, se convirtió en el punto de partida.

Pero esa brecha no se explica solo porque las empresas pidan experiencia. También se explica porque el mundo del trabajo cambió de velocidad. Antes, una persona podía ingresar a una organización, aprender durante un tiempo, equivocarse, mirar cómo trabajaban otros y construir oficio de a poco. Hoy, en cambio, muchas organizaciones esperan que ese recorrido ya venga incorporado.Y ahí aparece la inteligencia artificial.

No como un tema aparte, sino como parte de ese cambio de época. La IA no solo automatiza tareas: también modifica lo que se espera de una persona que recién empieza.

Un programador junior, por ejemplo, ya no compite solamente con otros jóvenes que escriben código. También ingresa a un mundo donde existen herramientas capaces de sugerir soluciones, detectar errores, generar fragmentos de código o explicar un problema técnico en segundos.

La experiencia que nadie te enseña: ¿dónde se aprende a trabajar?

Eso no significa que la IA reemplace automáticamente a quien recién empieza. Pero sí cambia la vara. Si la herramienta puede resolver una parte de la tarea, el valor humano empieza a desplazarse hacia otro lugar: comprender el problema, hacer buenas preguntas, revisar lo que la IA propone, detectar errores, comunicarse con otros y tomar decisiones con criterio.

Mientras discutimos si la IA reemplazará empleos o transformará profesiones, está ocurriendo algo más profundo: el conocimiento técnico envejece cada vez más rápido. Lo que una persona aprende hoy puede necesitar actualización dentro de pocos años, o incluso meses.

Por eso las organizaciones ya no buscan solamente conocimientos. Buscan capacidad de adaptación, aprendizaje continuo, pensamiento crítico, comunicación, trabajo en equipo y resolución de problemas. Lo que solemos llamar habilidades blandas, aunque de blandas tienen poco.

La inteligencia artificial puede escribir textos, generar imágenes, programar código o resumir documentos. Pero todavía necesita personas capaces de interpretar contextos, formular buenas preguntas, tomar decisiones y trabajar con otros.

La experiencia que nadie te enseña: ¿dónde se aprende a trabajar?

Lo veo también en la universidad. En primer año de Programación, en la Facultad de Ingeniería, ya no tiene sentido enseñar como si la inteligencia artificial no existiera. Por eso trabajamos con ella desde el inicio, pero de una manera particular: no para que resuelva los problemas por los estudiantes ni para que escriba el código completo, sino para que funcione como un asistente que ayude a comprender. Les enseñamos a preguntar, a analizar respuestas, a detectar errores y a entender la lógica detrás de una solución. Porque el objetivo no es formar personas que dependan de la IA, sino profesionales capaces de trabajar con ella sin dejar de pensar.

Quizás por eso la experiencia más valiosa no sea la que figura en un currículum.

La experiencia más valiosa es aprender a aprender.

Y esa es, precisamente, la experiencia que casi nadie enseña de manera explícita.

Las familias suelen preocuparse por las notas. Las escuelas por los contenidos. Las universidades por los programas. Las empresas por los resultados. Sin embargo, el mercado laboral actual parece premiar cada vez más a quienes desarrollan la capacidad de reinventarse.Pienso en mi hijo de once años y en los estudiantes con los que trabajo todos los días.

Probablemente ejerzan profesiones que todavía no existen o trabajen con tecnologías que hoy apenas estamos imaginando. Sería ingenuo prepararlos únicamente para una herramienta o un puesto específico.

Por eso vuelvo a Maga y a tantos jóvenes que están en una situación parecida. No alcanza con decirles que sigan estudiando. Tampoco alcanza con pedirles experiencia como si esa experiencia apareciera sola. Entre la formación y el primer empleo tiene que haber puentes: prácticas reales, mentorías, proyectos, acompañamiento docente, vínculos con organizaciones y oportunidades para equivocarse aprendiendo.

Tal vez el desafío ya no sea enseñar respuestas, porque muchas de ellas ya pueden encontrarse en la nube.

Tal vez el desafío sea formar personas capaces de seguir aprendiendo cuando las respuestas cambian.

Porque la inteligencia artificial seguirá evolucionando. Las profesiones seguirán transformándose. Las tecnologías seguirán apareciendo.

La pregunta, entonces, vuelve al comienzo:

¿Estamos enseñando conocimientos para conseguir el primer trabajo o capacidades para construir una vida profesional completa?

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