Berta Zorreguieta: la tía abuela de la reina Máxima que desafió a un terremoto y al olvido

Detrás del antiguo sector del Cementerio de la Ciudad de Mendoza, en una impactante nichera comunitaria, una pequeña lápida de mármol blanco, desteñida por el sol impiadoso de más de un siglo, resiste el paso del tiempo. Apenas una discreta placa de bronce revela un nombre que hoy pocos recuerdan: Berta Zorreguieta de Richard Lavalle.

Allí, en ese rincón donde el silencio parece haber vencido a la memoria, descansan los restos de quien fuera tía abuela de la reina consorte de los Países Bajos, Máxima Zorreguieta. Pero ese vínculo familiar es apenas una nota al pie de una vida mucho más profunda.

Antes que un apellido ligado a la realeza, Berta fue una mujer que eligió quedarse del lado del dolor ajeno. Una mendocina que, cuando la tierra tembló y la tragedia cubrió de luto a la provincia, convirtió la compasión en una forma de coraje.

Berta Zorreguieta: la tía abuela de la reina Máxima que desafió a un terremoto y al olvido

Porque a veces los grandes personajes no descansan bajo mausoleos monumentales. A veces esperan en una sencilla lápida olvidada, hasta que alguien vuelve a pronunciar su nombre.

Un apellido que cruzó generaciones

La historia comienza con Amadeo Zorreguieta nacido en Salta en 1868. Fue hijo de Mariano Zorreguieta y Jesús Hernández. Durante su juventud viajó a Buenos Aires, donde conoció a la joven Máxima Bonorino. Se casaron al poco tiempo y eligieron el barrio de Caballito para comenzar una nueva vida. Allí nacieron sus hijos: Amadeo Roberto y Berta, que fuera bautizada meses después, el 6 de octubre de 1896 en la iglesia de San José de Flores-, y Juan Antonio, nacido el 19 de septiembre de 1897.

A fines de 1898, la familia dejó la Capital Federal y emprendió viaje hacia Mendoza. Nadie podía imaginar entonces que aquella decisión uniría para siempre a los Zorreguieta con la historia de esta provincia. Aquí crecerían sus hijos, la niña Berta encontraría parte de su camino. Y desde estas tierras también comenzaría a extenderse una rama familiar que, décadas más tarde, llegaría hasta Europa.

La historia continuó con Juan Antonio Zorreguieta, quien fue padre de Jorge Horacio Zorreguieta Stefanini (1928-2017). Años después, Jorge contrajo matrimonio con María del Carmen Cerruti, y de esa unión nació, en Buenos Aires, el 17 de mayo de 1971, Máxima Zorreguieta Cerruti, actual reina consorte de los Países Bajos.

Guillermo Alejandro y Máxima, en el balcón del Palacio Real en Amsterdam, el 2 de febrero de 2002,

Guillermo Alejandro y Máxima, en el balcón del Palacio Real en Amsterdam, el 2 de febrero de 2002,

Jorge Zorreguieta se desempeñó como secretario de Agricultura y Ganadería durante la dictadura militar autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, devenido en genocidio. Esa circunstancia generó, años más tarde, una fuerte controversia internacional durante el compromiso y posterior matrimonio de su hija con el entonces príncipe Guillermo Alejandro de los Países Bajos.

Un hombre de servicio

Amadeo Zorreguieta Hernández nunca buscó el protagonismo. Prefería caminar por las calles de Mendoza, escuchar a los vecinos y resolver sus problemas antes que pronunciar grandes discursos. Fue concejal, legislador provincial, convencional constituyente, ministro del gobernador Rufino Ortega (hijo), e intendente interino de la Ciudad de Mendoza (del 26 de agosto hasta el 27 de diciembre de 1910). También integró la Comisión Directiva del Tiro Federal Mendoza y el tradicional Club de Pelota Vasca, convencido de que el compromiso con la comunidad iba mucho más allá de la política.

Impulsó importantes obras públicas que se publicaron en los diarios de la época, promovió la apertura de nuevas calles, dejando una huella silenciosa en la ciudad. Impulsó junto a una comisión integrada por Francisco Pascacio Moreno, Estanislao Gaviola y Luis Lagomaggiore la elección del Cerro del Pilar (actual Cerro de la Gloria), para levantar el monumento a la Gesta Libertadora en 1912. También promovió la construcción de escuelas fiscales e incorporó el tranvía eléctrico en la ciudad y sus alrededores. Esa forma de entender el servicio marcó también a su hija Berta, quien años después haría de la solidaridad su mayor legado.

Berta Zorreguieta: la tía abuela de la reina Máxima que desafió a un terremoto y al olvido

Hoy, los restos mortales de Amadeo descansan en una sobria bóveda de mármol negro, en el antiguo sector del Cementerio de la Ciudad de Mendoza. El tiempo los separó en la muerte, pero la memoria vuelve a reunir a padre e hija en esta misma historia.

Berta, una mujer adelantada a su tiempo

En una época en la que las mujeres debían escuchar en silencio, Berta aprendió a preguntar. Creció en una casa donde la política era parte de la vida cotidiana. Desde muy joven acompañó a su padre en recorridas por distintos rincones de aquella Mendoza de 1910, asistió a actos públicos y escuchó conversaciones que, por entonces, parecían reservadas solo para los hombres. Él le concedió una libertad poco frecuente para la época. La dejaba participar de reuniones, compartir mesas de diálogo y asistir, junto a sus amigas, a encuentros sociales donde se debatían ideas y se imaginaba el futuro de la provincia.

Fue en ese ambiente de inquietudes donde conoció al escritor Enrique Richard Lavalle, un hombre apasionado por la historia argentina y los círculos bohemios de Buenos Aires. Entre libros, tertulias y largas conversaciones nació un amor sereno. No sería una historia extensa. La muerte de Berta llegó demasiado pronto y la pareja nunca tuvo hijos. Sin embargo, quienes los conocieron recordaban la profunda admiración que ella sentía por su esposo. El escritor Ricardo Tudela evocó esa devoción silenciosa que llevaba a Berta a acompañarlo en cada paso de su carrera.

Dicen que detrás de todo gran escritor hay alguien que sostiene el silencio. En la vida de Enrique, esa presencia fue Berta. Lo acompañó en conferencias y presentaciones por Mendoza, Buenos Aires y Chile. Escuchó, una y otra vez, las páginas que luego formarían parte de obras como Cronicones bonaerenses, Tres novelas coloniales, Los héroes de hierro y En la paz de la aldea. Compartió con él la emoción de publicar las biografías dedicadas a su abuelo Juan Lavalle, también de Domingo Faustino Sarmiento, y del General San Martín y también celebró sus incursiones en la poesía, como Claror de luna, además de cientos de las fábulas y el poemario La Cautiva

Nunca necesitó ocupar el escenario. Le bastaba con compartir el camino. Esa admiración no fue pasiva. Fue una forma de amor y de compromiso. Una complicidad construida entre libros, trenes, aplausos y tardes de lectura. Quizá por eso, cuando el terremoto de 1920 cubrió de muerte y desolación el norte mendocino, comprendió que también había historias que no debían escribirse con tinta. Había llegado el tiempo de escribirlas con las propias manos.

Cuando la tierra despertó, su alma también

El 17 de diciembre de 1920, y el reloj marcaba las 18.59, la tierra rugió sin piedad. Un terremoto cambió para siempre la vida de cientos de familias de Costa de Araujo, Lavalle y El Central, cuando quedaron reducidos al silencio de los escombros. Más de 200 personas murieron. Alrededor de 400 resultaron heridas. Pero la cifra creció con los días, al llegar noticias desde los puestos más alejados del secano.

Berta Zorreguieta: la tía abuela de la reina Máxima que desafió a un terremoto y al olvido

Berta no esperó respuestas. Salió junto a un grupo de amigas a recorrer los lugares más castigados. Consoló a quienes acababan de perderlo todo. Cargó niños, acompañó ancianos, preparó vendajes improvisados y repartió agua donde el dolor parecía no tener fin. Un diario de la época la describió como una mujer delgada, pero de manos fuertes. Quizá porque entendió que, en ciertos momentos, la verdadera fortaleza no se mide en el cuerpo, sino en el corazón.

Los heridos rápidamente desbordaron el Hospital Provincial (luego sería Hospital Emilio Civit y actualmente es el Espacio de Fotografía Máximo Arias), inaugurado en 1907 en el entonces Parque del Oeste (actual Parque General San Martín). Sus pabellones, rodeados de jardines, quedaron pequeños frente a la tragedia. Camillas, colchones y mantas se multiplicaban mientras médicos y voluntarios luchaban contra el cansancio.

Pero Berta siguió. Cuando cesaron los temblores comenzaron otras batallas. Organizó colectas de ropa, alimentos y materiales de construcción. Volvió una y otra vez al norte mendocino. No fue un gesto de un día. Fueron semanas. Meses. Una obstinación silenciosa por devolver un poco de esperanza allí donde la tierra había abierto heridas imposibles de cerrar.

Donde el silencio guarda un nombre

Amanece lentamente en la ciudad de los muertos. El frío se aferra al mármol y ese silencio parece más antiguo que los recuerdos. Entre pasillos, bóvedas y mausoleos donde descansan gobernadores, militares y apellidos ilustres, una sencilla lápida de mármol blanco resiste el paso del tiempo. Apenas una pequeña placa de bronce conserva un nombre que casi nadie pronuncia: Berta Zorreguieta de Richard Lavalle.

La tarde del 4 de julio, en una habitación del antiguo Hospital Provincial, la tuberculosis terminó por apagar su vida. La enfermedad había consumido lentamente su cuerpo, debilitándolo hasta los huesos, pero jamás consiguió quebrar su espíritu. En aquellos años, el temor al contagio imponía distancias dolorosas. Pocos pudieron acompañarla en sus últimos días. El silencio fue, quizás, su último compañero.

Berta Zorreguieta: la tía abuela de la reina Máxima que desafió a un terremoto y al olvido

Y, sin embargo, esa mujer que murió casi en soledad había dedicado buena parte de su existencia a estar junto a los demás. Cuando Mendoza lloró a sus muertos tras el terremoto de 1920, ella eligió el camino más difícil: el de tender la mano, consolar, reunir ayuda y regresar una y otra vez a los lugares donde el dolor parecía no tener fin.

Apenas una lápida sencilla escondida en el viejo cementerio la recuerda. Tal vez la historia sea injusta con quienes nunca buscaron reconocimiento. Y mientras alguien vuelva a detenerse frente a ese nombre escrito en el mismo mármol y decida contar quién fue Berta, el olvido habrá perdido una batalla más.

(Agradecimientos al equipo del Cementerio de la Ciudad de Mendoza, a José Curia, a Juan Masella de la Hemeroteca de Biblioteca San Martín, a Alicia Guevara del Archivo General de Mendoza, y a doña Francisca de Lavalle, que pidió no colocar su apellido quien aportó datos y pruebas de la amistad de su abuela con Berta).

Esta nota habla de:

Nuestras recomendaciones