1928: el día en que un avión cayó en el centro de Mendoza

Aquella calurosa mañana del sábado 15 de diciembre de 1928, Mendoza amaneció tranquila, aunque el cielo anunciaba tormenta para la noche y en las casas comenzaban los preparativos para las próximas celebraciones de Navidad, que generaba expectativas que antecedía a las reuniones familiares de fin de año.

Mendoza tenía todavía muy presente el recuerdo de las tragedias de Jorge Newbery (el 1 de marzo de 1914, en Los Tamarindos, Las Heras) y Benjamín Matienzo (el 29 de mayo de 1919, en la alta montaña), dos nombres que habían quedado ligados para siempre a la historia de la aviación argentina, pero al mismo tiempo los aviones comenzaban a formar parte de su vida cotidiana y, por su ubicación estratégica, el Aero Club Mendoza y la Base Tamarindos tenían una intensa actividad vinculada con el mundo aeronáutico.

A primera hora de ese 15 de diciembre, en las instalaciones del IV Grupo de Observación, el joven teniente bonaerense Bartolomé Malatesta revisaba los grandes aviones militares apostados, siguiendo seguramente aquellos procedimientos que para los aviadores formaban parte de una rutina indispensable antes de confiar la vida a una máquina. Allí se encontraba también el aviador civil José Herrada, quien lo invitó a subir a un pequeño avión para realizar unas maniobras sobre la ciudad, una propuesta que Malatesta aceptó sin imaginar que aquel vuelo breve, aparentemente cotidiano, terminaría convirtiéndose en el último de su vida.

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Antes de despegar revisaron detenidamente el motor, comprobaron el funcionamiento de la hélice de madera y, al no encontrar ninguna anomalía que hiciera prever lo que estaba a punto de suceder, ocuparon sus lugares y encararon la pista principal.

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Eran aproximadamente las nueve de la mañana cuando el pequeño aeroplano abandonó tierra, sin un plano de vuelo concreto y lentamente comenzó a ganar altura sobre Mendoza. El recorrido previsto era corto, sobre nuestra capital a unos quinientos metros de altura para luego emprender el regreso a la Base Tamarindos, y durante los primeros minutos todo pareció desarrollarse con absoluta normalidad. Desde aquella altura la ciudad debía aparecer tranquila, extendida bajo ellos, con sus calles, sus árboles, sus casas y sus plazas, mientras abajo los mendocinos continuaban con sus actividades sin prestar demasiada atención a un avión que formaba parte de un paisaje que, poco a poco, comenzaba a hacerse habitual.

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Últimos minutos en el aire

A las 9.14, cuando emprendían el regreso, un fuerte estampido rompió de manera repentina aquella tranquilidad y el ruido se extendió por una ciudad que apenas comenzaba a despertar. En las inmediaciones de las calles Primitivo de la Reta, Vicente López y Amigorena, cerca de la calle Alem, algunos vecinos pudieron observar entonces una escena que difícilmente olvidarían: un aeroplano que descendía a muy baja altura y que parecía buscar desesperadamente un lugar donde aterrizar, mientras debajo se extendían los árboles, las casas, los cables y las calles de una ciudad que no ofrecía demasiadas posibilidades para una maniobra de emergencia.

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El avión intentó encontrar un espacio abierto y durante aquellos segundos los pilotos debieron maniobrar entre los obstáculos del centro mendocino, pero el motor de cuatro cilindros comenzó a humear hasta detenerse, dejando a la máquina prácticamente sin posibilidades de mantenerse en el aire.

El tren de aterrizaje alcanzó entonces las ramas de un enorme carolino, que quebró el ala derecha y destrozó la hélice, mientras el aeroplano se precipitó de cola contra el muro de una vivienda situada en casa Vicente López N. 187, con una violencia tal que el propio motor terminó introduciéndose por el zaguán de la casa.

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El estruendo hizo que los vecinos y los transeúntes salieran inmediatamente de sus viviendas y se acercaran al lugar, donde encontraron una escena difícil de describir: entre hierros, maderas, fragmentos del fuselaje y el tren de aterrizaje habían quedado atrapados los dos aviadores, ensangrentados y todavía con signos vitales. La ayuda llegó rápidamente, pero las heridas de Malatesta eran demasiado graves y las crónicas de aquellos días señalaron que falleció mientras era trasladado al hospital, mientras José Herrada fue llevado al Hospital Provincial, donde se registraron graves lesiones en el parietal derecho, en las vértebras sacrodorsales y heridas internas, según quedó asentado posteriormente en el libro oficial de ese nosocomio.

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La noticia se extendió rápidamente por Mendoza y en pocos minutos comenzó a llegar gente desde distintos puntos de la ciudad. Centenares de personas se congregaron alrededor del lugar, formando una multitud que observaba con consternación cómo las autoridades realizaban las primeras diligencias mientras los restos de la aeronave permanecían esparcidos entre la calle, los árboles y la vivienda contra la cual había terminado su vuelo.

Durante buena parte de la jornada los curiosos permanecieron alrededor del lugar, siguiendo con la mirada cada movimiento de quienes trabajaban para retirar los restos, y mientras avanzaban las horas aquella escena extraordinaria fue perdiendo lentamente su forma hasta convertirse en una acumulación de hierros, maderas y piezas irreconocibles.

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Sin embargo, para quienes habían presenciado el accidente, el avión no desaparecía con la retirada de sus restos, porque quedaba grabada en la memoria aquella imagen inesperada de una máquina descendiendo entre los árboles, buscando un lugar donde salvarse, hasta que finalmente el cielo dejó de sostenerla.

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Mendoza continuaría preparando aquella Navidad, las familias volverían a reunirse y las calles recuperarían su movimiento habitual, pero desde ese día el nombre de Bartolomé Malatesta quedaría unido a una de esas historias que sobreviven mucho más allá de quienes las protagonizaron.

Parte oficial, el IV Grupo de Observación informa:

Siendo más o menos las 9 horas el piloto José Herrada despegó del Campo de Aviación del Aero Club de Mendoza, acompañado del teniente D. Bartolomé Malatesta. El vuelo se desarrolló normalmente en los primeros minutos, pero siendo las 9.15 horas, se pudo observar que la máquina fallaba, lo que determinó a los pilotos la necesidad de buscar un lugar apropiado para aterrizar, tratando de hacerlo en la Plazoleta Vicente López. En esta maniobra el avión tomó la copa de los álamos de la calle Primitivo de la Reta, destrozándose parte del ala izquierda.

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Debido a esas circunstancias el avión perdió sus condiciones de vuelo, e inclinándose sobre ese costado, fué a estrellarse en la vereda y puerta de la casa Vicente López N. 187. Al correr los vecinos que se hallaban más próximos, pudieron comprobar que el teniente Malatesta había fallecido instantáneamente, encontrándo el señor Herrada en estado gravísimo.

El adiós al teniente Malatesta

Desde tempranas horas del domingo 16 de diciembre, el Casino de Oficiales del Cuarto Grupo de Observación, en Chile 851, comenzó a recibir a quienes querían despedir al teniente aviador Bartolomé Malatesta. La capilla ardiente había sido instalada en uno de sus salones y, durante todo el día, hombres y mujeres de distintas condiciones sociales pasaron frente al féretro.

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Algunos se detenían apenas unos segundos; otros permanecían en silencio, como si les costara aceptar que aquel joven que había surcado los cielos mendocinos ya no volvería a hacerlo.

Sobre el ataúd descansaba la bandera de la unidad. Encima habían colocado su gorra militar y su espada, mientras alrededor se acumulaban las coronas enviadas por instituciones, autoridades militares y distintas organizaciones. Todo parecía detenido allí dentro: las voces bajas, los pasos cuidadosos y aquella presencia silenciosa de quienes habían llegado para acompañarlo.

A las diez de la noche, la guardia recibió la orden de trasladar los restos hasta la Estación Central. El cortejo fue escoltado por cincuenta soldados del Cuarto Grupo de Observación y por integrantes de la compañía de Boy Scouts Las Heras. En las calles, la despedida continuaba.

Cuando el féretro fue colocado en el tren que debía llevarlo a Chivilcoy, Buenos Aires, tomó la palabra el teniente Manuel A. Miranda Durán, en representación del Regimiento 16 de Infantería. Habló de la juventud de Malatesta, de sus ideales y de aquella extraña paradoja de un aviador que había encontrado la muerte precisamente entre las alas de una máquina. Sus palabras evocaron también a los pioneros de la aviación argentina -Zanni, Parodi, Matienzo y Candelaria-, como si el joven teniente pasara a formar parte de esa misma historia escrita entre el cielo y la tierra.

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Quién fue el teniente Bartolomé Malatesta

El teniente Malatesta nació el 25 de febrero de 1906 en Chivilcoy, Buenos Aires. A los 16 años ingresó al Colegio Militar de la Nación y, en diciembre de 1924, egresó como subteniente de artillería. Sus primeros destinos estuvieron ligados al Grupo 3 de Artillería, en Goya, Corrientes.

Pero el cielo terminaría marcando otro rumbo. En 1926 ingresó al Curso de Pilotos Militares de la Escuela Militar de Aviación y, al año siguiente, pasó al Grupo N.º 1 de Observación para completar su formación como aviador militar. En enero de aquel año fue destinado al Grupo N.º 4 de Observación, con asiento en Mendoza, todo registrado en el Archivo del Servicio Histórico del Ejército.

Era todavía muy joven, pero sus superiores ya destacaban sus condiciones, preparación y desempeño en el servicio. En aquellos primeros años de la aviación militar, cuando volar todavía tenía mucho de aventura y desafío, Malatesta comenzaba a construir su camino entre los hombres que aprendían a mirar la tierra desde el cielo, enterrado en el sector principal del Cementerio de Chivilcoy, Buenos Aires.

El piloto José Herrada

Era una figura conocida en los círculos deportivos de nuestra provincia. Su audacia y el dominio que demostraba al conducir las máquinas le habían ganado, en distintas oportunidades, la admiración de quienes presenciaban sus actuaciones. Joven y de complexión robusta, poseía un notable conocimiento de las máquinas que tenía a su cargo.

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No era la primera vez que se encontraba frente a una situación de riesgo. Su seguridad al mando y la confianza que demostraba en cada maniobra habían sido señaladas anteriormente, aunque en esta oportunidad las informaciones recogidas tras el accidente atribuían lo ocurrido a la fatalidad.

Luego del siniestro, Herrada fue trasladado al Hospital Provincial. Según las últimas noticias recibidas, su estado continuaba siendo delicado, aunque había experimentado una reacción favorable, mientras en Mendoza se aguardaban con preocupación nuevas noticias sobre su evolución.

José Herrada no era un desconocido para quienes seguían las competencias de automovilismo en Mendoza y San Juan, donde había construido una pequeña historia a fuerza de velocidad, polvo y motores, obteniendo varios primeros puestos en aquellas carreras que se disputaban sobre caminos y circuitos de tierra, siempre con el número seis pintado al frente de su automóvil, como una marca que terminaría acompañándolo también en otros escenarios.

En 1931 volvería a destacarse en el circuito de El Borbollón, en Las Heras, sobre una pista de tierra, demostrando que aquella relación con la velocidad no había sido una aventura pasajera, sino una verdadera pasión que parecía llevarlo naturalmente hacia nuevos desafíos.

El cielo comenzaba a despertar en él una curiosidad diferente y el 1 de septiembre de 1927 inició su curso de aviador civil en el Aero Club Mendoza, en el campo de Los Tamarindos, bajo la dirección del sargento Dante Ferrari, instructor que tenía a su cargo una pequeña flota de aeronaves con las que los primeros aviadores mendocinos comenzaban a familiarizarse con ese mundo todavía nuevo, en el que cada vuelo combinaba aprendizaje, entusiasmo y una cuota inevitable de riesgo.

En aquellos hangares se encontraban los aviones "Provincia de Mendoza", un Curtiss Oriole de 160 HP, el "Barcala", también de 160 HP, un Caudron de igual potencia y un Bristol de 300 HP, máquinas que representaban para aquellos hombres mucho más que simples aparatos mecánicos, porque eran la posibilidad concreta de abandonar por unos minutos la tierra y contemplar Mendoza desde una perspectiva que hasta entonces había estado reservada para unos pocos.

Herrada aprendió allí los secretos de la aviación, entre motores, hélices, pistas de tierra y las indicaciones de su instructor, mientras la ciudad observaba con una mezcla de admiración y curiosidad aquellas máquinas que comenzaban a formar parte de su paisaje.

El mismo hombre que había aprendido a dominar un automóvil sobre una pista de tierra comenzaba ahora a familiarizarse con otra clase de velocidad, una que ya no dependía solamente de la potencia del motor o de la habilidad para tomar una curva, sino también del viento, de la altura y de una máquina que, una vez desprendida del suelo, quedaba sometida a leyes mucho más difíciles de dominar.

Entre aquellos aviones estaba el "Barcala", una de las máquinas utilizadas por el Aero Club Mendoza, y también el "Provincia de Mendoza", dos nombres que todavía pertenecían a los primeros años de la aviación mendocina y que, apenas un año después, quedarían unidos a una tragedia que nadie podía imaginar mientras Herrada completaba su formación en Los Tamarindos.

Porque el destino, que a veces parece avanzar lentamente y otras veces se precipita en apenas unos segundos, ya había comenzado a acercarlo hacia aquel vuelo de diciembre de 1928 en el que José Herrada compartiría el aire con el teniente Bartolomé Malatesta. Todavía faltaba un año. Todavía habría carreras, motores, vuelos y mañanas tranquilas.

Un cometa en los cielos mendocinos

Era un de Havilland DH.60X Moth, un pequeño biplano británico de dos plazas, con el piloto y el pasajero sentados uno detrás del otro, en una cabina abierta. Su estructura, construida en madera y recubierta con tela barnizada, le daba un aspecto liviano y casi artesanal, aunque escondía una verdadera máquina de volar.

Tenía dos planos de alas superpuestos y una particularidad muy práctica para aquellos años: las alas podían plegarse hacia atrás, reduciendo su tamaño para guardarlo en espacios pequeños o trasladarlo por tierra. Su motor ADC Cirrus II, de unos 80 HP, hacía girar la hélice y proporcionaba la fuerza necesaria para levantar aquella liviana estructura del suelo.

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El avión pertenecía al Aero Club Mendoza desde 1927. Para quienes lo veían pasar sobre la ciudad, debía parecer algo imposible: madera, tela, ruido y viento convertidos en vuelo. Tal vez por eso aquellos pequeños Moth fueron vistos como verdaderos cometas mecánicos, capaces de dibujar durante unos minutos una línea en el cielo mendocino.

Pero entre aquellos aviones del Aero Club Mendoza ya estaba escrita, sin que nadie pudiera leerla, una de las páginas más dolorosas de la aviación mendocina.

Estar allí y poder contarlo

Muchos testigos presenciaron el accidente, dada la hora en que ocurrió. La prensa escrita (diario La Palabra y diario La Libertad), relató varios:

Una señorita de apellido Moretti, narró: "Íbamos caminando con Alicia, cuando notamos con extrañeza que el motor del aeroplano dejaba de funcionar. Inmediatamente lo buscamos, en el preciso momento en que, al atropellar el carolino, se le quebraba el ala, tanto que la mole continuaba su marcha. Fue entonces cuando Alicia, tomándome de la mano, me gritó: "Retrocedamos!". Apenas habíamos andado escasamente un metro, el aparato se hizo pedazos contra la pared, precisamente en el sitio donde antes estábamos. No quisimos ver más". "Fue un instante horrible -agregó- por último y me interesaría saber si el chiquito que estaba en la plaza se hirió, como dicen en un pie; debe haber pasado un tremendo susto".

Por su parte, una muchacha de apellido Guevara -dijo- que el aparato no se estrelló directamente contra el edificio. Con el ala derecha quebrada, como un pájaro herido, cayó en la plazoleta asentando primero la cola. Desde allí dio un formidable salto hacia adelante, aplastando el motor contra la cornisa. Cayó entonces al suelo con el suficiente impulso como para haber causado el fatal desenlace desde sus habitaciones, cosa muy presumible dada la vecindad existente entre aquéllas y el lugar del suceso.

Agradecimientos: Juan Masella, Hemeroteca de Biblioteca General San Martín, a Gustavo Marón, experto en tema de aviación, que generó los primeros datos históricos.

Fuentes: Diarios La Palabra, diario La Libertad, Archivo General de la Fuerza Aérea Argentina, Archivo General de Mendoza

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