Atlantis: el ilusionista mendocino que se sumergió en una pecera gigante
Fascinado por el mentalismo y la hipnosis, prefirió el misterio al guardapolvo universitario. Atlantis: el ilusionista mendocino que construyó su mito entre humo, silencio y respiraciones contenidas. Realizó una proeza que implicaba un riesgo real. La línea entre ilusión y tragedia era delgada, casi invisible.
Diario PORTADA propone "Fotografías Para No Olvidar", una nueva recorrida por nuestra historia: hechos que se hicieron sentir en su tiempo, ocuparon titulares y luego se perdieron en el olvido. Momentos intensos, fugaces, atrapados apenas en una portada y en el inconsciente colectivo. Volver a mirarlos es volver a preguntarnos qué dejamos atrás... Porque entender el presente también exige volver sobre esas historias que creímos pasajeras... pero nunca lo fueron del todo.
Por Orlando Pelichotti
Domingo 9 de octubre de 1983. Diario Mendoza
El afiche lo anunciaba sin rodeos: "Desafiará a la muerte". Y debajo, en letras que parecían latir, un nombre que en Mendoza se volvió leyenda: Atlantis, un peligroso intento. Durante más de tres décadas, el ilusionista mendocino construyó su mito entre humo, silencio y respiraciones contenidas. Pero aquella noche no hubo cortinas ni penumbras cómplices. Eligió el cielo abierto, la crudeza del aire libre, para que nadie pudiera culpar a la luz ni a la sombra.
Sobre el escenario estaba una estructura metálica de cinco metros de altura, un reticulado industrial capaz de soportar una tonelada, más cercano a una grúa que a un teatro. Allí, suspendido ante un público que había pagado por ver cómo un hombre se acercaba al límite, Atlantis se dispuso a repetir -o reinventar- la vieja liturgia del escapismo que hizo célebre a Harry Houdini, su admirado referente.
La prueba parecía simple en su brutalidad: permanecer cuatro eternos minutos completamente sumergido en una pecera gigante de vidrio templado, con mil litros de agua como frontera entre la vida y el silencio. No había cortinas que ocultaran el procedimiento. No había cámaras ni edición. Solo un hombre, el agua y el tiempo.
Cuando el cuerpo de Atlantis descendió dentro del tanque, el murmullo colectivo se transformó en un vacío sonoro. El agua selló la superficie. Afuera, los asistentes miraban el cronómetro como si pudieran empujarlo con la mente. Adentro, el mago enfrentaba algo más que la falta de aire: el pánico, el peso del público, la presión de no fallar.
Porque aquello no era solo un truco. Detrás del espectáculo había meses de entrenamiento físico y mental, técnicas de concentración extrema, un equipo especializado listo para intervenir en segundos y un médico apostado bajo el escenario, como una sombra prudente. La proeza implicaba un riesgo real. La línea entre ilusión y tragedia era delgada, casi invisible.
Cuatro minutos pueden ser un suspiro... o una eternidad
Y entonces ocurrió. El desenlace -como todo gran acto de magia- dejó más preguntas que respuestas. ¿Cómo lo hizo? ¿Dónde estaba el secreto? ¿Fue resistencia pulmonar, mecanismo oculto o una combinación imposible de ambas? Atlantis nunca reveló del todo su método. Alimentó el misterio con la misma destreza con la que dominaba los candados.
Hoy, el recuerdo persiste como una imagen suspendida: el tanque brillante bajo el sol, la multitud inmóvil, el agua temblando apenas. ¿Qué fue de su vida después de aquella hazaña? ¿Sigue desafiando límites en silencio, lejos de los escenarios? ¿O decidió que hay trucos que solo deben ejecutarse una vez?
Incluso la tecnología intenta alcanzarlo. Si la inteligencia artificial reconstruyera hoy su figura, quizá veríamos a un Atlantis más maduro, con la mirada marcada por el tiempo, pero intacta en determinación: el mismo gesto sereno antes de sumergirse, la misma certeza de que el miedo es parte del acto. Ese instante en que un hombre decide quedarse sin aire frente a todos, y el público, cómplice y testigo, comprende que la verdadera magia no está en escapar... sino en atreverse a entrar
Atlantis: nacido para desafiar lo imposible
La magia es como el amor: nace como un accidente y termina siendo destino. Así fue la vida de Mario Mostny, un adolescente fascinado por el mentalismo y la hipnosis que prefirió el misterio al guardapolvo universitario. Mientras otros elegían profesiones previsibles, él eligió el asombro. Hijo del inventor Hans Mostny y de la bailarina austríaca Isolde Klietmann, encontró en su familia el impulso para no renunciar al sueño. Aquel joven que hipnotizaba compañeros en la escuela se transformó en el Gran Atlantis, artista de reconocimiento internacional, dueño de escenarios flotantes en cruceros que recorrieron el mundo. Amigo de Frans Czeisler, creador del célebre Circo Tihany, quien lo acompañó en muchas oportunidades, su historia demuestra que la verdadera ilusión no está en el truco, sino en atreverse a convertir una intuición juvenil en una vida extraordinaria.








