Aquella noche es (otra vez) esta noche
A 50 años del golpe, cuando los ecos del horror nos aturden -como antes, como nunca- empezarán a juzgarse los delitos de la dictadura genocida contra las infancias. Apropiadas, sojuzgadas, amordazadas, secuestradas. Somos, también somos, esas infancias sobrevivientes que siguen buscando cómo contar la memoria que, obstinada, habita nuestros cuerpos.
-¿Podría reconstruir lo sucedido aquella noche?
-Reconstruir... No se puede reconstruir lo que sigue sucediendo. Revivir... Repetir... No, tampoco. Aquella noche es la misma noche.
-Remítase por favor a relatar qué fue lo que vio en la madrugada del 8 de junio de 1976 o, dada su edad, la versión que le transmitieron quienes estuvieron presentes.
-El expediente, y la pancarta que allí se ve, puntualizan una fecha: 8-6-76. Para mi esa noche y esta noche, otra vez y como siempre, es 7 de junio. Lo sé porque vuelvo hacia allí cuando oscurece.
-Explíquese.
-Hace frío y ya es medianoche. Corro agitado, casi sin aire, por las calles vacías en dirección a la ciudad vieja. Me acerco al frente de la casa a la que, como le dije, vuelvo, sin remedio, todas las noches desde que tengo memoria. Apuro el paso, pero mi esfuerzo no hace más que acentuar la lentitud de mis movimientos. Dos autos cierran la cuadra, y un tercero aguarda con las puertas traseras abiertas. Unos tipos con disfraces ridículos empujan a mi mamá hasta meterla en el auto. No puedo verle la cara pero sé que es ella. No logro distinguir los detalles de su vestimenta pero sé, también sé, que lleva puesto el camisón blanco que tanto me gusta. Los motores se ponen en marcha y rugen su peste en dirección sur por calle Ituzaingo. Intento alcanzarlos, les grito que se detengan, los pierdo de vista. Caigo de rodillas sobre el cemento helado. Otra vez se están llevando a mi mamá. Vuelvo derrotado, impotente, pero seguro de que algún 7 de junio podré salvarla. Los vecinos parecen no darse cuenta de nada. Las luces de las casas están apagadas y las cortinas que cubren las ventanas se cierran una a una ante mi mirada. Sin pensarlo, entro a mi casa. El silencio me aturde. Recorro el zaguán y el comedor. Mi abuela llora con un quejido sordo acurrucada en un rincón. Atravieso todo el largo de la galería hasta llegar a la pieza del fondo. Sé, siempre lo supe, que allí estaré muerto de miedo y aterrado tras lo que acabo de ver con ojos de niño. Y allí estoy. Mi hermano duerme cubierto con mantas, los bebés duermen mucho y él dormirá hasta mañana. Me siento en el piso. Me entrego al abrazo más ancho y cálido que soy capaz de ofrecerme para intentar, otra vez, que aquel niño pueda espantar los fantasmas que nos atormentan desde aquella noche. Apretados somos uno. Nos reconocemos en un instante sin tiempo que tiene el color de una pérdida constante y el olor amargo del café que, persistente, viene de la cocina...








