Escoliosis, la Columna Torcida de Ariel Robert

Si digo dos mil veintiuno es porque cuando escucho pronunciar veinte, veintiuno, infiero que seguirá diciendo: 22, 23, 24, como cuando jugábamos a la escondida.

Dos mil veintiuno. Ya superamos en dos décadas a la Odisea de Kubrich.

Un mundo fascinante, en el que todo parece posible y las distancias junto al tiempo se disuelven a través de una pantalla de silicio, nos atrapó en sus fauces y no está resultando tan fácil escapar de él indemnes

La fusión de lo real y lo virtual propicia un estado inédito en el ánimo de los individuos que a su vez contagia a la sociedad toda, aunque muchos, tal vez demasiados, no tengan acceso a la porción divertida de esta historia.

Distinguir lo que es de lo que parece, parece ser ya una tarea inalcanzable, quizá tanto como estéril.

En ocasiones los días se tornan como capítulos extenuantes de una serie de Nexflit, pero en los que no se puede sortear la repetitiva y rutinaria parte obligada. Ni acelerar los momentos de hastío. El ómnibus se demora o viene completo y el tiempo se empecina en avanzar sin que nosotros podamos montarlo y domarlo.

La pandemia ha provocado daños irreparables y cambios de conductas impensados, aunque no por esto el Planeta detuvo su giro, y es así como nos encontramos con un marzo repleto de exigencias –como cada año- pero también nos sorprende atiborrado de dudas, incógnitas que se multiplican y alimentan la ansiedad.

Habrá un Bill Gates que dirá yo te lo dije, y algún periodista insinuará que existe un contubernio entre psiquiatras, psicólogos y vendedores de soluciones mágicas, agazapados esperando por nuestras angustias renovadas, asuntos que discutiremos luego, porque ahora debemos ocuparnos de los útiles escolares con el temor de que los cuadernos se conviertan en inútiles objetos de un pasado añorado. Pasado con forro papel araña, canasta de mimbre y vasito plegable que ahora nos parece tierno y simpático porque la memoria es casi tan indulgente como frágil y selectiva

Los docentes, las maestras, señoritas y profesores, todas y todos  de sueldos magros y reputación elogiosa, deberán agregar a sus arduas y trascendentes funciones, una precisa y estratégica logística, cuestión de complementar dos ámbitos bien distintos: aula y aparato en casa ajena. Tiempo de tiza y ratón.

Las mamás y papás, también deberán elaborar un plan muy estudiado, para encajar sus posibilidades con la obligación de ley: hacer que sus hijas e hijos se eduquen, se instruyan y se capaciten para un mundo del que sólo sabemos que no sabemos cómo será.  Peor que Sócrates, él supo que no sabía, nosotros dudamos de nuestras dudas y todo con el barbijo, nuevo atuendo que nos ha quitado la risa.

El enemigo invisible, como el anverso de un Dios todopoderoso, nos ha arrebatado familiares, amigos, amores, libertad de desplazamiento y fluido contacto con los prójimos, pero también ha evitado algunos consumos superfluos y ha servido para tranquilizar a muchos hipocondríacos que ahora se sienten mayoría.

Los veedores de vasos medio llenos podrán festejar que no caerá ni lluvia ni grúa en el teatro griego, no habrá amenaza de estruendos artificiosos y la reina no será –como siempre- sospechada de acomodo.  Ningún funcionario deberá especular para no ser abucheado. Los y las periodistas no tendrán que levantarse temprano para ver cómo desayuna la nueva soberana.

Asimismo las ventajas no nos van a eximir del lado oscuro del folklore vendimial.  La crítica feroz de la fiesta no puede faltar porque virtual, cinética y audiovisual, también alimentará a los sempiternos guionistas que vieron frustrada su posibilidad de ser ellos quienes producían esos versos engolados y solemnes.  Esos cuadro previsibles y repetitivos. Ese libreto tan lineal, como si la Fiesta de la Vendimia no fuese un acto de confirmación tradicional.

La clase dirigente de la política vernácula entiende que las clases deben comenzar a como dé lugar, mientras que desde el gremio se oponen, también, como en cada inicio del ciclo lectivo. Ó sea los cambios que ha proporcionado el covid 19 no son suficientes como para eludir la anual disputa y mucho menos como para reconocer pecuniariamente lo que con tanta enjundia destacan en el discurso de apertura sobre la noble educación.

El virus mundial cumple un año, no habrá torta, ni vela y –menos mal- tampoco globos. Cursó un año y no estamos seguros de que no repetirá.

La expectativa de que todo sería distinto y mejor fue una ilusión. Los privilegios y egoísmos, igual que el covid, no distinguen partidos, provincias ni regiones. La pandemia cumple un año y la vacuna más veloz de la historia se demora tanto como el colectivo y el combate contra la inflación. Pero la indignación es el combustible más efímero a la hora de encender el motor de la política, y pedirle pasaporte a los medicamentos es tan incomprensible como la caligrafía de los médicos.

Lo virtual se escapó de las pantallas y se las ingenió para tomar cuerpo, y lo real se transformó  en una vida mitad paisaje, mitad digital.

Tomar distancia, como en las viejas épocas, hoy resulta una obligación solidaria. Tomar distancia, dijimos, que no es sinónimo de escapar, además porque aunque quisiéramos, y tuviésemos destrezas extraordinarias, ya nadie se puede esconder