Escoliosis, la columna torcida de Ariel Robert

Hace bastante tiempo que una película no es una película. Ya no hay film. Ni acetato ni celuloide. Son ignífugas, aunque siempre cabe un resquicio para prenderlas fuego.

Continuamos con la denominación “película” porque el registro idiomático así lo permite o peor, así lo exige. Y en nuestras mentes, seguimos haciéndonos la película.

No hay foto tangible, ni moviola, ni truca, ni un idóneo manejando el proyector. Ni ácidos ni revelado. Ha desaparecido todo eso y antes, 30 mil. Por eso la película.

Un recorte siempre es una ofensa al antes y al después en cualquier historia. Una parte jamás será suficiente para expresar el todo, pero el todo no cabe y tenemos como opción elegir un fragmento para contar la historia.

Eligieron un país, un año y un acontecimiento para narrar. Argentina 1985 es una obra del séptimo arte, un producto de una industria y claro, también un negocio. Sobre estos tres aspectos, más que difícil, apresurado y hasta inútil una crítica que no coincida con lo que han pronunciado los públicos. Aplausos.

Los manuales indican que si vamos a contar una historia sobre la historia, siempre será la caprichosa y limitada mirada de cualquier guionista, pero lo ineludible será su verosimilitud. Argentina 1985 cumple este requisito sobradamente. Verosímil, bien lejos del rigor que el historicismo demanda.

Argentina 1985 dispara contra la incredulidad y la abulia intelectual, y pone en el centro de la escena la importancia política.
Despierta recuerdos dolorosos y trágicos con la amabilidad de una buena factura y la indulgencia que a veces propone el arte.

La incomodidad que a muchas y a muchos nos provocan las omisiones no alcanzan a superar la emoción que promueve en la mayoría. El preciosismo de época que perturba a algunos y los clichés sobreabundantes no lesionan al resultado final de este largometraje sin metros pero con trajes.

Aunque 37 años en el devenir histórico de un país es insignificante, impedir la duda sobre el genocidio sufrido es loable. Insistir en que nunca hubo dos demonios es encomiable.

Argentina 1985 pone el foco sobre un hito de nuestra propia historia que, aunque incompleto y amenazado, fue un eslabón fundamental para que en la actualidad se siga indagando y enjuiciando a los responsables de los imperdonables crímenes que cometieron asaltando al Estado Nacional. Y también un aporte sutil para que más abuelas puedan encontrarse con sus nietas y sus nietos.

Lo que llamamos casualidad no es ni puede ser sino la causa ignorada de un efecto desconocido, decía Voltaire.

Argentina 1985 es elegida en nuestro país para competir por el Oscar en la categoría mejor película no hablada en inglés. Coincidencia. El estreno de la primera película argentina ganadora del Oscar fue en 1985, y sobre el mismo tema, la dictadura y sus consecuencias, La Historia Oficial. La segunda que obtuvo el ansiado muñequito en Hollywood fue El Secreto de sus ojos, relato vinculado a la dictadura y a la impunidad pretendida y en ocasiones, lamentablemente alcanzada.

No haber visto ninguna de las otras películas que competirán con Argentina 1985 invalida mi pronóstico, y aunque considero que reúne suficientes atributos, por una cuestión supersticiosa, de haber podido elegir al elenco, hubiese sumado a Pablo Rago.

Más allá de las pretendidas muecas de humor, una consideración seria. Prescindir de super héroes sea tal vez el mayor mérito de nuestro cine, y digo nuestro no para apropairme cuando hay galardones, sino por lo que significa para un país y su gente contarle al mundo su propia historia, que tiene muchos más capítulos de dolor que de ligera felicidad, y muchas más injusticias que victorias para celebrar.

Argentina 1985 pudo ser mejor, sí, por supuesto, cuando no. Pero pudo no ser, también.

Demoler es más rápido que construir, el problema es encontrarle belleza al polvo en suspensión y habitar escombros.
Por ahora, fin, pero esto, prometo, continuará