Tercera Etapa: A 3.500 metros, detrás de la Cruz del Paramillo y por encima de las nubes, Traico voló
La tercera etapa no fue una jornada más: fue una expedición hacia la memoria, un viaje al corazón mineral de Mendoza. La 50ª edición de la Vuelta Ciclista de Mendoza encontró su capítulo más feroz y más luminoso.
A 3.500 metros sobre el nivel del mar, donde el cielo está al alcance de la mano y la respiración es un acto de coraje, la 50ª edición de la Vuelta Ciclista de Mendoza encontró su capítulo más feroz y más luminoso. La tercera etapa no fue una jornada más: fue una expedición hacia la memoria, un viaje al corazón mineral de Mendoza. Y allí, detrás de la Cruz, por encima de las nubes, Nicolás Traico no pedaleó: voló como un cóndor andino.
Segunda Etapa: El Sur vibró con una jornada históricaPor Orlando Pelichotti
Hacía 33 años que la mítica cima no formaba parte del trazado. Desde 1994, cuando Fabio Placánica domó por última vez ese coloso, la ruta de los Paramillos parecía guardarlo todo en silencio, como un gigante dormido. Este domingo despertó. Y eligió a su nuevo conquistador.
La serpiente multicolor partió desde la Municipalidad de Luján de Cuyo bajo un marco imponente de público. Desde temprano, familias enteras coparon las veredas con reposeras, banderas y radios pegadas al oído. A las 15:24, el pelotón dejó la marcha controlada y comenzó a rodar con la tensión vibrando en cada rueda. El Acceso Sur fue apenas el prólogo; lo verdadero comenzaba cuando el asfalto se abría hacia la montaña.
Junín rindió homenaje por los 90 años de la Fiesta Nacional de la VendimiaLlegaron a más de 53 kilómetros por hora, hasta el Acceso Este, el desvío fue a la derecha, buscando el Acceso Norte. El pelotón avanzó como un río compacto, estratégico, midiendo fuerzas. Ya en la mítica calle Independencia, de Las Heras, el aliento del público se volvió ensordecedor, un viento humano empujando a los ciclistas hacia lo desconocido.
A los 19 kilómetros, frente al supermercado Tadicor, la primera meta sprint tuvo acento brasileño. Otavio Augusto Gonzelli, dorsal 141, desató su potencia explosiva y se quedó con el parcial. Leo Cobarrubia y Facundo Ambrossi completaron el embalaje vibrante, como un presagio de la intensidad que aguardaba más arriba.
El giro buscó entonces, la Avenida San Martín marcó el punto de no retorno: desde allí, cada metro fue un pacto con la resistencia.
La batalla comenzaba en Canota
Tras una hora y cuarenta y cinco minutos de carrera, apareció la única Meta de Montaña en el histórico Monumento a Canota. Allí el ciclismo fue liturgia popular: asados humeando como señales de guerra, mates circulando entre manos ansiosas, sopaipillas doradas bajo el sol y banderas flameando contra el viento cordillerano. Cuatro escapados abrían camino; detrás, el pelotón mayoritario ocupaba la ruta entera, decidido a quebrar el destino.
Fue en ese punto donde la montaña comenzó a separar nombres de ilusiones. Facundo Ambrossi se quedó con los puntos de la Meta de Montaña, pero el verdadero movimiento fue táctico. El equipo de la Municipalidad de Godoy Cruz entendió que la etapa no podía resolverse en la especulación. Había que tensar la cuerda. Cambios de marcas, órdenes cruzadas, miradas tensas. Pero la montaña no negocia.
El paso por la Reserva Natural Villavicencio fue un espectáculo natural y humano. Los cerros, colmados de espectadores, parecían anfiteatros tallados por la tierra. Desde allí, la ruta se volvió ripio, polvo, curvas infinitas dibujadas al borde del abismo. La trepada final no concedió tregua.
El ascenso empujó a los corredores hacia los 3.500 metros. Allí el aire es un susurro y cada inhalación arde. Las nubes bajaron como telón de misterio, el frío mordió las manos y la visibilidad se volvió un enigma blanco. La carrera se metió literalmente dentro del cielo. Las siluetas avanzaban como sombras épicas, héroes diminutos enfrentando la inmensidad.
Y en ese escenario casi irreal, Traico escribió su nombre en la historia de Mendoza
Cada palancazo fue un martillazo sobre la roca. Cada curva de ripio rodeada de precipicios y paisajes, esa "Ruta de un año", dada la cantidad de curvas que tiene, y en constante ascenso superada, un acto de rebeldía contra el cansancio. El neuquino, que ya había conquistado la etapa reina en el Cristo Redentor de los Andes, encontró una marcha más cuando el resto buscaba aire. Desarmó el ritmo de Navarro, quebró la resistencia del grupo y comenzó a abrir una brecha que ya no era sólo ventaja: era destino.
La malla líder cambió de dueño en silencio, entre polvo y neblina. La montaña dictó sentencia sin necesidad de palabras.
Arriba, detrás de la Cruz, la multitud aguardaba con el corazón en la boca. Treinta y tres años después, el olor a tierra húmeda, a jarillales infinitos y a nubes volvían a mezclarse con el aliento popular. Cuando Traico cruzó la meta, no levantó sólo los brazos: levantó una historia dormida. Ganó la etapa más simbólica de la Vuelta.
No fue una simple fracción. Fue un juicio en las alturas. Una batalla contra el tiempo, contra el frío, contra el límite humano. La montaña habló. El cronómetro firmó.
Y a 3.500 metros, por encima de las nubes, la gloria tuvo nombre y apellido. Nicolás Traico.