Tiempo de nadie, tiempo de chaya, nadie chilla
Dicen que en tiempo de chaya nadie chilla. Que el agua limpia, que la albahaca perfuma, que la harina nos iguala. Y nosotros, que somos hijos de esta tierra mestiza, sabemos que el carnaval no es una moda importada ni una estrategia de marketing: es una fiesta popular que viene de lejos, que se mezcla con lo indígena, con lo afro, con lo criollo, y que en la Argentina tiene historia de prohibiciones y recuperaciones.
Carnaval, feriado y memoria: lo que celebramos y lo que nos quieren vender
El carnaval -esa palabra que viene del latín carnem levare, "quitar la carne"- nació como antesala de la Cuaresma cristiana. Una licencia colectiva antes del recogimiento. Pero en América se volvió otra cosa: se volvió tambor, comparsa, desentierro del diablo, chaya riojana, espuma, corsos barriales.
Entre bancos, gremios y gobernadores: quién ganó realmente con la reformaEn la Argentina fue feriado nacional durante buena parte del siglo XX. Lo estableció como tal el gobierno de Juan Domingo Perón en 1956, consolidando una tradición popular que ya tenía fuerza en barrios y provincias. Pero en 1976, la última dictadura cívico-militar lo eliminó del calendario oficial. No era casual: las dictaduras desconfían de la alegría organizada del pueblo. Recién en 2010, bajo la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, el carnaval volvió a ser feriado nacional a través del Decreto 1584/2010. No fue un capricho: fue la restitución de una tradición cultural que nunca dejó de latir en los barrios.
¿Y qué se celebra? Se celebra la inversión del orden. Se celebra la risa. Se celebra la identidad. En Gualeguaychú desfilan comparsas que compiten con brillo y plumas. En el norte se desentierra al diablo del carnaval, se lo honra y luego se lo vuelve a enterrar. En Mendoza, aunque la Vendimia se lleve los flashes, también hay corsos barriales, comparsas en Guaymallén, Las Heras o San Martín, y ese espíritu cuyano que mezcla agua, vino y música. Y siempre la frase: tiempo de nadie, tiempo de chaya, nadie chilla.
Pero mientras defendemos lo propio, vemos cómo se nos cuelan celebraciones que no nacieron acá. Halloween, por ejemplo, importado desde Estados Unidos, asociado a disfraces y consumo masivo, que cada 31 de octubre gana más vidrieras y más fiestas privadas.
El Día de los Enamorados, con su marketing rojo y sus promociones 2x1 en restaurantes. La fiesta de San Patricio, con litros de cerveza teñida de verde en nombre de una tradición irlandesa que poco tiene que ver con nuestra historia criolla.
Paisaje: Concepto y objetoHalloween tiene raíces celtas, vinculadas al antiguo festival de Samhain. San Patricio conmemora al santo patrono de Irlanda. El Día de San Valentín tiene origen en celebraciones romanas y cristianas europeas. No son ilegítimas en sí mismas. El problema no es que existan, sino cómo se imponen a través de la globalización cultural, desplazando fechas propias, diluyendo costumbres locales y convirtiendo todo en mercancía.
Y si hablamos de cultura, también tenemos que hablar de música. Porque una de las formas más eficaces de colonización simbólica no entra por decreto: entra por el oído. El reguetón -convertido en banda sonora omnipresente en fiestas, boliches, gimnasios y hasta actos escolares- es para muchos una expresión musical válida dentro de la diversidad latinoamericana. Pero también es cierto que su hegemonía comercial, con letras muchas veces vulgares, repetitivas o explícitamente sexualizadas, termina desplazando otros géneros que forman parte de nuestra identidad.
Nosotros crecimos con el rock nacional, con el tango que nació en los arrabales, con la música folclórica que cuenta historias de tierra y de lucha. Crecimos con guitarras criollas, con bombos legüeros, con poéticas que hicieron del lenguaje una herramienta de belleza y de protesta. Cuando en cada rincón suena lo mismo, cuando el algoritmo decide qué bailamos y qué cantamos, no solo cambia el ritmo: cambia el modo de hablar, de vincularnos, de nombrar el deseo y el mundo.
No se trata de prohibir ni de demonizar géneros musicales
Se trata de preguntarnos por qué lo propio necesita cada vez más esfuerzo para sobrevivir, mientras lo global se impone con marketing, plataformas y repeticiones infinitas. También eso es parte del debate cultural: qué defendemos, qué transmitimos, qué dejamos que nos represente.
Y ahí aparece otra discusión contemporánea: las identidades que se expanden, se redefinen, se discuten. En los últimos años se habla de "therians" -personas que se autoperciben con identidad animal-, fenómeno que circula en redes sociales y foros desde fines de los años noventa, pero que ganó visibilidad con TikTok e Instagram en la década de 2020. No es nuevo en términos psicológicos: la licantropía clínica está documentada desde hace siglos. Lo nuevo es la masificación digital y la exposición pública.
Hace poco trascendió el caso de una mujer que se autopercibía perro decía- e intentó ser atendida en una veterinaria de la vecina provincia de San Luis . El profesional le explicó que no estaba habilitado para atender seres humanos y que hacerlo sería ejercicio ilegal de la medicina. Un límite jurídico claro en medio de debates identitarios cada vez más complejos.
Entonces nos preguntamos: ¿qué es lo que está pasando? ¿Es ampliación de derechos? ¿Es expresión individual? ¿Es un fenómeno cultural atravesado por redes sociales? ¿O también es síntoma de una época donde todo puede convertirse en espectáculo?
Y si vamos un poco más allá -si nos permitimos ser, aunque sea por un instante, un poco conspiranoicos- también podemos ensayar otra hipótesis: que el poder real, el poder concentrado, necesita permanentemente nuevos temas para distraernos, para fragmentarnos, para que discutamos lo accesorio mientras lo estructural pasa sin ruido. Que mientras debatimos identidades extravagantes, modas virales o celebraciones importadas, dejamos de hablar de nuestras raíces, de nuestras tradiciones, de nuestro carnaval.
No sería nada nuevo. Ya en la antigua Roma se hablaba de "pan y circo": entretenimiento y distracción para mantener a la plebe lejos de las decisiones verdaderamente importantes. Tal vez hoy el circo no esté en el Coliseo sino en las pantallas. Tal vez el algoritmo haya reemplazado al emperador. Y tal vez -solo tal vez- esta proliferación de debates estridentes no sea más que una forma moderna de administrar la atención colectiva.
Mientras tanto, el carnaval sigue ahí, esperando que recordemos quiénes somos cuando nadie nos dicta qué celebrar.
No se trata de burlarse ni de señalar con el dedo. Se trata de entender. Así como el carnaval fue resistido por sectores conservadores que lo veían como exceso, hoy asistimos a nuevas formas de expresión que desafían lo establecido. La diferencia es que el carnaval nació del pueblo y sobrevivió a prohibiciones; muchas modas actuales nacen de algoritmos y sobreviven mientras vendan.
Globalización es intercambio, sí. Pero también puede ser homogeneización. Cuando nuestros chicos conocen mejor Halloween que la Chaya riojana, cuando saben más de calabazas talladas que del desentierro del diablo, cuando bailan lo que dicta una plataforma pero desconocen una zamba o un tango, algo se nos está escapando.
Por eso volver al carnaval no es nostalgia: es identidad. Es recordar que hubo un tiempo en que nos quisieron quitar hasta la alegría del calendario. Es entender que el feriado no es solo descanso, es memoria cultural.
Lo que mejor podemos hacer cuando queremos volver a casa: poner una canción.
Elegimos un carnavalito, ese ritmo del noroeste argentino, ágil, festivo, con raíz andina, que se baila en ronda y se canta casi gritando de alegría. Un género que no necesita marketing global porque tiene montaña, tierra y memoria.
La canción es "Pollerita colorada", también conocida como "Carnavalito del duende", popularizada magistralmente por Mercedes Sosa, quien la llevó a los escenarios del mundo sin quitarle su raíz norteña.
Letra: Manuel José Castilla.
Música: Gustavo Leguizamón (el querido "Cuchi" Leguizamón) y Julio Santos Espinosa, referentes del cancionero popular andino.
También se la vincula en algunas versiones al repertorio difundido por Raúl Shaw Moreno, figura central de la música boliviana del siglo XX.
Manuel José Castilla y el Cuchi Leguizamón formaron una de las duplas más profundas del folclore argentino: poesía con paisaje, ironía con ternura, compromiso sin panfleto. Julio Santos Espinosa, por su parte, aportó desde Bolivia a ese tronco común andino que no reconoce fronteras políticas cuando suenan las quenas y los charangos.
Así que preferimos escuchar un carnavalito. Con una voz que nos representa. Con una canción que no vino empaquetada por ninguna plataforma ni diseñada por ningún algoritmo.
Porque si de defender la cultura se trata, no hace falta gritar más fuerte: basta con volver a escuchar lo que ya era nuestro.
Y dejar que, en tiempo de chaya, nadie chille.
Y nosotros, mientras el agua vuela y la harina nos blanquea la ropa, elegimos saber qué celebramos. Porque en la mezcla está nuestra fuerza. Pero en la memoria está nuestra raíz.