Odio a los Therians: la nueva vieja excusa para la descarga emocional
Entre identidades digitales, viralización y furia en redes, el fenómeno Therian expone menos sobre quienes se autoperciben distintos y más sobre cómo estamos reaccionando frente a la diferencia en internet.
Por Lic. Federico Fayad y Prof. Especialista Diego V. Silva
Además de otras labores, ambos son docentes del Colegio Universitario Central, de la Universidad Nacional de Cuyo. Maestrandos en Enseñanza en Escenarios Digitales.
En este espacio solemos escribir sobre inteligencia artificial, educación digital y responsabilidad en redes. Sobre datos, algoritmos y sobre cómo se construyen sentidos -ese tan mentado "sentido común"- en entornos mediados por pantallas. Esta vez el tema parece otro, pero el escenario es exactamente el mismo: Internet.
Alerta privacidad con la IA: cómo usan tus datos personales y por qué nadie te lo explica en la escuela ni en el trabajoAhí aparecen los therians, personas que se autoperciben vinculadas a un animal no humano. Puede sonar extraño, generar desconcierto o incluso rechazo. Pero la reacción automática suele ser la simplificación. Y cuando todo se simplifica, no se comprende nada.
Cada generación tuvo sus tribus. Antes fueron los floggers, los emos, los que usaban un patito en la cabeza. La diferencia es que hoy la vidriera es permanente y global. Un video se vuelve viral y, en cuestión de horas, miles opinan sobre algo que hasta ayer no sabían que existía. La viralización trae exposición, pero también caricatura.
Odiar en redes sociales se volvió casi un lugar común: una excusa para la descarga emocional.
Más allá de las etiquetas, quizás lo más relevante no sea clasificar el fenómeno -eso corresponde a otros campos profesionales- sino entender el contexto en el que ocurre. Hoy las identidades se construyen en red. Se nombran en red. Se encuentran en red. Internet no inventa necesariamente lo que alguien siente, pero sí le ofrece lenguaje, espejo y comunidad.
En este contexto, muchas veces intentamos eludir los temas que los medios instalan en agenda. No hace falta opinar sobre cada asunto del día. Con frecuencia, esos temas responden más a la lógica del clic que a una planificación sofisticada o a una teoría conspirativa. Se improvisa más de lo que se cree. Y, sin embargo, aquí estamos, hablando de therians.
Los therians se definen como personas "que sienten, a nivel espiritual, psicológico o metafísico, que son en parte un animal no humano" y afirman que se trata de una conexión involuntaria.
Porque en paralelo al fenómeno identitario hay otro fenómeno más evidente: el odio.
Odiar en redes sociales se volvió casi un lugar común. Basta recorrer cualquier publicación sobre el tema para encontrar insultos, agresiones, enojos escritos en mayúsculas. Furia desmedida frente a algo que, en términos estructurales, es superficial, pasajero y probablemente olvidable en poco tiempo, como tantas otras modas juveniles.
La escuela -y, en general, los espacios formativos- no están para ridiculizar lo que no entienden. Tampoco para aplaudir sin pensar. Están para sostener un marco de respeto. Las personas merecen respeto en su forma de autopercibirse. No hace falta comprenderlo todo para garantizar la convivencia.
Su consulta no (¿no?) molestaEl problema no suele ser la identidad en sí. El problema es lo que hacemos con ella cuando aparece en nuestra pantalla: el recorte simplificador, la burla masiva, la reacción automática, la descarga emocional que encuentra en estos temas una válvula de escape para frustraciones más profundas.
Mientras tanto, sobre cuestiones verdaderamente complejas -crisis estructurales, desigualdades, debates de fondo- casi no hay reflexión sostenida en ese mismo hábitat digital. Falta tiempo, ganas o disposición para el pensamiento crítico. En cambio, sobra reacción.
¿Qué hay detrás de esos teclados? ¿Qué miedos, qué inseguridades, qué necesidad de pertenecer al bando que se indigna? No lo sabemos. Pero conviene seguir haciéndonos preguntas.
Tal vez la discusión no sea si nos gusta o no el fenómeno Therian. Tal vez la pregunta de fondo sea otra: en una época donde todo se expone, todo se viraliza y todo se comenta, ¿estamos educando para convivir con la diferencia digital o simplemente para reaccionar ante ella?
Porque, al final, lo que queda en evidencia no es solo una identidad emergente. Es el espejo incómodo de cómo estamos habitando internet, en particular, y los vínculos humanos, en general.