OPINIÓN

Redefinamos las clases

Durante décadas nos enseñaron que la sociedad se ordenaba en tres casilleros prolijos: clase baja, clase media y clase alta. Que bastaba con mirar ingresos, consumo y acceso a bienes para saber dónde estábamos parados. Pero el mundo cambió, la Argentina cambió, y la concentración obscena de la riqueza global hizo estallar esa clasificación. Hoy convivimos con multimillonarios que no entran en ninguna categoría tradicional, con clases medias en retroceso permanente y con un sistema político que se alimenta del ascenso y posterior castigo de quienes alguna vez creyeron haber salido de abajo. Redefinir las clases no es un ejercicio académico: es una urgencia política y cultural.

Adrián Characán

Cuando ya no alcanza con ser "clase media" y los ricos dejan de ser referencia

Las viejas categorías que ya no explican nada

Durante buena parte del siglo XX, la pertenencia de clase se medía con variables relativamente estables: ingresos familiares, tipo de empleo, nivel educativo, acceso a vivienda, salud y consumo. Organismos como el INDEC, el Banco Mundial o la OCDE trazaban líneas claras: hasta acá sos pobre, de acá para allá sos clase media, y más arriba sos clase alta.

La clase media, especialmente en la Argentina, no era solo una categoría económica: era una identidad. Tener trabajo registrado, mandar a los pibes a la escuela, aspirar a la casa propia, irse de vacaciones una vez al año y creer -con razón- que el esfuerzo rendía frutos.

Ese modelo hoy está roto.

No porque no existan ingresos o estadísticas, sino porque ya no alcanzan para describir la experiencia real de vivir en esta sociedad.

El problema de medir solo ingresos

Hoy una familia puede superar el umbral estadístico de "clase media" y, al mismo tiempo:

No poder acceder a una vivienda

Vivir endeudada para sostener consumos básicos

Perder derechos laborales en nombre de la "flexibilidad"

Caer en la pobreza ante cualquier crisis mínima

Según parámetros internacionales, el Banco Mundial suele definir como clase media a quienes ganan entre 10 y 50 dólares por día por persona, medidos en paridad de poder adquisitivo. En números fríos, parece razonable. En la vida real, no explica nada.

Porque no es lo mismo ganar 30 dólares diarios en Oslo que en Mendoza, ni tener ingresos estables que sobrevivir a fuerza de changas, apps y monotributo.

La pregunta ya no es cuánto ganamos, sino qué tan frágil es nuestra posición social.

La aparición de los superricos y el colapso de la "clase alta"

Durante décadas, la clase alta era la cúspide del sistema: empresarios, terratenientes, grandes profesionales, familias tradicionales. Hoy, esa categoría quedó chica frente a la irrupción de los ultra ricos o superricos.

Personas que concentran fortunas equivalentes al PBI de países enteros. Multimillonarios que no dependen de economías nacionales, que operan en paraísos fiscales y que no juegan con las mismas reglas que el resto de la sociedad.

Ahí aparecen nombres propios.

Elon Musk, con patrimonios que han superado los 300 mil millones de dólares, no es un empresario clásico: es un actor geopolítico. Incide en mercados, comunicación, guerras, energía y tecnología espacial.

Jeff Bezos, fundador de Amazon, transformó el comercio global. No produce mercancías: produce dependencia logística, precarización laboral y concentración extrema del valor.

En la Argentina, Marcos Galperin es el caso más claro. Mercado Libre y Mercado Pago ya no son solo empresas: son infraestructura. Cumplen funciones que antes eran del Estado o de la banca. Galperin no integra la clase alta tradicional: la excede y la desplaza.

En el negocio inmobiliario y financiero, figuras como Eduardo Elsztain concentran activos estratégicos: shoppings, tierras, renta urbana. No importa su religión ni su historia personal: lo central es que la renta inmobiliaria se convirtió en uno de los principales mecanismos de extracción de ingresos de las clases medias.

Estos actores ya no compiten dentro del sistema. Definen el sistema.

Cuando la vieja clase alta también baja

La consecuencia directa de esta hiperconcentración es que la vieja clase alta empieza a descender.

Profesionales exitosos, empresarios medianos, comerciantes fuertes, ya no controlan precios, reglas ni futuro. Compiten contra plataformas globales que no pagan impuestos proporcionales, no generan empleo estable y no asumen riesgos locales.

El nuevo esquema social se ordena así:

Una élite global intocable

Un sector alto nacional en retroceso

Una clase media cada vez más endeudada

Una clase baja estructural

Y una masa creciente de desclasados

ABC1: una clase que existe más en los medios que en la realidad

Los medios y el marketing siguen hablando del famoso segmento ABC1 como si fuera una clase sólida. En la práctica, es una categoría aspiracional.

El ABC1 actual muchas veces:

Alquila

Vive endeudado

No tiene ahorros

No puede sostener tres meses sin ingresos

Pero consume, aparenta y aspira. Y eso alcanza para sostener el relato.

Mientras tanto, las verdaderas élites no miran televisión abierta, no leen diarios locales y no votan con emociones. Juegan en otra dimensión.

La trampa del endeudamiento: parecés clase media, pero no lo sos

Uno de los grandes engaños contemporáneos es medir pertenencia de clase por consumo.

Hoy millones de personas figuran como clase media porque:

Tienen tarjeta

Pagan cuotas

Acceden a plataformas

Pero el dato clave es otro: el endeudamiento crónico.

Cuando una persona no puede ahorrar, no puede proyectar y depende del crédito para sobrevivir, no tiene poder social, aunque consuma.

El sistema necesita eso:

consumo sin autonomía.

Ascenso social, voto y castigo: un ciclo histórico argentino

Este mecanismo no es nuevo.

Cada vez que sectores populares ascienden y pasan de clase baja a clase media, ocurre algo repetido hasta el cansancio: terminan votando gobiernos de derecha.

Creen que ya no son "los de abajo". Que ahora hay que cuidar lo propio. Que el problema es el otro.

El resultado siempre es el mismo:

Ajuste

Pérdida de derechos

Caída del consumo

Descenso social

Y así, la clase media reciente vuelve a su lugar original.

No por error.

Sino porque nunca fue invitada a quedarse.

El desclasado: la figura central de esta época

Hoy prolifera el desclasado.

No sabe si es clase media, pobre con consumo o trabajador precarizado.

Trabaja, pero no progresa.

Consume, pero no decide.

Vota, mal , engañado por creerse de otra clase.

Es funcional al sistema porque vive confundido.

Cómo se mide hoy la clase en el mundo (y lo que no quieren decirnos)

A nivel internacional ya no alcanza con medir ingresos. Se cruzan variables como:

Patrimonio

Capacidad de ahorro

Acceso real a vivienda

Estabilidad laboral

Nivel de endeudamiento

Cuando se aplican estos criterios, la conclusión es clara:

la clase media global se achica, incluso en países ricos.

No porque los pobres sean más pobres, sino porque la riqueza se concentra como nunca antes en la historia.

Redefinir las clases para dejar de votar en contra propia

Redefinir las clases no es discutir etiquetas.

Es entender que:

No somos clase media por consumir

No somos clase alta por aparentar

No dejamos de ser trabajadores por ganar un poco más

Mientras no entendamos eso, seguiremos celebrando ascensos efímeros y votando proyectos que nos devuelven al punto de partida.

Porque el problema no es haber subido.

El problema es creer que el sistema nos dejó subir para quedarnos.

Y no.

Nunca fue así.

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