Parlantes, música al palo y el crayón de Homero

Ya sé, esto puede parecer una columna de un señor gritándole a una nube. O bien la remanida queja contra los parlantes y la música en entornos naturales. Ninguna de las dos miradas, creo, sirve para que algo cambie.

Comunicador Social, Docente, Periodista. Maestrando. Prensa institucional en Colegio Universitario Central y en Magisterio. Co-Propietario de Agencia Fogón: producción audiovisual, prensa y Redes Sociales.

Ya sé, esto puede parecer una columna de un señor gritándole a una nube. O bien la remanida queja contra los parlantes y la música en entornos naturales. Ninguna de las dos miradas, creo, sirve para que algo cambie. Perdón por el espíritu pesimista. Creo que el barco de las buenas costumbres -si es que eso existe (y ni siquiera hablemos de qué se considera "buena costumbre")- y del respeto al prójimo -si es que eso abunda- ya se fue hace rato.

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Intentaré, entonces, ir un poco más allá de la queja y el hateo -como dicen hoy los pibes al referirse a la acción de odiar en redes sociales- para que pensemos, todos juntos (es decir, quienes están leyendo esto), por qué cada vez hay más música, cada vez más fuerte, con dispositivos cada vez más grandes, en lugares insólitos.

Y una cosa más: por qué, en redes sociales, habitualmente se denuncian estas situaciones totalmente invasivas para la paz ajena -y ni hablar de los animales-, pero jamás hay nadie que ponga "qué piola ese parlante" o "alto ambiente de fiesta, ah". Porque no. En general, abundan las puteadas y el hateo (me gustó esa palabra).

El apocalipsis de las selfies

Sin embargo, como dije antes, cada vez hay más parlantes, más música -que muchas veces se solapa con otros parlantes donde suena otra música-, y quienes buscamos paz y silencio quedamos relegados a bancárnosla, a riesgo de ser tildados de amargos.

Supongo que tiene que ver con algo que ya se ha dicho otras veces: el ruido ocupa cada vez más nuestra mente. No hay tiempo para pensar. Porque pensar es malo. Porque nos hace preguntarnos cosas. Cuestionarnos nuestra vida, que -nuevamente, y desde ya pido disculpas- va empeorando cada vez más. Y si uno se cuestiona, se pregunta por el statu quo, y entonces eso no está bueno.

Pareciera que pensar es malo. Homero lo explica más o menos así cuando se mete un crayón en la nariz hasta el cerebro. Pero también creo que tiene que ver con que el disfrute del silencio no es inmediato. Es decir, uno no llega al medio de la montaña y dice: listo, estoy disfrutando; o bien: listo, ya estoy relajado. No. Es más pausado. Te vas sumergiendo de a poco, como cuando te metés en un jacuzzi (buenaaa, quién sos) de agua caliente. Es de a poco. Sin pausa, pero sin prisa.

El silencio a uno lo va envolviendo, cuando lo logramos, hasta hacernos pensar que no estamos. Que nos hemos ido a otro lado, pero que, al mismo tiempo, estamos presentes. Muy presentes. Conectados con lo que nos pasa. Y es ahí donde está el problema.

¿Queremos estar conectados con lo que nos pasa? ¿Tenemos tiempo para resolver lo que surge de esa conexión? ¿Tenemos energías para hacerlo? O es que simplemente queremos descansar de las demandas que el día a día nos impone aturdiéndonos (metiéndonos un crayón por la nariz) con música que nos distraiga.

Dejo abiertas esas preguntas.

El apocalipsis de las selfiesQueremos querer que hayan pasado cosas
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