Novena Etapa: José Autran, el gladiador de altura que encendió la batalla final

En su 50ª edición, la Vuelta Ciclista de Mendoza encontró esta mañana el punto exacto donde la historia deja de ser promesa y se convierte en destino.

En su 50ª edición, la Vuelta Ciclista de Mendoza encontró esta mañana el punto exacto donde la historia deja de ser promesa y se convierte en destino. La Novena Etapa, antesala del desenlace, no dio tregua ni espacio para especulaciones: fue el filtro definitivo, la frontera entre los que sueñan y los que están dispuestos a dejarlo todo por la gloria.

José Autran, conquistó otra vez

Octava Etapa: Desde Lavalle hasta Junín; una etapa de estrategia, fuga y coraje

Por Orlando Pelichotti

En total recorrieron 92,5 kilómetros en el departamento de Las Heras, con partida en la maravillosa Villa de Uspallata y meta en el imponente Monumento Cristo Redentor, se transformaron en un escenario épico. El aire fino, la pendiente interminable y el desgaste acumulado fueron jueces implacables. Allí comenzó a escribirse, con sudor y coraje, la historia del próximo campeón.

El líder, Cristian Autran, del equipo Municipalidad de Guaymallén, no defendió la cima: la conquistó otra vez. Firmó una actuación que quedará grabada en la memoria grande de la competencia. Detuvo el cronómetro en 2 horas, 50 minutos y 8 segundos tras una escalada feroz, de esas que parten las piernas y ponen a prueba el alma. No sólo dominó el trayecto; lanzó un golpe directo a la clasificación general. Descontó segundos vitales, sacudió la tabla y encendió la pelea por el título cuando el margen ya parecía agotado.

Cada pedalazo fue un desafío a la altura. Cada curva, una batalla silenciosa contra el viento y la fatiga. Y cuando cruzó la meta, no hubo celebración anticipada: hubo mensaje. La Vuelta no está resuelta.

La definición quedó al rojo vivo. Lo que parecía encaminado hoy es incertidumbre pura. Mañana no habrá cálculos conservadores ni estrategias tímidas. Habrá resistencia, orgullo y un último esfuerzo para entrar en la historia.

Ese paraíso llamado Uspallata

La montaña empinada los esperaba a lo lejos. El macizo andino, majestuoso y desafiante, parecía medir a cada corredor desde la distancia, como si eligiera quién estaba listo para desafiar su grandeza. No era un día más en la Vuelta Ciclista de Mendoza: era la jornada capaz de decidirlo todo. La temida, la respetada, la mítica Etapa Reina.

A las 09:25 se puso en marcha el desafío. El trazado no ofrecía concesiones. La castigada Ruta Nacional 7, herida por el abandono, con el tramo final de diez kilómetros de ripio, transformó la competencia en una aventura extrema. Pozos, grietas, baches y polvo en suspensión hicieron descender el promedio y elevar la tensión. Apenas cruzaron el río Mendoza, una rodada obligó a tres competidores a cambiar de bicicleta y a uno a abandonar. Siete minutos después, el pelotón multicolor volvió a compactarse, firme, persistente, lanzado contra el viento.

Media hora más tarde, del inicio, y con un promedio que rondaba los 46 kilómetros por hora, llegó la Primera Meta Sprint. El brasileño Pedro Figueiredo Leme (Localiza Meoo) impuso su potencia, seguido por Otavio Gonzelli y su otro compañero de equipo Felipe Cristiano Marques. Fue apenas un anticipo de la batalla que aguardaba más arriba.

La caravana avanzó con firmeza hacia Picheuta, en plena Cordillera Frontal. Allí, donde la geografía empieza a imponer respeto, un grupo de quince escapados consiguió una renta inicial de 46 segundos. En Polvaredas el panorama se volvió aún más crudo: el estado deplorable de la calzada atentó contra la fluidez del pelotón. Las ráfagas levantaban polvo y reducían la visibilidad al mínimo. Era ciclismo en estado puro. Sin maquillaje para la televisión.

Cerca de la Curva de la Soberanía Nacional, la etapa comenzó a definirse. La fuga decisiva tomó forma con nombres propios: Autran, Royner Navarro, Christian Moyano, Figueiredo, los hermanos Fernando y Bruno Contreras, Moyata, Díaz y Videla. Desde entonces, la estrategia colectiva cedió ante el duelo de voluntades. La montaña no perdona impulsos apresurados ni cálculos mezquinos. Pedal a pedal, sobre tierra y viento, la Ruta 7 volvió a escribir su historia infinita.

Puente del Inca: donde el aire se vuelve promesa

En la altura infinita de la cordillera, el pelotón ya fragmentado avanzó con esfuerzo visible por Los Penitentes. Cada metro exigía precisión quirúrgica. La trepada se convirtió en una recta interminable hacia el límite físico.

Y entonces apareció Puente del Inca. No fue solo un punto geográfico: fue un umbral emocional. La roca teñida de ocres y naranjas, el río rugiendo bajo el puente natural, la sensación de pequeñez ante la inmensidad. Allí el ciclismo dejó de ser competencia para transformarse en resistencia espiritual. Muchos sostienen que en ese lugar se respira por última vez con normalidad; después, todo depende de la voluntad.

Al dejar atrás la villa de Las Cuevas, la selección natural hizo su trabajo. El lote de escapados se redujo. Quedaron Autran marcando el pulso, Eduardo Moyata, Christian Moyano -que luego cedería terreno-, Rodrigo Díaz y Videla. Cada uno librando su propia batalla contra la pendiente y el oxígeno escaso.

La montaña habló. Y cuando la montaña habla, el ciclismo escucha.

Finalmente emergió imponente el Cristo Redentor de los Andes, recortado contra el cielo a 3.834 metros sobre el nivel del mar. En ese límite donde el aire escasea y el silencio pesa, se disputó la última batalla contra el agotamiento. Bajo su figura majestuosa -símbolo de unión y concordia desde 1904- ya no hubo equipos que sostuvieron estrategias ni cálculos posibles: sólo quedó el coraje desnudo, la voluntad pura, el pulso acelerado de quienes decidieron enfrentar la altura sin reservas.

Allí, donde la cordillera parece eterna, porque es inifinita misma, la historia siempre respira. En diciembre de 1978, cuando la Argentina y la hermana Chile estuvieron a horas de un conflicto armado, alguien volvió la mirada hacia esa inscripción grabada en la base del monumento:

Se desplomarán primero estas montañas, antes que argentinos y chilenos rompan la paz jurada a los pies del Cristo Redentor.

La sentencia, tallada en piedra como un juramento irrevocable, trascendió generaciones. Y volvió a cobrar sentido en esta 50ª edición de la Vuelta Ciclista de Mendoza, cuando el Cristo fue testigo de otra clase de batalla: no de armas, sino de esfuerzo; no de confrontación, sino de superación.

La llegada fue épica. Las bicicletas avanzaron tambaleantes, las miradas perdidas en la bruma helada de la altura, los rostros surcados por el cansancio extremo. Cada pedalazo fue un acto de fe. Cada metro conquistado, una declaración de resistencia.

Bajo el Cristo no se celebran victorias ordinarias. Allí se consagran gestas. Porque cuando la meta está tan cerca del cielo, el triunfo no es solo deportivo: es espiritual. Es la confirmación de que, aun en el límite físico, el ser humano puede encontrar una fuerza más profunda que el cansancio.

Y así, entre viento, historia y cordillera, la Vuelta escribió otra página inmortal. cuando Cristian Autran protagonizó una actuación memorable en los 92,5 kilómetros que unieron Uspallata con el monumento andino. Detuvo el cronómetro en 2 horas, 50 minutos y 8 segundos, y logró descontarle tiempo al líder de la general, Christian Moyano, del equipo Municipalidad de Guaymallén. Detrás arribaron Eduardo Moyata (Pío Rico, Bolivia) y Agustín Videla (SEP San Juan), seguidos por Rodrigo Díaz, Royner Navarro y el propio Moyano, que pese a ceder terreno conservó el liderazgo.

En cada rostro surcado por el frío y el cansancio se leía la misma verdad: pocas competencias en Argentina exigen tanto como esta etapa. Bajo la mirada eterna del Cristo de bronce, la novena dejó algo más que resultados. Dejó una lección de coraje, de sacrificio y de épica pura.

Porque en la alta montaña mendocina no gana solo el más fuerte. Gana el que resiste cuando el aire se vuelve promesa y el silencio, eternidad.

Final para la Vuelta de Mendoza: Décima Etapa no apta para cardíacos

Este domingo se correrá la 10ª y última etapa, donde el equipo del SEP tendrá la última oportunidad de desbancar al de la Muni de Guaymallén, que defenderá la posición de privilegio de Moyano, que correrá con la malla líder.

La largada será mañana domingo desde las 15:00 desde Casa de Gobierno, para luego dirigirse hacia el Este, en el departamento Guaymallén, y comenzará a rodar por el circuito establecido entre el Acceso Sur y Acceso Este, con la meta establecida en el monumento de la Virgen.

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