Mi vecino, el acosador: una pesadilla cotidiana
Hay historias que no llegan a los noticieros, solo el miedo y el cansancio. Esta empezó en 2021, cuando una familia trabajadora y buena comenzó a vivir una pesadilla sin pausa: la del acoso constante de su propio vecino.
Hay historias que no llegan a los noticieros, pero laten en los barrios, en las medianeras que separan el miedo del cansancio. Historias que se repiten con nombres distintos, pero con el mismo silencio oficial. Esta empezó en 2021, cuando una familia trabajadora comenzó a vivir una pesadilla sin pausa: la del acoso constante de su propio vecino.
Al principio eran solo miradas, gestos mínimos, una presencia incómoda detrás del muro. Pero con el tiempo se volvió una rutina enferma. El hombre -un vecino con demasiado tiempo libre y una mirada que ya nadie podría llamar inocente- empezó a espiar, insultar y hostigar. Lo hacía con la complicidad de su suegro, otro personaje que parece disfrutar del miedo ajeno, como si fuera un deporte vecinal.
Una medianera que no protege a nadie
La pared que debería separar ambas casas se transformó en una frontera rota. A pesar de las denuncias, los reclamos y los emplazamientos formales, el municipio nunca la cerró correctamente. Es sabido que por todos que una medianera no puede observar a otra propiedad de manera directa , o al menos debe respetar un retiro establecido. Sin embargo , por esa grieta se filtran los ojos, las palabras, los objetos.
Luis Alberto Spinetta, a 76 años: la ética como forma suprema del arteLa familia soporta desde hace años insultos, amenazas, golpes contra el muro, e incluso pintadas en su pared y hasta intentos de incendio. De noche , el hostigador enciende un parlante apuntando hacia su jardín , hace sonar música a todo volumen, como si el ruido fuera su manera de decir: estoy acá, no se olviden de mí. también los encandila con una linterna, acciones que una pericia psiquiátrica sin dudas podría evaluar como problemáticas .
A veces arroja palos. A veces monedas, con una precisión que busca romper un vidrio. No lo logra siempre, pero no importa. El mensaje está dado.
El Estado ausente, el miedo presente
Desde 2021, esta familia denunció en comisarías, fiscalías y oficinas municipales. Nada cambió.
El acosador sigue ahí, protegido por la pasividad institucional y por la impunidad de quien sabe que el sistema es lento.
Durante un año, la familia se fue de su propia casa. Pensaron que la distancia calmaría al vecino, que el tiempo haría lo que la justicia no hizo. Pero cuando volvieron, el infierno seguía en pie, esperándolos con el mismo rostro, el mismo odio y el mismo parlante.
La mirada del acosador
Este caso trasciende lo que suelen llamar "violencia vecinal".
Acá hay algo más profundo: un acoso con rasgos de obsesión psicológica. El hombre no solo los hostiga: observa a la madre y a la hija adolescente con una fijación enfermiza, casi ritual. Esa mirada, constante, rompe la intimidad, roba el descanso, y convierte cada movimiento en una exhibición forzada.
"El Perfecto Asesino" y el límite incómodo: consentimiento, infancia y cine en debateEl Código Penal lo llama violación a la privacidad. Pero en la práctica, es una forma de violencia cotidiana, invisible y cruel, que deja marcas en el cuerpo y en la mente.
Hasta dónde aguanta una familia
A veces, estas historias terminan mal.
El caso del jubilado que disparó contra su vecino hace unos años no fue una excepción: fue una advertencia. Porque cuando el Estado no escucha, cuando la policía minimiza, y cuando el municipio no actúa, el miedo se transforma en desesperación.
El hostigamiento no solo destruye la paz: corroe la razón.
Y mientras las instituciones repiten que "están trabajando en el tema", las víctimas aprenden a vivir con el sobresalto.
Duermen mal. Cenan en silencio. Evitan abrir las ventanas.
El miedo se vuelve un inquilino más.
¿Qué hacer, a quién acudir?
Las leyes dicen: denunciar, insistir, documentar. Y la familia lo hizo todo. Pero la justicia no enseña cómo enfrentar la angustia diaria ni cómo prevenir las represalias de quien se siente invencible.
El hostigador tiene demasiado tiempo libre. Algunos vecinos comentan que también tiene adicciones y arranques violentos. Una combinación peligrosa, un cóctel que cualquier perito podría leer como una bomba en cuenta regresiva.
El derecho a vivir en paz
No piden venganza.
Solo quieren poder vivir sin miedo. Colgar la ropa sin sentirse observados, comer sin insultos de fondo, dormir sin el ruido de un parlante apuntando al jardín.
Piden lo básico: tranquilidad, respeto, límites.
Pero las medianeras no cubiertas , las denuncias archivadas y la indiferencia institucional han dejado una herida abierta.
Porque el acosador no necesita armas para infundir terror. Le alcanza con el tiempo, con la impunidad y con una pared demasiado baja.
Cómo en la película Cabo del Miedo.
A veces, el infierno no llega en forma de desconocido.
A veces vive al lado, y sonríe enfermizamente cada vez que te cruzás en la vereda.
La historia de esta familia sigue, sin justicia ni reparación.
Y en esa continuidad se resume una verdad que duele: no hay peor miedo que el que el Estado deja crecer entre dos casas.